Audiencia del 18 de noviembre 2015 La puerta santa es la puerta de la misericordia de Dios

Posted by on Nov 26, 2015 in Prensa y publicaciones

papa fco y la paloma

Ciudad del Vaticano, 18 de noviembre de 2015 (Vis).-En el umbral del Jubileo del Año de la Misericordia, el Papa Francisco dedicó la catequesis de la audiencia general de los miércoles al sentido de la ”puerta santa”, como la que el Pontífice abrirá el próximo 8 de diciembre en la basílica de San Pedro. Esa gran puerta es la de la misericordia de Dios, que acoge nuestro arrepentimiento y nos da la gracia del perdón. Una puerta que está abierta generosamente, pero cuyo umbral debe atravesarse con valentía.

Francisco se refirió al reciente Sínodo de los Obispos, que ha dado a todas las familias, y a toda la Iglesia, un fuerte impulso para encontrarse ante el umbral de esta puerta abierta. La Iglesia ha sido animada a abrir sus puertas para salir con el Señor al encuentro de sus hijos e hijas en el camino, a veces inciertos, a veces extraviados, en estos tiempos difíciles. Y las familias cristianas, en particular, han sido alentadas a abir la puerta al Señor. Pero el Señor nunca fuerza la puerta, pide permiso para entrar por las nuestras pero ”sus” puertas están siempre abiertas.

Ahora bien, como señaló el Santo Padre, hay lugares en el mundo donde las puertas no se cierran con llave, pero hay muchos donde las puertas blindadas se han convertido en algo normal. Y en este sentido, subrayó que no nos debemos rendir a la idea de tener que aplicar este sistema a toda nuestra vida, a la vida de la familia, de la ciudad y de la sociedad. Y también de la Iglesia, porque una Iglesia inhóspita, así como una familia encerrada en sí misma, mortifica el Evangelio y vuelve árido el mundo.”¡Nada de puertas blindadas en la Iglesia- exclamó- Todo abierto!.”
La gestión de las “puertas” simbólicas – los umbrales, los pasos, las fronteras, – se ha vuelto crucial. La puerta, observó el Papa, debe proteger ciertamente, pero no rechazar . La puerta no debe ser forzada, por el contrario, hay que pedir permiso para entrar porque la hospitalidad brilla en la libertad de la acogida, y se ensombrece en la arrogancia de la invasión. La puerta se abre con frecuencia para ver si hay alguien fuera esperando, y tal vez no tiene el coraje, tal vez ni siquiera la fuerza para llamar. ”Cuanta gente ha perdido la confianza… para llamar a la puerta de nuestro corazón cristiano, a las puertas de las Iglesias… Les hemos quitado la confianza ¡Que no
suceda nunca!… Las puertas dicen muchas cosas de las casas y de la Iglesia”.

Nosotros mismos somos los guardianes y los servidores de la Puerta de Dios, que es Jesús, afirmó Francisco. Jesús es la puerta que nos permite entrar y salir porque el rebaño de Dios es un refugio, no una cárcel. Si nos acercamos a la puerta y escuchamos la voz de Jesús, estamos seguros de estar a salvo. Si el guardian escucha la voz del Pastor, abre y deja entrar a todas las ovejas que el Pastor lleva: a todas, incluidas las que se han perdido en los bosques más remotos, que el Buen Pastor ha ido a recoger. Las ovejas no las elige el guardián, sino el Buen Pastor. Pero también el guardian escucha la voz del Pastor. Y, en este sentido, podríamos decir que debemos ser como él. ”La Iglesia -subrayó- es la portera de la casa del Señor, no es la dueña de la casa del Señor.

El Papa reiteró al final de su catequesis que la Sagrada Familia de Nazaret sabía lo que significa una puerta abierta o cerrada, para lo que están esperando un hijo, para los que no tienen vivienda, para aquellos que tienen que escapar del peligro, y pidió a las familias cristianas que hicieran del umbral de su casa un pequeño signo de la gran puerta de la misericordia y de la acogida de Dios. Del mismo modo exhortó a la Iglesia a ser reconocida en todos los rincones de la tierra, ”como la guardiana de un Dios que llama, como la acogida de un Dios que no te da con la puerta en las narices, con la excusa de que no eres de casa”.

”Con este espíritu -concluyó- nos acercamos al Jubileo: habrá una puerta santa, pero es la puerta de la gran misericordia de Dios.Que también la puerta de nuestro corazón se abra para que todos recibamos el perdón de Dios y perdonemos a nuestra vez, acogiendo a todos a los que llaman a nuestra puerta”.

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Audiencia del 11 de noviembre 2016 La convivialidad de la familia.

Posted by on Nov 18, 2015 in Prensa y publicaciones

papa fco y la paloma
Audiencia del 11 de noviembre 2016 La convivialidad de la familia
“Queridos hermanos y hermanas, buenos días
Hoy reflexionamos sobre una cualidad característica de la vida familiar que se aprende desde los primeros años de vida: la convivialidad, es decir, la actitud de compartir los bienes de la vida y a estar felices de poder hacerlo. Pero compartir, saber compartir es una virtud preciosa. Su símbolo, su “icono”, es la familia reunida en torno a la mesa doméstica. El compartir la comida –y por tanto, además de la comida también los afectos, las historias, los eventos…– es una experiencia fundamental. Cuando hay una fiesta, un cumpleaños, un aniversario, nos reunimos en torno a la mesa. El algunas culturas es costumbre hacerlo también para el luto, para estar cerca de quien vive el dolor por la pérdida de un familiar.
La convivialidad es un termómetro seguro para medir la salud de las relaciones: si en familia hay algo que no va bien o alguna herida escondida, en la mesa se entiende todo. Una familia que no come casi nunca junta, o en cuya mesa no se habla si no que se ve la televisión, o el smartphone, es una familia “poco familia”. Cuando los hijos en la mesa están pegados al ordenador, al móvil y no se escuchan entre ellos esto no es familia, es una pensión.
El Cristianismo tiene una especial vocación a la convivialidad, todos lo saben. El Señor Jesús enseñaba con gusto en la mesa, y presentaba algunas veces el reino de Dios como un banquete festivo. Jesús escogió la mesa también para entregar a sus discípulos su testamento espiritual, condensado en el gesto memorial de su Sacrificio: donación de su Cuerpo y de su Sangre como alimento y bebida de salvación, que nutren el amor verdadero y duradero.
En esta perspectiva, podemos decir que la familia es “de casa” a la misa, porque a la eucaristía lleva la propia experiencia de convivencia y la abre a la gracia de una convivialidad universal, del amor de Dios por el mundo. Participando en la eucaristía, la familia es purificada de la tentación de cerrarse en sí misma, fortalecida en el amor y en la fidelidad, y ensancha los confines de su propia fraternidad según el corazón de Cristo.
En nuestro tiempo, marcado por tantos cierres y demasiados muros, la convivialidad, generada por la familia y dilatada en la eucaristía, se convierte en una oportunidad crucial. La eucaristía y la familia que se nutren de ella pueden vencer los cierres y construir puentes de acogida y de caridad. Sí, la eucaristía de una Iglesia de familias, capaces de restituir a la comunidad la levadura activa de la convivialidad y de hospitalidad recíproca, es una escuela de inclusión humana que no teme confrontaciones. No existen pequeños, huérfanos, débiles, indefensos, heridos y desilusionados, desesperados y abandonados, que la convivialidad eucarística de las familias no pueda nutrir, restaurar, proteger y hospedar.
La memoria de las virtudes familiares nos ayuda a entender. Nosotros mismos hemos conocido, y todavía conocemos, qué milagros pueden suceder cuando una madre tiene una mirada de atención, servicio y cuidado por los hijos ajenos, además que a los propios. ¡Hasta ayer, bastaba una mamá para todos los niños del patio! Y además sabemos bien qué fuerza adquiere un pueblo cuyos padres están preparados para movilizarse para proteger a sus hijos de todos, porque consideran a los hijos un bien indivisible, que están felices y orgullosos de proteger.
Hoy, muchos contextos sociales ponen obstáculos a la convivialidad familiar. Es verdad, hoy no es fácil. Debemos encontrar la forma de recuperarla. En la mesa se habla. En la mesa se escucha. Nada silencio. Ese silencio que no es silencio de las monjas. Es el silencio del egoísmo. Cada uno a lo suyo, o a la televisión, o al ordenador y no se habla. Nada de silencio. Recuperar esa convivialidad familiar, aun adaptándola a los tiempos.
La convivialidad parece que se ha convertido en una cosa que se compra y se vende, pero así es otra cosa. Y la nutrición no es siempre el símbolo de un justo compartir de los bienes, capaz de alcanzar a quien no tiene ni pan ni afectos. En los países ricos somos impulsados a gastar en una nutrición excesiva, y luego gastamos de nuevo para remediar el exceso. Y este “negocio” insensato desvía nuestra atención del hambre verdadera, del cuerpo y del alma. Cuando no hay convivialidad hay egoísmo. Cada uno piensa en sí mismo. Es tanto así que la publicidad la ha reducido a un deseo de galletas y dulces. Mientras tanto, muchos hermanos y hermanas se quedan fuera de la mesa. ¡Es una vergüenza!
Miremos el misterio del banquete eucarístico. El Señor entrega su Cuerpo y derrama su Sangre por todos. Realmente no existe división que pueda resistir a este Sacrificio de comunión; solo la actitud de falsedad, de complicidad con el mal puede excluir de ello. Cualquier otra distancia no puede resistir al poder indefenso de este pan partido y de este vino derramado, sacramento del único Cuerpo del Señor. La alianza viva y vital de las familias cristianas, que precede, sostiene y abraza en el dinamismo de su hospitalidad las fatigas y las alegrías cotidianas, coopera con la gracia de la eucaristía, que es capaz de crear comunión siempre nueva con la fuerza que incluye y que salva.
La familia cristiana mostrará precisamente así la amplitud de su verdadero horizonte, que es el horizonte de la Iglesia Madre de todos los hombres, de todos los abandonados y los excluidos, en todos los pueblos. Oremos para que esta convivialidad familiar pueda crecer y madurar en el tiempo de gracia del próximo Jubileo de la Misericordia”.

El Papa pide a las familias que en la mesa se hable y no se use el móvil
En la audiencia de este miércoles, el Santo Padre ha reflexionado sobre la convivialidad, “bellísima virtud que nos enseña a compartir, con alegría, los bienes de la vida”

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Audiencia del miércoles 21 de octubre 2015. La promesa de amor y de fidelidad que el hombre y la mujer se hacen el uno al otro”

Posted by on Oct 25, 2015 in Prensa y publicaciones

Papa Fco en audiencia

Audiencia del miércoles 21 de octubre

En la audiencia general, Francisco recuerda que ‘sin libertad no hay amistad, sin libertad no hay amor, sin libertad no hay matrimonio’
Por Redacción
Ciudad del Vaticano, 21 de octubre de 2015 (ZENIT.org)
El papa Francisco dedicó la catequesis de este miércoles a “la promesa de amor y de fidelidad que el hombre y la mujer se hacen el uno al otro”. En su reflexión semanal, el Pontífice destacó que “la fidelidad a las promesas es una verdadera obra maestra de la humanidad”. Por ello, dijo que “es necesario restituir el honor social a la fidelidad del amor”

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En la pasada meditación hemos reflexionado sobre las promesas importantes que los padres hacen a los niños, desde que ellos han sido pensados en el amor y concebidos en el vientre.

