CRISTO / LAS HERIDAS

Nuestro Señor, sentado a la derecha de Dios, todavía conserva las cinco heridas para enseñárselas al Padre y así interceder por nosotros.

         San Martín le dijo a su biógrafo que un cierto día, cuando estaba rezando en su celda, vio una luz deslumbradora y una figura se le apareció, la cual parecía serena, gozosa, vestía una corona llena de joyas, una túnica real, sandalias de oro. San Martín miró asombradamente la figura y por un instante los dos permanecieron en silencio. Entonces la figura habló: “Martín, mírame, soy Cristo, que ha bajado a la tierra y ha deseado revelarme a ti en presencia de otros”. Martín permaneció callado mientras el otro continuaba: “¿Acaso, Martín no puedes creer a tus ojos? ¡Soy Cristo!” Entonces el Santo Obispo, iluminado por el Espíritu Santo, comprendió que era el demonio y no Cristo. Le respondió San Martín: “El Señor Jesús no dijo que bajaría vestido en púrpura con una corona resplandeciente. Yo no creeré en la venida de Cristo a menos que no parezca como en el día de la Pasión y me enseñe las heridas de su Cruz”.

         Después de estas palabras la aparición se desvaneció como el humo y la celda se llenó de un olor repulsivo.

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