Podemos añadir que, mirándolo bien, toda la realidad familiar está fundada en la promesa: pensar bien esto, la identidad familiar está fundada en la promesa. Se puede decir que la familia vive de la promesa de amor y de fidelidad que el hombre y la mujer se hacen el uno al otro. Esta conlleva el compromiso de acoger y educar a los hijos; pero se lleva a cabo también en el cuidar a los padres ancianos, en el proteger y asistir a los miembros más débiles de la familia, en el ayudarse unos a otros para realizar las propias cualidades y aceptar los propios límites.

Y la promesa conyugal se extiende para compartir las alegrías y los sufrimientos de todos los padres, las madres y los niños, con generosa apertura en lo relacionado con la convivencia humana y el bien común. Una familia que se cierra en sí misma es como una contradicción, una mortificación de la promesa que la ha hecho nacer y la hace vivir. No olvidar nunca la identidad de la familia siempre es una promesa que se extiende y extiende a toda la familia y también a toda la humanidad.
En nuestros días, el honor de la fidelidad a la promesa de la vida familiar se presenta muy debilitada. Por una parte, por una malentendido derecho de buscar la propia satisfacción, a toda costa y en cualquier relación, se exalta como un principio no negociable de la libertad. Por otro lado, porque se fían exclusivamente de las constricciones de la ley los vínculos de la vida de relación y del compromiso por el bien común. Pero, en realidad, nadie quiere ser amado solo por los propios bienes o por obligación. El amor, como también la amistad, deben su fuerza y su belleza precisamente a este hecho: que generan una unión sin quitar la libertad. El amor es libre, la promesa de la familia es libre. Y esta es la belleza. Sin la libertad no hay amistad, sin libertad no hay amor, sin libertad no hay matrimonio. Por tanto, libertad y fidelidad no se oponen la una a la otra, es más, se sostienen la una a la otra, tanto en las relaciones personales, como en las sociales. De hecho, pensemos en los daños que producen, en la civilización de la comunicación global, la inflación de promesas mantenidas, en varios campos y la indulgencia por la infidelidad a la palabra dada y a los compromisos tomados.

Sí, queridos hermanos y hermanas, la fidelidad es una promesa de compromiso que se auto-cumple, creciendo en la libre obediencia a la palabra dada. La fidelidad es una confianza que “quiere” ser realmente compartida, y una esperanza que “quiere” ser cultivada junta. Y hablando de fidelidad me viene a la mente lo que nuestros ancianos , nuestros abuelos cuentan ‘esos tiempos cuando se hacía un acuerdo, un apretón de manos era suficiente, porque había fidelidad a las promesas’. Y esto que es un hecho social también tiene su origen en la familia, en el apretón de manos del hombre y la mujer para ir adelante juntos toda la vida. ¡La fidelidad a las promesas es una verdadera obra maestra de la humanidad! Si miramos a su belleza audaz, estamos asustados, pero si despreciamos su valiente tenacidad, estamos perdidos. Ninguna relación de amor –ninguna amistad, ninguna forma de querer, ninguna felicidad del bien común– alcanza a la altura de nuestro deseo y de nuestra esperanza, si no llega a habitar este milagro del alma. Y digo “milagro”, porque la fuerza y la persuasión de la fidelidad, a pesar de todo, no termina de encantarnos y de sorprendernos. El honor a la palabra dada, la fidelidad a la promesa, no se pueden comprar y vender. No se pueden obligar con la fuerza, pero tampoco cuidar sin sacrificio.

Ninguna otra escuela puede enseñar la verdad del amor, si la familia no lo hace. Ninguna ley puede imponer la belleza y la herencia de este tesoro de la dignidad humana, si la unión personal entre amor y generación no la escribe en nuestra carne.
Hermanos y hermanas, es necesario restituir el honor social a la fidelidad del amor, restituir honor social a la fidelidad del amor. Es necesario restar clandestinidad al milagro cotidiano de millones de hombres y mujeres que regeneran su fundamento familiar, del cuál vive cada sociedad, sin estar en grado de garantizarlo de ninguna manera. No es casualidad, este principio de fidelidad a la promesa del amor y de la generación está escrito en la creación de Dios como una bendición perenne, a la cual está confiada el mundo.

Si san Pablo puede afirmar que en la unión familiar está misteriosamente revelada una verdad decisiva también para la unión del Señor y de la Iglesia, quiere decir que la Iglesia misma encuentra aquí una bendición para cuidar y de la cual siempre se aprende, antes aún de enseñarla. Nuestra fidelidad a la promesa está siempre confiada a la gracia y la misericordia de Dios. El amor por la familia humana, en la buena y en la mala suerte, ¡es un punto de honor para la Iglesia! Dios nos conceda estar a la altura de esta promesa.

Y rezamos por los Padres del Sínodo: el Señor bendiga su trabajo, desempeñado con fidelidad creativa, en la confianza que Él el primero, el Señor, es fiel a sus promesas. Gracias

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Audiencia del miércoles 30 de septiembre, viaje a Cuba y EEUU

Posted by on Oct 5, 2015 in Prensa y publicaciones

Papa Fco en audiencia

Audiencia del miércoles 30 de septiembre, viaje a Cuba y EEUU

Francisco recuerda su viaje apostólico a Cuba y Estados Unidos
Ciudad del Vaticano, 30 de septiembre de 2015 (Vis).-La catequesis de la audiencia general de los miércoles que se desarrolló en la Plaza de San Pedro- mientras las personas enfermas escucharon las palabras del Papa en el Aula Pablo VI, porque las previsiones metereológicas no eran buenas- estuvo dedicada al reciente viaje apostólico del Santo Padre a Cuba y Estados Unidos, nacido de la voluntad, como recordó el Pontífice, de participar en el VIII Encuentro Mundial de las Familias el 28 de septiembre en Filadelfia. Pero ese núcleo original se amplió a una visita a Estados Unidos, a la sede central de las Naciones Unidas y a Cuba que fue la primera etapa de su itinerario. Y el Papa ha aprovechado hoy la oportunidad para dar de nuevo las gracias al Presidente de Cuba, Raul Castro, al de Estados Unidos, Barack Obama y al Secretario de la ONU, Ban Ki- moon por la acogida que le reservaron así como a los obispos y colaboradores en la organización del viaje por la gran tarea que han llevado a cabo.
El Papa contó que se había presentado en Cuba, una tierra rica en belleza natural, cultura y fe, como ”Misionero de la Misericordia”. ”La misericordia de Dios -dijo- es mayor que cualquier herida, que cualquier conflicto, que cualquier ideología; y con esta mirada de misericordia he abrazado a todo el pueblo cubano, en su patria y fuera de ella , más allá de toda división. Símbolo de esta unidad profunda del alma cubana es la Virgen de la Caridad del Cobre… Patrona de Cuba….Madre de esperanza,… que guía en el camino de justicia, de paz, libertad y reconciliación…Pude compartir con el pueblo cubano la esperanza del cumplimiento de la profecía de San Juan Pablo II: ”Que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba” No más cierres, no más explotación de la pobreza, sino libertad con dignidad. Es el camino que hace latir los corazones de muchos jóvenes cubanos…Un camino que encuentra su fuerza en las raíces cristianas de ese pueblo, que ha sufrido tanto”.
De Cuba a Estados Unidos de América. ”Un paso emblemático, un puente que gracias a Dios se está reconstruyendo”,comentó Francisco añadiendo que ”Dios siempre quiere construir puentes; somos nosotros los que construimos muros. Pero los muros se derrumban siempre”.
Después habló de las tres etapas de su viaje en Estados Unidos: Washington, Nueva York y Filadelfia. En Washington, donde encontró a las autoridades políticas, pero también al clero, a la gente común y los pobres y marginados, recordó que la mayor riqueza de ese país y de sus gentes era ”su patrimonio espiritual y ético. Por eso -señaló- quise animarles a proseguir la construcción social siendo fieles a su principio fundamental: Todos los hombres son creados iguales por Dios y dotados de derechos inalienables como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Estos valores, compartidos por todos, encuentran en el Evangelio su cumplimiento, como evidenció muy bien la canonización de Fray Junípero Serra, franciscano, gran evangelizador de California. San Junípero muestra el camino de la alegría: ir y compartir con los demás el amor de Cristo. Este es el camino del cristiano, pero también el de todos los hombres que han conocido el amor: No tenerlo solo para uno mismo, sino compartirlo con los demás. Sobre esta base religiosa y moral nacieron y crecieron los Estados Unidos de América, y sobre esta base pueden seguir siendo una tierra de libertad y de acogida y cooperar en un mundo más justo y fraterno”.
De Nueva York, la segunda etapa, el Papa rememoró su discurso ante la Asamblea General de la ONU cuando hablando a los representantes de las naciones renovó el apoyo de la Iglesia Católica a esa institución y a ”su papel en la promoción del desarrollo y la paz, reiterando en particular la necesidad de un compromiso unánime y proactivo para la defensa de la creación” y reafirmó el llamamiento a ”detener y prevenir la violencia contra las minorías étnicas y religiosas y la población civil”. Por la paz y la fraternidad, Francisco rezó en el Memorial de la Zona Cero, junto con representantes de diversas religiones y familiares de las víctimas del atentado del 11 de septiembre y por la paz y la justicia celebró la Eucaristía en el Madison Square Garden.
”Tanto en Washington como en Nueva York -aseguró- pude ver diversas obras caritativas y educativas, emblemáticas del enorme servicio que las comunidades católicas ofrecen en estos campos”.
Pero el culmen del viaje fue el Encuentro Mundial de las Familias en Filadelfia, ”donde el horizonte se amplío a todo el mundo, a través del “prisma”, por así decirlo, de la familia. La familia, la fructífera alianza entre el hombre y la mujer, es la respuesta al gran desafío de nuestro mundo, que es un doble desafío: la fragmentación y la masificación. Dos extremos que coexisten, se apoyan mutuamente, y juntos sostienen el modelo económico consumista. La familia es la respuesta, porque es la célula de una sociedad que equilibra la dimensión personal y la comunitaria y que, al mismo tiempo, puede ser el modelo de una gestión sostenible de los bienes y recursos de la creación. La familia es la protagonista de una ecología integral porque es el sujeto social primario, que contiene dentro de sí los dos principios básicos de la civilización humana en la tierra: el principio de la comunión y el principio de la fecundidad. El humanismo bíblico nos presenta este icono: la pareja humana, unida y fecunda, colocada por Dios en el jardín del mundo, para que lo cultive y lo defienda”.
Por último el Papa saludó al arzobispo de Filadelfia, Charles Chaput, por haber manifestado su gran amor por la familia en la organización de este evento. ”Pensándolo bien ? concluyó- no es casual sino providencial que… el testimonio del Encuentro Mundial de las Familias venga en estos momentos de los Estados Unidos de América, el país que en el último siglo ha alcanzado el máximo desarrollo económico y tecnológico sin renegar de sus raíces religiosas. Estas mismas raíces piden recomenzar de la familia para replantear y cambiar el modelo de desarrollo, para el bien de toda la familia humana”.

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El Papa en el Congreso de Estados Unidos: La actividad política debe promover el bien de la persona y estar fundada en el respeto de su dignidad.

Posted by on Sep 25, 2015 in Prensa y publicaciones

Papa Francisco en el congreso de EEUU

El Papa en el Congreso de Estados Unidos: La actividad política debe promover el bien de la persona y estar fundada en el respeto de su dignidad.

Ciudad del Vaticano, 25 de septiembre de 2015 (Vis).-El Congreso de Estados Unidos, reunido ayer en una solemne sesión conjunta (Senado y Cámara de Representantes), acogió ayer por primera vez en su historia a un Papa. Francisco entró en el hemiciclo anunciado por el portavoz de la Cámara de Representantes y presidente pro tempore, el republicano Joe Boehner y por el portavoz de oficio del Congreso, el demócrata Joe Biden, presidente del Senado y vicepresidente de Estados Unidos. Entre los presentes en esta sesión extraordinaria se encontraban también Decano del Cuerpo Diplomático, la Corte Suprema y el Gabinete Presidencial del Gobierno, así como el Secretario de Estado, John Kerry.

El Papa fue acogido con una gran ovación y pronunció, en inglés, el discurso que reproducimos a continuación y en el que subrayó entre otras cosas que toda actividad política debe servir y promover el bien de la persona humana y estar fundada en el respeto de su dignidad. Francisco citó a cuatro grandes americanos: el presidente Abraham Lincoln, ”defensor de la libertad”, el político Marthin Luther King, cuyo ”sueño de igualdad …sigue resonando en nuestros corazones”, Dorothy Day, fundadora del Catholic Worker Movement para quien el ”activismo social, la pasión por la justicia y la causa de los oprimidos estaban inspirados en el Evangelio” y el monje cisterciense Thomas Merton ”un pensador que desafió las certezas de su tiempo y …fue también un hombre de diálogo, un promotor de la paz entre pueblos y religiones”.
Sigue el discurso del Santo Padre:

”Les agradezco la invitación que me han hecho a que les dirija la palabra en esta sesión conjunta del Congreso en ”la tierra de los libres y en la patria de los valientes”. Me gustaría pensar que lo han hecho porque también yo soy un hijo de este gran continente, del que todos nosotros hemos recibido tanto y con el que tenemos una responsabilidad común.
Cada hijo o hija de un país tiene una misión, una responsabilidad personal y social. La de ustedes como Miembros del Congreso, por medio de la actividad legislativa, consiste en hacer que este País crezca como Nación. Ustedes son el rostro de su pueblo, sus representantes. Y están llamados a defender y custodiar la dignidad de sus conciudadanos en la búsqueda constante y exigente del bien común, pues éste es el principal desvelo de la política. La sociedad política perdura si se plantea, como vocación, satisfacer las necesidades comunes favoreciendo el crecimiento de todos sus miembros, especialmente de los que están en situación de mayor vulnerabilidad o riesgo. La actividad legislativa siempre está basada en la atención al pueblo. A eso han sido invitados, llamados, convocados por las urnas.

Se trata de una tarea que me recuerda la figura de Moisés en una doble perspectiva. Por un lado, el Patriarca y legislador del Pueblo de Israel simboliza la necesidad que tienen los pueblos de mantener la conciencia de unidad por medio de una legislación justa. Por otra parte, la figura de Moisés nos remite directamente a Dios y por lo tanto a la dignidad trascendente del ser humano. Moisés nos ofrece una buena síntesis de su labor: ustedes están invitados a proteger, por medio de la ley, la imagen y semejanza plasmada por Dios en cada rostro.

En esta perspectiva quisiera hoy no sólo dirigirme a ustedes, sino con ustedes y en ustedes a todo el pueblo de los Estados Unidos. Aquí junto con sus Representantes, quisiera tener la oportunidad de dialogar con miles de hombres y mujeres que luchan cada día para trabajar honradamente, para llevar el pan a su casa, para ahorrar y ?poco a poco? conseguir una vida mejor para los suyos. Que no se resignan solamente a pagar sus impuestos, sino que ?con su servicio silencioso? sostienen la convivencia. Que crean lazos de solidaridad por medio de iniciativas espontáneas pero también a través de organizaciones que buscan paliar el dolor de los más necesitados.

Me gustaría dialogar con tantos abuelos que atesoran la sabiduría forjada por los años e intentan de muchas maneras, especialmente a través del voluntariado, compartir sus experiencias y conocimientos. Sé que son muchos los que se jubilan pero no se retiran; siguen activos construyendo esta tierra. Me gustaría dialogar con todos esos jóvenes que luchan por sus deseos nobles y altos, que no se dejan atomizar por las ofertas fáciles, que saben enfrentar situaciones difíciles, fruto muchas veces de la inmadurez de los adultos. Con todos ustedes quisiera dialogar y me gustaría hacerlo a partir de la memoria de su pueblo.

Mi visita tiene lugar en un momento en que los hombres y mujeres de buena voluntad conmemoran el aniversario de algunos ilustres norteamericanos. Salvando los vaivenes de la historia y las ambigüedades propias de los seres humanos, con sus muchas diferencias y límites, estos hombres y mujeres apostaron, con trabajo, abnegación y hasta con su propia sangre, por forjar un futuro mejor. Con su vida plasmaron valores fundantes que viven para siempre en el alma de todo el pueblo. Un pueblo con alma puede pasar por muchas encrucijadas, tensiones y conflictos, pero logra siempre encontrar los recursos para salir adelante y hacerlo con dignidad. Estos hombres y mujeres nos aportan una hermenéutica, una manera de ver y analizar la realidad. Honrar su memoria, en medio de los conflictos, nos ayuda a recuperar, en el hoy de cada día, nuestras reservas culturales.

Me limito a mencionar cuatro de estos ciudadanos: Abraham Lincoln, Martin Luther King, Dorothy Day y Thomas Merton.
Estamos en el ciento cincuenta aniversario del asesinato del Presidente Abraham Lincoln, el defensor de la libertad, que ha trabajado incansablemente para que ”esta Nación, por la gracia de Dios, tenga una nueva aurora de libertad”. Construir un futuro de libertad exige amor al bien común y colaboración con un espíritu de subsidiaridad y solidaridad.
Todos conocemos y estamos sumamente preocupados por la inquietante situación social y política de nuestro tiempo. El mundo es cada vez más un lugar de conflictos violentos, de odio nocivo, de sangrienta atrocidad, cometida incluso en el nombre de Dios y de la religión. Somos conscientes de que ninguna religión es inmune a diversas formas de aberración individual o de extremismo ideológico. Esto nos urge a estar atentos frente a cualquier tipo de fundamentalismo de índole religiosa o del tipo que fuere. Combatir la violencia perpetrada bajo el nombre de una religión, una ideología, o un sistema económico y, al mismo tiempo, proteger la libertad de las religiones, de las ideas, de las personas requiere un delicado equilibrio en el que tenemos que trabajar. Y, por otra parte, puede generarse una tentación a la que hemos de prestar especial atención: el reduccionismo simplista que divide la realidad en buenos y malos; permítanme usar la expresión: en justos y pecadores. El mundo contemporáneo con sus heridas, que sangran en tantos hermanos nuestros, nos convoca a afrontar todas las polarizaciones que pretenden dividirlo en dos bandos. Sabemos que en el afán de querer liberarnos del enemigo exterior podemos caer en la tentación de ir alimentando el enemigo interior. Copiar el odio y la violencia del tirano y del asesino es la mejor manera de ocupar su lugar. A eso este pueblo dice: No.

Nuestra respuesta, en cambio, es de esperanza y de reconciliación, de paz y de justicia. Se nos pide tener el coraje y usar nuestra inteligencia para resolver las crisis geopolíticas y económicas que abundan hoy. También en el mundo desarrollado las consecuencias de estructuras y acciones injustas aparecen con mucha evidencia. Nuestro trabajo se centra en devolver la esperanza, corregir las injusticias, mantener la fe en los compromisos, promoviendo así la recuperación de las personas y de los pueblos. Ir hacia delante juntos, en un renovado espíritu de fraternidad y solidaridad, cooperando con entusiasmo al bien común.

El reto que tenemos que afrontar hoy nos pide una renovación del espíritu de colaboración que ha producido tanto bien a lo largo de la historia de los Estados Unidos. La complejidad, la gravedad y la urgencia de tal desafío exige poner en común los recursos y los talentos que poseemos y empeñarnos en sostenernos mutuamente, respetando las diferencias y las convicciones de conciencia.

En estas tierras, las diversas comunidades religiosas han ofrecido una gran ayuda para construir y reforzar la sociedad. Es importante, hoy como en el pasado, que la voz de la fe, que es una voz de fraternidad y de amor, que busca sacar lo mejor de cada persona y de cada sociedad, pueda seguir siendo escuchada. Tal cooperación es un potente instrumento en la lucha por erradicar las nuevas formas mundiales de esclavitud, que son fruto de grandes injusticias que pueden ser superadas sólo con nuevas políticas y consensos sociales.

Apelo aquí a la historia política de los Estados Unidos, donde la democracia está radicada en la mente del Pueblo. Toda actividad política debe servir y promover el bien de la persona humana y estar fundada en el respeto de su dignidad. ”Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que han sido dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos está la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Si es verdad que la política debe servir a la persona humana, se sigue que no puede ser esclava de la economía y de las finanzas. La política responde a la necesidad imperiosa de convivir para construir juntos el bien común posible, el de una comunidad que resigna intereses particulares para poder compartir, con justicia y paz, sus bienes, sus intereses, su vida social. No subestimo la dificultad que esto conlleva, pero los aliento en este esfuerzo.

En esta sede quiero recordar también la marcha que, cincuenta años atrás, Martin Luther King encabezó desde Selma a Montgomery, en la campaña por realizar el ”sueño” de plenos derechos civiles y políticos para los afro-americanos. Su sueño sigue resonando en nuestros corazones. Me alegro de que Estados Unidos siga siendo para muchos la tierra de los ”sueños”. Sueños que movilizan a la acción, a la participación, al compromiso. Sueños que despiertan lo que de más profundo y auténtico hay en los pueblos.

En los últimos siglos, millones de personas han alcanzado esta tierra persiguiendo el sueño de poder construir su propio futuro en libertad. Nosotros, pertenecientes a este continente, no nos asustamos de los extranjeros, porque muchos de nosotros hace tiempo fuimos extranjeros. Les hablo como hijo de inmigrantes, como muchos de ustedes que son descendientes de inmigrantes. Trágicamente, los derechos de cuantos vivieron aquí mucho antes que nosotros no siempre fueron respetados. A estos pueblos y a sus naciones, desde el corazón de la democracia norteamericana, deseo reafirmarles mi más alta estima y reconocimiento. Aquellos primeros contactos fueron bastantes convulsos y sangrientos, pero es difícil enjuiciar el pasado con los criterios del presente. Sin embargo, cuando el extranjero nos interpela, no podemos cometer los pecados y los errores del pasado. Debemos elegir la posibilidad de vivir ahora en el mundo más noble y justo posible, mientras formamos las nuevas generaciones, con una educación que no puede dar nunca la espalda a los ”vecinos”, a todo lo que nos rodea. Construir una nación nos lleva a pensarnos siempre en relación con otros, saliendo de la lógica de enemigo para pasar a la lógica de la recíproca subsidiaridad, dando lo mejor de nosotros. Confío que lo haremos.

Nuestro mundo está afrontando una crisis de refugiados sin precedentes desde los tiempos de la II Guerra Mundial. Lo que representa grandes desafíos y decisiones difíciles de tomar. A lo que se suma, en este continente, las miles de personas que se ven obligadas a viajar hacia el norte en búsqueda de una vida mejor para sí y para sus seres queridos, en un anhelo de vida con mayores oportunidades. ¿Acaso no es lo que nosotros queremos para nuestros hijos? No debemos dejarnos intimidar por los números, más bien mirar a las personas, sus rostros, escuchar sus historias mientras luchamos por asegurarles nuestra mejor respuesta a su situación. Una respuesta que siempre será humana, justa y fraterna. Cuidémonos de una tentación contemporánea: descartar todo lo que moleste. Recordemos la regla de oro: ”Hagan ustedes con los demás como quieran que los demás hagan con ustedes”.

Esta regla nos da un parámetro de acción bien preciso: tratemos a los demás con la misma pasión y compasión con la que queremos ser tratados. Busquemos para los demás las mismas posibilidades que deseamos para nosotros. Acompañemos el crecimiento de los otros como queremos ser acompañados. En definitiva: queremos seguridad, demos seguridad; queremos vida, demos vida; queremos oportunidades, brindemos oportunidades. El parámetro que usemos para los demás será el parámetro que el tiempo usará con nosotros. La regla de oro nos recuerda la responsabilidad que tenemos de custodiar y defender la vida humana en todas las etapas de su desarrollo.

Esta certeza es la que me ha llevado, desde el principio de mi ministerio, a trabajar en diferentes niveles para solicitar la abolición mundial de la pena de muerte. Estoy convencido que este es el mejor camino, porque cada vida es sagrada, cada persona humana está dotada de una dignidad inalienable y la sociedad sólo puede beneficiarse en la rehabilitación de aquellos que han cometido algún delito. Recientemente, mis hermanos Obispos aquí, en los Estados Unidos, han renovado el llamamiento para la abolición de la pena capital. No sólo me uno con mi apoyo, sino que animo y aliento a cuantos están convencidos de que una pena justa y necesaria nunca debe excluir la dimensión de la esperanza y el objetivo de la rehabilitación.

En estos tiempos en que las cuestiones sociales son tan importantes, no puedo dejar de nombrar a la Sierva de Dios Dorothy Day, fundadora del Movimiento del trabajador católico. Su activismo social, su pasión por la justicia y la causa de los oprimidos estaban inspirados en el Evangelio, en su fe y en el ejemplo de los santos.

¡Cuánto se ha progresado, en este sentido, en tantas partes del mundo! ¡Cuánto se viene trabajando en estos primeros años del tercer milenio para sacar a las personas de la extrema pobreza! Sé que comparten mi convicción de que todavía se debe hacer mucho más y que, en momentos de crisis y de dificultad económica, no se puede perder el espíritu de solidaridad internacional. Al mismo tiempo, quiero alentarlos a recordar cuán cercanos a nosotros son hoy los prisioneros de la trampa de la pobreza. También a estas personas debemos ofrecerles esperanza. La lucha contra la pobreza y el hambre ha de ser combatida constantemente, en sus muchos frentes, especialmente en las causas que las provocan. Sé que gran parte del pueblo norteamericano hoy, como ha sucedido en el pasado, está haciéndole frente a este problema.

No es necesario repetir que parte de este gran trabajo está constituido por la creación y distribución de la riqueza. El justo uso de los recursos naturales, la aplicación de soluciones tecnológicas y la guía del espíritu emprendedor son parte indispensable de una economía que busca ser moderna pero especialmente solidaria y sustentable. ”La actividad empresarial, que es una noble vocación orientada a producir riqueza y a mejorar el mundo para todos, puede ser una manera muy fecunda de promover la región donde instala sus emprendimientos, sobre todo si entiende que la creación de puestos de trabajo es parte ineludible de su servicio al bien común” . Y este bien común incluye también la tierra, tema central de la Encíclica que he escrito recientemente para ”entrar en diálogo con todos acerca de nuestra casa común”. ”Necesitamos una conversación que nos una a todos, porque el desafío ambiental que vivimos, y sus raíces humanas, nos interesan y nos impactan a todos”.

En Laudato si, aliento el esfuerzo valiente y responsable para ”reorientar el rumbo” y para evitar las más grandes consecuencias que surgen del degrado ambiental provocado por la actividad humana. Estoy convencido de que podemos marcar la diferencia y no tengo alguna duda de que los Estados Unidos ?y este Congreso? están llamados a tener un papel importante. Ahora es el tiempo de acciones valientes y de estrategias para implementar una ”cultura del cuidado” y una ”aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza”. La libertad humana es capaz de limitar la técnica ; de interpelar ”nuestra inteligencia para reconocer cómo deberíamos orientar, cultivar y limitar nuestro poder”; de poner la técnica al ”servicio de otro tipo de progreso más sano, más humano, más social, más integral”. Sé y confío que sus excelentes instituciones académicas y de investigación pueden hacer una contribución vital en los próximos años.

Un siglo atrás, al inicio de la Gran Guerra, ”masacre inútil”, en palabras del Papa Benedicto XV, nace otro gran norteamericano, el monje cisterciense Thomas Merton. Él sigue siendo fuente de inspiración espiritual y guía para muchos. En su autobiografía escribió: ”Aunque libre por naturaleza y a imagen de Dios, con todo, y a imagen del mundo al cual había venido, también fui prisionero de mi propia violencia y egoísmo. El mundo era trasunto del infierno, abarrotado de hombres como yo, que le amaban y también le aborrecían. Habían nacido para amarle y, sin embargo, vivían con temor y ansias desesperadas y enfrentadas”. Merton fue sobre todo un hombre de oración, un pensador que desafió las certezas de su tiempo y abrió horizontes nuevos para las almas y para la Iglesia; fue también un hombre de diálogo, un promotor de la paz entre pueblos y religiones.

En tal perspectiva de diálogo, deseo reconocer los esfuerzos que se han realizado en los últimos meses y que ayudan a superar las históricas diferencias ligadas a dolorosos episodios del pasado. Es mi deber construir puentes y ayudar lo más posible a que todos los hombres y mujeres puedan hacerlo. Cuando países que han estado en conflicto retoman el camino del diálogo, que podría haber estado interrumpido por motivos legítimos, se abren nuevos horizontes para todos. Esto ha requerido y requiere coraje, audacia, lo cual no significa falta de responsabilidad. Un buen político es aquel que, teniendo en mente los intereses de todos, toma el momento con un espíritu abierto y pragmático. Un buen político opta siempre por generar procesos más que por ocupar espacios .

Igualmente, ser un agente de diálogo y de paz significa estar verdaderamente determinado a atenuar y, en último término, a acabar con los muchos conflictos armados que afligen nuestro mundo. Y sobre esto hemos de ponernos un interrogante: ¿por qué las armas letales son vendidas a aquellos que pretenden infligir un sufrimiento indecible sobre los individuos y la sociedad? Tristemente, la respuesta, que todos conocemos, es simplemente por dinero; un dinero impregnado de sangre, y muchas veces de sangre inocente. Frente al silencio vergonzoso y cómplice, es nuestro deber afrontar el problema y acabar con el tráfico de armas.

Tres hijos y una hija de esta tierra, cuatro personas, cuatro sueños: Abraham Lincoln, la libertad; Martin Luther King, una libertad que se vive en la pluralidad y la no exclusión; Dorothy Day, la justicia social y los derechos de las personas; y Thomas Merton, la capacidad de diálogo y la apertura a Dios. Cuatro representantes del pueblo norteamericano.
Terminaré mi visita a su País en Filadelfia, donde participaré en el Encuentro Mundial de las Familias. He querido que en todo este Viaje Apostólico la familia fuese un tema recurrente. Cuán fundamental ha sido la familia en la construcción de este País. Y cuán digna sigue siendo de nuestro apoyo y aliento. No puedo esconder mi preocupación por la familia, que está amenazada, quizás como nunca, desde el interior y desde el exterior. Las relaciones fundamentales son puestas en duda, como el mismo fundamento del matrimonio y de la familia. No puedo más que confirmar no sólo la importancia, sino por sobre todo, la riqueza y la belleza de vivir en familia.

De modo particular quisiera llamar su atención sobre aquellos componentes de la familia que parecen ser los más vulnerables, es decir, los jóvenes. Muchos tienen delante un futuro lleno de innumerables posibilidades, muchos otros parecen desorientados y sin sentido, prisioneros en un laberinto de violencia, de abuso y desesperación. Sus problemas son nuestros problemas. No nos es posible eludirlos. Hay que afrontarlos juntos, hablar y buscar soluciones más allá del simple tratamiento nominal de las cuestiones. Aun a riesgo de simplificar, podríamos decir que existe una cultura tal que empuja a muchos jóvenes a no poder formar una familia porque están privados de oportunidades de futuro. Sin embargo, esa misma cultura concede a muchos otros, por el contrario, tantas oportunidades, que también ellos se ven disuadidos de formar una familia.

Una Nación es considerada grande cuando defiende la libertad, como hizo Abraham Lincoln; cuando genera una cultura que permita a sus hombres ”soñar” con plenitud de derechos para sus hermanos y hermanas, como intentó hacer Martin Luther King; cuando lucha por la justicia y la causa de los oprimidos, como hizo Dorothy Day en su incesante trabajo; siendo fruto de una fe que se hace diálogo y siembra paz, al estilo contemplativo de Merton.
Me he animado a esbozar algunas de las riquezas de su patrimonio cultural, del alma de su pueblo. Me gustaría que esta alma siga tomando forma y crezca, para que los jóvenes puedan heredar y vivir en una tierra que ha permitido a muchos soñar. Que Dios bendiga a América”.

Después de su discurso, el portavoz Boehner acompañó al Papa por la Sala de las Estatuas donde se encuentra también la de Fray Junípero Serra hasta llegar a la Sala de la Cúpula donde se hizo entrega a la Biblioteca del Congreso de una preciosa edición de la Biblia. Posteriormente ambos, acompañados por los líderes del Congreso y los miembros del séquito papal, se asomaron al balcón desde el cual el Santo Padre saludó y bendijo a la multitud reunida en la zona monumental del National Mall.

”Buenos días a todos Ustedes -dijo en español- Les agradezco su acogida y su presencia. Agradezco los personajes más importantes que hay aquí, los niños. Quiero pedirle a Dios que los bendiga. Señor, Padre nuestro de todos, bendice a este pueblo, bendice a cada uno de ellos, bendice a sus familias, dales lo que más necesiten. Y les pido, por favor, a ustedes que recen por mí y, si entre ustedes hay algunos que no creen o no pueden rezar, les pido, por favor, que me deseen cosas buenas. Thank you. Thank you very much. And God bless America.”

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Audiencia del miércoles 16 de septiembre. La familia nos defiende de los ataques e ideologías

Posted by on Sep 22, 2015 in Prensa y publicaciones

fracisco I

Audiencia del miércoles 16 de septiembre

Ciudad del Vaticano, 16 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Esta es nuestra reflexión conclusiva sobre el tema del matrimonio y de la familia. Estamos en la víspera de eventos bellos y desafiantes, que están directamente unidos a este gran tema: el Encuentro Mundial de las Familias en Filadelfia y el Sínodo de los Obispos aquí en Roma. Ambos tienen importancia mundial, que corresponde a la dimensión universal del cristianismo, pero también al alcance universal de esta comunidad humana fundamental e insustituible que es precisamente la familia.
La transición actual de la civilización aparece marcada por los efectos a largo plazo de una sociedad administrada por la tecnocracia económica. La subordinación de la ética a la lógica del beneficio dispone de recursos sustanciales y de apoyo mediático enorme. En este escenario, una nueva alianza del hombre y de la mujer se convierte, no solo en necesaria, sino también en estratégica para que los pueblos puedan emanciparse de la colonización del dinero. ¡Esta alianza debe volver a orientar la política, la economía y la convivencia civil! Ésta decide la habitabilidad de la tierra, la transmisión del sentimiento de la vida, los lazos de la memoria y de la esperanza.

De esta alianza, la comunidad conyugal-familiar del hombre y de la mujer es la gramática generativa, el “nudo de oro” podríamos decir. La fe se basa en la sabiduría de la creación de Dios: que ha encomendado a la familia no el cuidado de una intimidad fin en sí misma, sino el emocionante proyecto de hacer “doméstico” el mundo.
La familia está precisamente en el inicio, en la base de esta cultura mundial que nos salva, nos salva de tantos tantos ataques, tantas destrucciones, colonizaciones, como la del dinero o de esas colonizaciones ideológicas que amenazan tanto al mundo. La familia es la base para defenderse.

Precisamente de la Palabra bíblica de la creación hemos tomado nuestra inspiración fundamental, en nuestras breves meditaciones de los miércoles sobre la familia. A esta palabra podemos y debemos nuevamente volver con amplitud y profundidad. Es un gran trabajo, el que nos espera, pero también muy entusiasmante. La creación de Dios no es una simple premisa filosófica: ¡es el horizonte universal de la vida y de la fe! No hay un diseño divino diverso de la creación y de su salvación. Es por la salvación de las criaturas –de cada criatura– que Dios se ha hecho hombre: “por nosotros los hombres y por nuestra salvación”, como dice el Credo. Y Jesús resucitado es “primogénito de toda criatura” (Col 1,15).
El mundo creado está encomendado al hombre y a la mujer: lo que sucede entre ellos marca todo. Su rechazo a la bendición de Dios llega inevitablemente a un delirio de omnipotencia que lo estropea todo. Es lo que llamamos “pecado original”. Y todos venimos al mundo en la herencia de esta enfermedad.

A pesar de esto, no estamos maldecidos, ni abandonados a nosotros mismos. ¡La antigua historia del primer amor de Dios por el hombre y la mujer, tenía ya páginas escritas a fuego al respecto! «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo.» (Gn 3,15a). Son las palabras que Dios dirige a la serpiente engañosa, encantadora. Mediante estas palabras Dios marca a la mujer con una barrera protectora contra el mal, a la que puede recurrir –si quiere– para cada generación. ¡Quiere decir que la mujer lleva una secreta y especial bendición, para defender su criatura del Maligno! Como la mujer del Apocalipsis, que corre a esconder al hijo del dragón. Y Dios la protege (cfr Ap 12,6).
¡Pensad que profundidad se abre aquí! Existen muchos estereotipos, a veces incluso ofensivos, sobre la mujer tentadora que inspira al mal. ¡Sin embargo hay espacio para un teología de la mujer que esté a la altura de esta bendición de Dios para ella y para la generación!

La misericordiosa protección de Dios en lo relacionado con el hombre y la mujer, en todo caso, nunca le faltará a ambos. ¡No olvidemos esto! El lenguaje simbólico de la Biblia nos dice que antes de alejarles del jardín del Edén, Dios hizo al hombre y a la mujer túnicas de pieles y les visitó (cfr Gn 3, 21). Este gesto de ternura significa que también en las dolorosas consecuencias de nuestro pecado, Dios no quiere que permanezcamos desnudos y abandonados a nuestro destino de pecadores.
Esta ternura divina, este cuidado hacia nosotros, lo vemos encarnado en Jesús de Nazaret, hijo de Dios, “nacido de mujer” (Gal 4,4). Y san Pablo dice: “Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores” (Rm 5,8). Cristo, nacido de mujer, de una mujer, y la caricia de Dios sobre nuestras llagas, nuestros errores, nuestros pecados, pero Dios nos ama como somos y quiere llevarnos adelante con este proyecto. Y la mujer es la más fuerte que lleva adelante este proyecto.
La promesa que Dios hace al hombre y a la mujer, al origen de la historia, incluye a todos los seres humanos, hasta el final de la historia. Si tenemos suficiente fe, las familias de los pueblos de la tierra se reconocerán en esta bendición. De cualquier forma, quien se deja conmover por esta visión, de cualquier pueblo, nación, religión que sea, se ponga en camino con nosotros. Será nuestro hermano y hermana sin hacer proselitismo. Caminamos juntos bajo esta bendición y bajo este fin de Dios de hacernos a todos hermanos en la ida en un mundo que va adelante y nace precisamente de la familia, de la unión del hombre y la mujer.
¡Dios bendiga familias de cada rincón de la tierra! ¡Dios os bendiga a todos!

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Audiencia del Papa del 2 de septiembre 2015 pide oponerse a la desertificación de las familias

Posted by on Sep 22, 2015 in Prensa y publicaciones

Papa Fco en audiencia

Audiencia del Papa del 2 de septiembre 2015 pide oponerse a la desertificación de las familias la familia como transmisora de la fe y a su modo de vivir esta responsabilidad.

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy abordamos el tema de la familia como transmisora de la fe. Tanto en sus palabras como en sus signos, el Señor pone con frecuencia los lazos familiares como ejemplo de nuestra relación con Dios. La sabiduría encerrada en esos afectos familiares, que ni se compran ni se venden, es el mejor legado del espíritu familiar y Dios se revela – quiere revelarse! – a través de este lenguaje.
Por otro lado, la fe y el amor de Dios purifican los afectos familiares del egoísmo y los protegen del degrado. Los abre a un nuevo horizonte que nos hace capaces de ver más allá, de ver a todos los hombres como una sola familia. De ese modo, quien hace la voluntad de Dios y vive en su amor, es capaz de ver a Jesús en el otro y de ser para él un verdadero hermano.

Queridos hermanos, llevar este estilo familiar a todas las relaciones humanas nos hará capaces de cosas impensables, sería una bendición para todos los pueblos y un signo de esperanza sobre la tierra. Se da ahí una comunicación del misterio de Dios más profunda e incisiva que mil tratados de teología.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Que el Señor nos ayude a que las familias sean fermento evangelizador de la sociedad, ese vino bueno que lleve la alegría del Evangelio a todas las gentes. Muchas gracias.

Texto completo de la catequesis del Papa del 2 de septiembre

Ciudad del Vaticano, 02 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)
En la audiencia de este miércoles, 2 de septiembre, el papa Francisco se refirió a la familia como transmisora de la fe y a su modo de vivir esta responsabilidad.

El Pontífice subrayó que la alianza de la familia con Dios está llamada hoy a contrastar la desertificación comunitaria de la ciudad moderna, porque ninguna ingeniería económica y política es capaz de sustituir esta aportación de las familias.
“El proyecto de Babel –dijo– edifica rascacielos sin vida. Mientras el Espíritu de Dios, en cambio, hace florecer los desiertos. Debemos salir de las torres y de las cámaras blindadas de las élites, para frecuentar nuevamente las casas y los espacios abiertos a las multitudes”.
Publicamos a continuación la catequesis del Santo Padre:
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En este último tramo de nuestro camino de catequesis sobre la familia, abrimos la mirada sobre el modo en que ella vive la responsabilidad de comunicar la fe, de transmitir la fe, sea en su interior como al exterior.
En un primer momento, nos pueden venir a la mente algunas expresiones evangélicas que parecen contraponer los vínculos de la familia y el seguimiento de Jesús. Por ejemplo, aquellas palabras fuertes que todos conocemos y hemos escuchado: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”.
Naturalmente, ¡Jesús no quiere anular el cuarto mandamiento con esto! Se trata del primer gran mandamiento hacia las personas. Los tres primeros están en relación con Dios, este en relación con las personas… ¡es grande! Y ni siquiera podemos pensar que el Señor, después de haber realizado su primer milagro para los esposos de Caná, después de haber consagrado el vínculo conyugal entre el hombre y la mujer, después de haber restituido a los hijos y las hijas a la vida familiar, ¡nos pida ser insensibles a estos vínculos! Esa no es la explicación, ¡no! Al contrario, cuando Jesús afirma la primacía de la fe en Dios, no encuentra una comparación más significativa que la de los afectos familiares. Y, por otro lado, estos mismos vínculos familiares, dentro de la experiencia de fe y del amor de Dios, se transforman, son “llenados” de un sentido más grande y son capaces de trascender a sí mismos, para crear una paternidad y una maternidad más amplias, y para acoger como hermanos y hermanas también aquellos que están al margen de cualquier vínculo. Un día, a quien le dijo que afuera estaban su madre y sus hermanos que lo buscaban, Jesús respondió, indicando a sus discípulos: “¡Estos son mi madre y mis hermanos! Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”.
La sabiduría de los afectos que no se compran y no se venden es la mejor dote del genio familiar. Especialmente en la familia aprendemos a crecer en aquella atmósfera de la sabiduría de los afectos. Su “gramática” se aprende allí, de otra manera es muy difícil aprenderla. Y es precisamente este lenguaje a través del cual Dios se hace comprender por todos.
La invitación a poner los vínculos familiares en el ámbito de la obediencia de la fe y de la alianza con el Señor no los mortifica; al contrario, los protege, los desvincula del egoísmo, los protege de la degradación, los lleva a un lugar seguro para la vida que no muere. La fluidez de un estilo familiar en las relaciones humanas es una bendición para los pueblos: devuelve la esperanza a la tierra. Cuando los afectos familiares se dejan convertir al testimonio del Evangelio, son capaces de cosas impensables, que hacen tocar con la mano las obras que Dios realiza en la historia, como aquellas que Jesús ha hecho para los hombres, las mujeres, los niños que ha encontrado. Una sola sonrisa milagrosamente arrancada a la desesperación de un niño abandonado, que vuelve a vivir, nos explica el modo de actuar de Dios en el mundo más que mil tratados teológicos. Un solo hombre y una sola mujer, capaces de arriesgar y de sacrificarse por un hijo de otros, y no solo por el propio, nos explican cosas del amor que muchos científicos no comprenden más.
Donde están estos afectos familiares brotan estos gestos del corazón que nos hablan más fuerte que las palabras, el gesto del amor, esto hace pensar. La familia que responde a la llamada de Jesús devuelve la dirección del mundo a la alianza del hombre y de la mujer con Dios. Piensen en el desarrollo de este testimonio, hoy. Imaginemos que el timón de la historia (de la sociedad, de la economía, de la política) sea entregado –¡por fin!– a la alianza del hombre y de la mujer, para que lo gobiernen con la mirada dirigida a la generación que viene. Los temas de la tierra y de la casa, de la economía y del trabajo, ¡tocarían una música muy diferente!
Si volvemos a dar protagonismo –a partir de la Iglesia– a la familia que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica, nos transformaremos como el vino bueno de las bodas de Caná, ¡fermentaremos como la levadura de Dios!
En efecto, la alianza de la familia con Dios está llamada hoy a contrarrestar la desertificación comunitaria de la ciudad moderna. Pero nuestras ciudades se han desertificado por falta de amor, por falta de sonrisas. Muchas diversiones, muchas, muchas cosas para perder el tiempo, para hacer reír, pero falta el amor. Y es especialmente la familia, y es ¡especialmente la familia! aquel papá, aquella mamá que trabajan y con los niños… La sonrisa de una familia es capaz de vencer esta desertificación de nuestras ciudades y esta es la victoria del amor de la familia. Ninguna ingeniería económica y política es capaz de reemplazar esta aportación de las familias. El proyecto de Babel edifica rascacielos sin vida. El Espíritu de Dios, en cambio, hace florecer los desiertos. Debemos salir de las torres y de las cámaras blindadas de las élites, para frecuentar de nuevo las casas y los espacios abiertos a las multitudes. Abiertos al amor de la familia.
La comunión de los carismas –los donados al Sacramento del matrimonio y los concedidos a la consagración para el Reino de Dios– está destinada a transformar la Iglesia en un lugar plenamente familiar para el encuentro con Dios. Vamos hacia adelante en este camino, no perdamos la esperanza, donde hay una familia con amor, esa familia es capaz de calentar el corazón de toda una ciudad, con su testimonio de amor.
Recen por mí, recemos los unos por los otros, para que seamos capaces de reconocer y de sostener las visitas de Dios. ¡El Espíritu traerá el alegre desorden en las familias cristianas, y la ciudad del hombre saldrá de la depresión! Gracias.
(Texto traducido y transcrito del audio por ZENIT)

Francisco en la audiencia pide oponerse a la desertificación de las familias

El Santo Padre recordó que la institución familiar es la mejor imagen de nuestra relación con Dios
Por Sergio Mora
Ciudad del Vaticano, 02 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)
El papa Francisco en esta nueva audiencia general del míércoles realizada en la Plaza de San Pedro, ingresó en el Jeep blanco entre los pasillos para saludar a la gente, que aplaudía y voceaba ¡Viva Francisco! El clima caluroso y nublado contrastaba con el color de las banderas, sombreros, y especialmente con la alegría de los fieles y peregrinos que allí se encontraban.
Se trata de la catequesis 25 del ciclo abierto el 10 de diciembre pasado, y la segunda audiencia después de la pausa del verano europeo, encuentros durante los cuales la familia y los temas relacionados con ella estuvieron en el centro. Hoy habló sobre la transmisión de la fe gracias a la familia, tema que será central en el próximo Sínodo sobre la Familia que se realizará el mes próximo y cuyo debate inició con el Sínodo Extraordinario de 2014.
El Papa recordó el primado de Dios sobre los afectos familiares y al mismo tiempo que el amor de Dios no encuentra un paragón más significativo que en estos afectos existentes en la familia. Y que el cariño no se compra ni se vende y es el mejor patrimonio del genio familiar. Precisó que el timón de la Historia está en las manos de la alianza entre el hombre y la mujer, e invitó a oponerse a la desertificación comunitaria en las ciudades modernas.
En sus palabras en español el Santo Padre dijo:
“Queridos hermanos y hermanas: Hoy abordamos el tema de la familia como transmisora de la fe.
Tanto en sus palabras como en sus signos, el Señor pone con frecuencia los lazos familiares como ejemplo de nuestra relación con Dios. La sabiduría encerrada en esos afectos familiares, que ni se compran ni se venden, es el mejor legado del espíritu familiar y Dios se revela – quiere revelarse! – a través de este lenguaje.
Por otro lado, la fe y el amor de Dios purifican los afectos familiares del egoísmo y los protegen del degrado. Los abre a un nuevo horizonte que nos hace capaces de ver más allá, de ver a todos los hombres como una sola familia. De ese modo, quien hace la voluntad de Dios y vive en su amor, es capaz de ver a Jesús en el otro y de ser para él un verdadero hermano.
Queridos hermanos, llevar este estilo familiar a todas las relaciones humanas nos hará capaces de cosas impensables, sería una bendición para todos los pueblos y un signo de esperanza sobre la tierra. Se da ahí una comunicación del misterio de Dios más profunda e incisiva que mil tratados de teología”.
Y concluyó: “Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Que el Señor nos ayude a que las familias sean fermento evangelizador de la sociedad, ese vino bueno que lleve la alegría del Evangelio a todas las gentes. Muchas gracias”.
Al concluir la audiencia y antes de los saludos a muchos presentes que se encontraban en la explanada de la basílica de San Pedro, el Papa bendijo los objetos religiosos llevados por los peregrinos, como rosarios, estampas y otros.

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Audiencia del 12 de agosto 2015 la fiesta el trabajo y la oración.

Posted by on Aug 13, 2015 in Prensa y publicaciones

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Audiencia del 12 de agosto 2015 la fiesta el trabajo y la oración

El Santo Padre recuerda que la fiesta no es la pereza de estar en el sofá, sino una mirada amorosa y agradecida por el trabajo bien hecho. Advierte que la codicia del consumir nos hace estar más cansados al final que antes

Por Redacción
Ciudad del Vaticano, 12 de agosto de 2015 (ZENIT.org)
Publicamos a continuación la catequesis del papa Francisco durante la audiencia general:
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy abrimos un pequeño recorrido de reflexión sobre las tres dimensiones que marcan, por así decir, el ritmo de la vida familiar: la fiesta, el trabajo, la oración.
Comenzamos por la fiesta. Y decimos enseguida que la fiesta es una invención de Dios. Recordamos la conclusión del pasaje de la creación, en el Libro de Génesis: “El séptimo día, Dios concluyó la obra que había hecho, y cesó de hacer la obra que había emprendido. Dios bendijo el séptimo día y lo consagró, porque en él cesó de hacer la obra que había creado”.(2,2-3). Dios mismo nos enseña la importancia de dedicar un tiempo a contemplar y a gozar de lo que en el trabajo se ha hecho bien. Hablo de trabajo, naturalmente, no solo en el sentido de la labor y la profesión, sino en un sentido más amplio: cada acción con la que nosotros hombres y mujeres podemos colaborar a la obra creadora de Dios.
Por tanto, la fiesta no es la pereza de estar en el sofá, o la emoción de una tonta evasión. La fiesta es sobre todo una mirada amorosa y agradecida por el trabajo bien hecho. También vosotros, recién casados, estáis festejando el trabajo de un bonito tiempo de noviazgo: ¡y esto es bello! Es el tiempo para ver a los hijos, o los nietos, que están creciendo, y pensar: ¡qué bello! Es el tiempo para mirar nuestra casa, a los amigos que hospedamos, la comunidad que nos rodea, y pensar: ¡qué bueno! Dios lo ha hecho así. Y continuamente lo hace así, porque Dios crea siempre, también en este momento.
Puede suceder que una fiesta llegue en circunstancias difíciles y dolorosas, y se celebra quizá “con un nudo en la garganta”. Y, también en estos casos, pedimos a Dios la fuerza de no vaciarla completamente. Vosotros, mamás y papás sabéis bien esto: ¡cuántas veces por amor a los hijos, sois capaces de apartar las penas para dejar que ellos vivan bien la fiesta, gusten el sentido bueno de la vida! ¡Hay tanto amor en esto!
También en el ambiente del trabajo, a veces –sin dejar de lado los deberes– sabemos “infiltrar” algún toque de fiesta: un cumpleaños, un matrimonio, un nuevo nacimiento, como también una despedida o una nueva llegada… es importante. Es importante hacer fiesta. Son momentos de familiaridad en el engranaje de la máquina productiva: ¡nos hace bien!
Pero el verdadero tiempo de la fiesta suspende el trabajo profesional, y es sagrado, porque recuerda al hombre y a la mujer que son hechos a imagen de Dios, quien no es esclavo del trabajo, sino Señor, y por tanto tampoco nosotros debemos ser nunca esclavos del trabajo, sino “señores”. Hay un mandamiento para esto, un mandamiento que es para todos, ¡nadie excluido! ¡Y sin embargo hay millones de hombres y mujeres e incluso niños esclavos del trabajo! En este tiempo existen esclavos ¡Son explotados, esclavos del trabajo y esto es en contra de Dios y en contra de la dignidad de la persona humana! La obsesión por el beneficio económico y la eficiencia de la técnica amenaza los ritmos humanos de la vida, porque la vida tiene sus ritmos humanos.
El tiempo de descanso, sobre todo el del domingo, está destinado a nosotros para que podamos gozar de lo que no se produce ni consume, no se compra ni se vende.
Y sin embargo vemos que la ideología del beneficio y del consumo quiere comerse también la fiesta: también a veces es reducida a un “negocio”, a una forma para hacer dinero y para gastarlo. ¿Pero trabajamos para esto? La codicia del consumir, que implica desperdicio, es un virus malo que, entre otras cosas, nos hace estar más cansados al final que antes. Perjudica el verdadero trabajo y consume la vida. Los ritmos desregulados de la fiesta causan víctimas, a menudo jóvenes.
Finalmente, el tiempo de la fiesta es sagrado porque Dios lo habita de una forma especial. La Eucaristía del domingo lleva a la fiesta toda la gracia de Jesucristo: su presencia, su amor, su sacrificio, su hacerse comunidad, su estar con nosotros… Y así cada realidad recibe su sentido pleno: el trabajo, la familia, las alegría y las fatigas de cada día, también el sufrimiento y la muerte; todo es transfigurado por la gracia de Cristo.
La familia es dotada de una competencia extraordinaria para entender, dirigir y sostener el auténtico valor del tiempo de la fiesta. Pero ¡qué bonitas son las fiestas en familia, son bellísimas! Y en particular la del domingo. No es casualidad si las fiestas en las que hay sitio para toda la familia ¡son aquellas que salen mejor!
La misma vida familiar, mirada con los ojos de la fe, nos parece mejor que los cansancios que comportan. Nos aparece como una obra de arte de sencillez, bonito precisamente porque no es artificial, no fingido, sino capaz de incorporar en sí todos los aspectos de la vida verdadera. Nos aparece como una cosa “muy buena”, como Dios dijo al finalizar la creación del hombre y de la mujer (cfr Gen 1,31). Por tanto, la fiesta es un precioso regalo que Dios ha hecho a la familia humana: ¡no lo estropeemos!

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Audiencia del 5 de agosto de 2015. Los Divorciados vueltos a casar no están excomulgados

Posted by on Aug 13, 2015 in Prensa y publicaciones

Papa Fco I
Audiencia del 5 de agosto de 2015. Los Divorciados vueltos a casar no están excomulgados
Queridos hermanos y hermanas, buenos días.
Con esta catequesis retomamos nuestra reflexión sobre la familia. Después de haber hablado la última vez, de las familias heridas a causa de la incomprensión de los cónyuges, hoy quisiera detener nuestra atención sobre otra realidad: cómo cuidar de aquellos que, después de un fallo irreversibles de su unión matrimonial, han comenzado una nueva unión.
La Iglesia sabe que esta situación contradice el Sacramento cristiano. Sin embargo, su mirada de maestra que viene siempre de un corazón de madre; un corazón que, animado por el Espíritu Santo, busca siempre el bien y la salvación de las personas. Por eso siente el deber, “por amor a la verdad”, de “discernir bien las situaciones”. Así se expresaba san Juan Pablo II, en la Exhortación apostólica Familiaris consortio (n. 84), dando como ejemplo la diferencia entre quien ha sufrido la separación respecto a quien la ha provocado. Se debe hacer este discernimiento.
Si después miramos también estos nuevos lazos con los ojos de los hijos pequeños, los pequeños miran, de los niños, vemos aún más la urgencia de desarrollar en nuestras comunidades una acogida real hacia las personas que viven estas situaciones. Por esto, es importante que el estilo de la comunidad, su lenguaje, sus actitudes, estén siempre atentos a las personas, a partir de los pequeños, ellos son quienes más sufren estas situaciones. Después de todo, ¿cómo podríamos aconsejar a estos padres hacer de todo para educar a los hijos en la vida cristiana, dando ellos el ejemplo de una fe convencida y practicada, si los tenemos alejados de la vida de la comunidad como si fueran excomulgados? No se deben añadir otros pesos a aquellos que los hijos, en estas situaciones, ¡ya deben cargar! Lamentablemente, el número de estos niños y jóvenes es realmente grande. Es importante que ellos sientan a la Iglesia como madre atenta a todos, dispuesta siempre a la escucha y al encuentro.
En estos decenios, en realidad, la Iglesia no ha sido ni insensible ni perezosa. Gracias a la profundización cumplida por los Pastores, guiados y confirmados por mis predecesores, ha crecido mucho la conciencia de que es necesaria una acogida fraterna y atenta, en el amor y en la verdad, hacia los bautizados que han establecido una nueva convivencia después del fracaso del matrimonio sacramental; de hecho, estas personas no son excomulgadas, no están excomulgadas, y no van absolutamente tratadas como tales: forman parte siempre de la Iglesia.
El papa Benedicto XVI intervino sobre esta cuestión, solicitando un discernimiento atento y un sabio acompañamiento pastoral, sabiendo que no existen “recetas simples” (Discurso al VII Encuentro Mundial de las Familias, Milán, 2 junio 2012, respuesta n. 5).
De aquí la reiterada invitación de los Pastores a manifestar abiertamente y coherentemente la disponibilidad de la comunidad a acogerles y a animarles, para que vivan y desarrollen cada vez más su pertenencia a Cristo y a la Iglesia con la oración, con la escucha de la Palabra de Dios, con la frecuencia a la liturgia, con la educación cristiana de los hijos, con la caridad y el servicio a los pobres, con el compromiso por la justicia y la paz.
El ícono bíblico del Buen Pastor (Jn 10, 11-18) resume la misión que Jesús ha recibido del Padre: la de dar la vida por las ovejas. Tal actitud es un modelo también para la Iglesia, que acoge a sus hijos como una madre que dona su vida por ellos. “La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre. Ninguna puerta cerrada. Todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial, todos pueden formar parte de la comunidad. La Iglesia es la casa paterna donde hay sitio para cada uno con su vida a cuestas” (Exort. ap.Evangelii gaudium, n. 47).
Del mismo modo, todos los cristianos están llamados a imitar al Buen Pastor. Sobre todo las familias cristianas pueden colaborar con Él cuidando de las familias heridas, acompañándolas en la vida de fe de la comunidad. Cada uno haga su parte asumiendo la actitud del Buen Pastor, que conoce cada una de sus ovejas ¡y no excluye a ninguna de su infinito amor! Gracias.
e) Divorciados casados de nuevo
84. La experiencia diaria enseña, por desgracia, que quien ha recurrido al divorcio tiene normalmente la intención de pasar a una nueva unión, obviamente sin el rito religioso católico. Tratándose de una plaga que, como otras, invade cada vez más ampliamente incluso los ambientes católicos, el problema debe afrontarse con atención improrrogable. Los Padres Sinodales lo han estudiado expresamente. La Iglesia, en efecto, instituida para conducir a la salvación a todos los hombres, sobre todo a los bautizados, no puede abandonar a sí mismos a quienes —unidos ya con el vínculo matrimonial sacramental— han intentado pasar a nuevas nupcias. Por lo tanto procurará infatigablemente poner a su disposición los medios de salvación.
Los pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las situaciones. En efecto, hay diferencia entre los que sinceramente se han esforzado por salvar el primer matrimonio y han sido abandonados del todo injustamente, y los que por culpa grave han destruido un matrimonio canónicamente válido. Finalmente están los que han contraído una segunda unión en vista a la educación de los hijos, y a veces están subjetivamente seguros en conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido.
En unión con el Sínodo exhorto vivamente a los pastores y a toda la comunidad de los fieles para que ayuden a los divorciados, procurando con solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en cuanto bautizados, participar en su vida. Se les exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la Misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar a los hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios. La Iglesia rece por ellos, los anime, se presente como madre misericordiosa y así los sostenga en la fe y en la esperanza.
La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su práxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio.
La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos»[180].
Del mismo modo el respeto debido al sacramento del matrimonio, a los mismos esposos y sus familiares, así como a la comunidad de los fieles, prohíbe a todo pastor —por cualquier motivo o pretexto incluso pastoral— efectuar ceremonias de cualquier tipo para los divorciados que vuelven a casarse. En efecto, tales ceremonias podrían dar la impresión de que se celebran nuevas nupcias sacramentalmente válidas y como consecuencia inducirían a error sobre la indisolubilidad del matrimonio válidamente contraído.
Actuando de este modo, la Iglesia profesa la propia fidelidad a Cristo y a su verdad; al mismo tiempo se comporta con espíritu materno hacia estos hijos suyos, especialmente hacia aquellos que inculpablemente han sido abandonados por su cónyuge legítimo.
La Iglesia está firmemente convencida de que también quienes se han alejado del mandato del Señor y viven en tal situación pueden obtener de Dios la gracia de la conversión y de la salvación si perseveran en la oración, en la penitencia y en la caridad.

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Audiencia del 4 de febrero de 2015 La importancia de la presencia del padre en la familia

Posted by on Jul 19, 2015 in Prensa y publicaciones

Papa Fco en audiencia
Audiencia del 4 de febrero de 2015 La importancia de la presencia del padre en la familia
Ciudad del Vaticano, 4 de febrero 2015 (VIS).-El aspecto positivo y decisivo de la figura del padre fue el tema elegido por el Papa Francisco para la catequesis de la audiencia general de los miércoles que se desarrolló en el Aula Pablo VI.
”Cada familia -dijo- necesita un padre …y me gustaría hablar de su papel partiendo de algunas frases que se encuentran en el Libro de los Proverbios, palabras que un padre dirige a su hijo: “Hijo mío, si tu corazón es sabio, también el mío se llenará de alegría. Exultaré dentro de mí, cuando tus labios hablen con rectitud”.
”No se podrían expresar mejor el orgullo y la emoción de un padre que reconoce haber transmitido a su hijo lo que realmente importa en la vida: un corazón sabio”, afirmó el Papa, explicando que en la frase del Libro de los Proverbios es como si el padre dijese: ”Esto es lo que quería dejarte para que se convirtiera en algo tuyo: la capacidad de sentir y actuar, de hablar y juzgar con sabiduría y rectitud. Y para que tu pudieras ser así te he enseñado cosas que no sabías y he corregido los errores que no veías ? Yo, en primer lugar tuve que poner a prueba la sabiduría del corazón, y vigilar los excesos del sentimiento y el resentimiento, para soportar el peso de los malentendidos inevitables y encontrar las palabras adecuadas para hacerme entender”.
”Un padre -exclamó Francisco- sabe cuánto cuesta transmitir este legado: cuanta proximidad, cuanta dulzura y cuanta firmeza. Pero, ¡qué consuelo y que recompensa recibe, cuando los hijos rinden honor a esta herencia ! Es una alegría que compensa todas las fatigas, supera cualquier malentendido y cura todas las heridas”.
Para ser un buen padre, lo primero es ”estar presente en la familia. Estar cerca de la esposa, para compartir todo, alegrías y tristezas, esperanzas y esfuerzos. Y estar cerca de los hijos mientras crecen: cuando juegan y cuando se esfuerzan, cuando están alegres y cuando están angustiados, cuando se expresan y cuando callan, cuando se atreven, y cuando tienen miedo, cuando dan un paso en falso y cuando encuentran su camino. ”Padre presente siempre -reiteró el Pontífice- Pero decir presente no es lo mismo que decir controlador. Porque los padres controladores anulan a sus hijos, no les dejan crecer”.
El Evangelio nos habla del ejemplo del Padre que está en el cielo – el único, dice Jesús, que puede ser llamado verdaderamente ”Padre bueno. ”Todos -recordó Francisco- conocen la extraordinaria parábola del “hijo pródigo”, o más bien del “padre misericordioso”, que se encuentra en el Evangelio de Lucas ¡Cuánta dignidad y cuánta ternura hay en la espera del padre que está en la puerta esperando el regreso de su hijo”. Los padres deben ser pacientes. Tantas veces no se puede hacer nada más que esperar; rezar y esperar con paciencia, dulzura, magnanimidad, misericordia”. Un buen padre ”sabe esperar, y sabe perdonar, desde el fondo de su corazón; ciertamente también sabe corregir con firmeza…El padre que sabe cómo corregir sin humillar es el mismo que sabe proteger sin ahorrar esfuerzos”.
Si hay alguien que pueda explicar hasta el fondo la oración del Padre Nuestro, que nos enseñó Jesús, ”es sólo el que vive en primera persona la paternidad. Sin la gracia que viene del Padre que está en los cielos, los padres pierden valor, y dejan el campo. Pero los hijos necesitan encontrar un padre que los espera cuando regresan de sus fracasos. Harán de todo para no admitirlo, para no demostrarlo, pero lo necesitan; y no encontrarlo abre en ellos heridas difíciles de sanar”.
”La Iglesia, nuestra madre -concluyó el Papa- se compromete a apoyar con todas sus fuerzas la presencia buena y generosa de los padres en las familias, porque son para las nuevas generaciones custodios y mediadores insustituibles de la fe en la bondad, de la fe en la justicia y en la protección de Dios, como San José”.

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Audiencia general del 4 de marzo de 2015 Despertar el sentido colectivo de gratitud hacia los abuelos y ancianos

Posted by on Mar 7, 2015 in Prensa y publicaciones

Papa Fco en audiencia
Ciudad del Vaticano, 4 de marzo de 2015 (VIS).-Los abuelos fueron los protagonistas de la audiencia general de los miércoles en la Plaza de San Pedro. Prosiguiendo con la catequesis sobre la familia, el Papa dedicó la de hoy a la problemática condición actual de los ancianos, ”los abuelos”, advirtiendo de que la próxima será más positiva y tratará de la vocación que corresponde a esta estapa de la vida.
Gracias a los avances de la medicina, observó el Santo Padre, la vida se ha prolongado y el número de ancianos se multiplica, pero la sociedad no se ha adaptado a esta realidad y no les da ni el lugar que deben ocupar ni tiene en consideración su fragilidad y su dignidad. ”Mientras somos jóvenes -dijo- se nos induce a ignorar la vejez, como si se tratara de una enfermedad que hay que evitar; después, cuando envejecemos, especialmente si somos pobres y estamos enfermos y solos, experimentamos las lagunas de una sociedad basada en criterios de eficiencia que, en consecuencia ignora a los ancianos”.
Citando la frase de Benedicto XVI cuando visitó una residencia para personas mayores: ”La atención a los ancianos es la prueba de una civilización”, el Pontífice exclamó: ”¡Una civilización sale adelante si respeta la sabiduría de los ancianos!. Al contrario, una civilización donde no hay lugar para los ancianos o donde se les descarta porque crean problemas …lleva en sí el virus de la muerte”.
En una época que en Occidente se considera como el siglo del envejecimiento, dada la disminución de la natalidad y el aumento de la población anciana, este desequilibrio interpela a toda la sociedad y sin embargo, señaló el Papa, ”la cultura del lucro insiste en presentar a los viejos como una carga, un “lastre”. No sólo no producen, sino que son una carga, en resumen hay que descartarlos. Y descartarlos es pecado. No se osa decirlo abiertamente pero se hace. ¡Hay algo vil en este acostumbrarse a la cultura del descarte! Pero nosotros estamos acostumbrados a descartar a la gente. Queremos eliminar nuestro miedo galopante de la debilidad y la vulnerabilidad; pero al hacerlo, aumentamos en los ancianos la angustia de que no se les soporte y se les abandone”.
Francisco recordó a este propósito que durante su ministerio en Buenos Aires tuvo al alcance de la mano esta realidad. “Los ancianos están abandonados, y no sólo en la precariedad material. Están abandonados en la incapacidad egoísta de aceptar sus límites que reflejan los nuestros, en las muchas dificultades que deben superar para supervivir en una civilización que no les permite participar, expresar su opinión, ni ser referentes según el modelo consumista de que “sólo los jóvenes pueden ser útiles y disfrutar”. En cambio estos ancianos deberían ser, para toda la sociedad, la reserva de sabiduría de nuestro pueblo. ¡Con qué facilidad se adormece la conciencia cuando no hay amor!”.
En la tradición de la Iglesia ”hay un bagaje de sabiduría que siempre ha sostenido una cultura de cercanía a los ancianos y una disposición para el acompañamiento afectuoso y solidario en esta parte final de la vida. Esta tradición hunde sus raíces en la Sagrada Escritura”. Por eso ”la Iglesia ni puede ni quiere adaptarse a una mentalidad en que predomina la irritación, o peor todavía la indiferencia y el desprecio hacia la vejez. Hay que despertar el sentido colectivo de gratitud, de aprecio, de hospitalidad, que haga sentir a los ancianos parte vital de su comunidad. Los ancianos son hombres y mujeres, padres y madres, que recorrieron antes que nosotros nuestras mismas calles, que vivieron en nuestra misma casa y lucharon por una vida digna. Son hombres y mujeres, de quienes hemos recibido mucho. Los ancianos no son algo ajeno. Los ancianos somos nosotros: dentro de poco, dentro de mucho, inevitablemente, de todas formas, aunque no lo pensemos”.
”Un poco frágiles somos todos, los ancianos. Algunos, sin embargo, son particularmente débiles, muchos están sólos y marcados por la enfermedad. Algunos dependen de los cuidados indispensables y de la atención de los demás. ¿Daremos por ello un paso atrás?¿Los abandonaremos a su suerte? – se preguntó Francisco- .Una sociedad sin proximidad, donde la gratuidad y el afecto sin contrapartidas – incluso entre extraños – van desapareciendo, es una sociedad perversa. La Iglesia, fiel a la Palabra de Dios, no puede tolerar estas degeneraciones. Una comunidad cristiana en la que la proximidad y la gratuidad no se considerasen indispensables, perdería su alma”.”Donde no hay honor para las personas mayores -concluyó- no hay futuro para los jóvenes”.

https://www.youtube.com/watch?v=2zdUaMX9sUA

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Catequesis del Papa en la audiencia del miércoles 18 de febrero 2015

Posted by on Feb 18, 2015 in Prensa y publicaciones

Papa Fco en audiencia
En el ciclo de catequesis sobre la familia, el Santo Padre recuerda que tener un hermano que te quiere es una experiencia fuerte, impagable, insustituible
Por Redacción
CIUDAD DEL VATICANO, 18 de febrero de 2015 (Zenit.org) – Queridos hermanos y hermanas, buenos días.
En nuestro camino de catequesis sobre la familia, después de haber considerado el rol de la madre, del padre y de los hijos, hoy es el turno de los hermanos. “Hermano”, “hermana”, son palabras que el cristianismo ama mucho. Y, gracias a la experiencia familiar, son palabras que todas las culturas y todas las épocas comprenden.
La unión fraterna tiene un lugar especial en la historia del pueblo de Dios, que recibe su revelación en el vivo de la experiencia humana. El salmista canta la belleza de la unión fraterna, y dice así: “¡Qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos!” (Salmo 133, 1) Y esto es verdad, la fraternidad es bella. Jesucristo ha llevado a su plenitud también esta experiencia humana del ser hermanos y hermanas, asumiéndola en el amor trinitario y potenciándola así que va más allá de las uniones de parentesco y puede superar cualquier muro de extrañeza.
Sabemos que cuando la relación fraterna se estropea, se estropea esta relación entre hermanos, abre el camino a experiencias dolorosas de conflicto, de traición, de odio. El pasaje bíblico de Caín y Abel constituye el ejemplo de este éxito negativo. Después de la muerte de Abel, Dios pregunta a Caín: “¿Dónde está Abel, tu hermano?” (Gen 4, 9a). Es una pregunta que el Señor continúa repitiendo en cada generación. Y lamentablemente, en cada generación, no cesa de repetirse también la dramática respuesta de Caín: “No lo sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?” (Gen 4,9b). Cuando se rompe la unión entre los hermanos, se convierte en algo feo y también mala para la humanidad. Y también en la familia, ¿cuántos hermanos han peleado por pequeñas cosas, o por una herencia? Y después no se saludan más, no se hablan más, es feo. La fraternidad es algo grande. Pensar que los dos han vivido en el vientre de la misma madre durante nueve meses, vienen de la carne de la madre, y no se puede romper la fraternidad. Pensemos un poco, todos conocemos familias que tienen hermanos divididos, que se han peleado. Pensemos un poco y pidamos al Señor por estas familias, quizá en nuestra familia haya algunos casos, para que el Señor nos ayude a reunir a los hermanos, reconstituir la familia. La fraternidad no se debe romper, y cuando se rompe sucede esto que ha sucedido con Caín y Abel. Y cuando el Señor pregunta a Caín dónde está su hermano, “yo no lo sé, a mí no me importa mi hermano”. Esto es feo, es algo muy muy doloroso que escuchar. En nuestras oraciones, siempre recemos por los hermanos que se han dividido.
La unión de fraternidad que se forma en la familia entre los hijos, se lleva a cabo en un clima de educación a la apertura a los otros, es la gran escuela de libertad y de paz. En la familia entre hermanos se aprende la convivencia humana, cómo se debe convivir en sociedad. Quizá no siempre somos conscientes, ¡pero es precisamente la familia la que introduce la fraternidad en el mundo! A partir de esta primera experiencia de fraternidad, nutrida por los afectos y la educación familiar, el estilo de la fraternidad se irradia como una promesa sobre toda la sociedad y sus relaciones entre los pueblos.
La bendición que Dios, en Jesucristo, derrama sobre esta unión de fraternidad lo dilata de una forma inimaginable, haciéndole capaz de traspasar cualquier diferencia de nación, de lengua, de cultura e incluso de religión.
Pensad en qué se convierte la unión entre los hombres, también muy diferentes entre ellos, cuando pueden decir de otros: “¡Este es como mi hermano, es como una hermana para mí!” Es bonito esto, es bonito. La historia ha mostrado suficientemente, por otra parte, que también la libertad y la igualdad, sin la fraternidad, pueden llenarse de individualismo y de conformismo, también de interés.
La fraternidad en familia resplandece de forma especial cuando vemos la consideración, la paciencia, el efecto con el que se rodea al hermanito o la hermanita más débil, enfermo o que tiene alguna discapacidad. Los hermanos y las hermanas que hacen esto son muchísimos en todo el mundo, y quizá no apreciamos lo bastante su generosidad. Y cuando los hermanos son muchos en la familia, ahí he saludado una familia que tiene nueve, el más grande, la más grande ayuda al papá y la mamá a cuidar a los más pequeños y esto es bonito, este trabajo de ayuda entre los hermanos.
Tener un hermano, una hermana que te quiere es una experiencia fuerte, impagable, insustituible. De la misma forma sucede con la fraternidad cristiana. Los más pequeños, los más débiles, los más pobres deben enternecernos: tienen “derecho” de tomarnos el alma y el corazón. Sí, estos son nuestros hermanos y como tales debemos amarlos y tratarlos. Cuando esto sucede, cuando los pobres son como de casa, nuestra misma fraternidad cristiana retoma vida. Los cristianos, de hecho, van al encuentro de los pobres y débiles no por obedecer a un programa ideológico, sino porque la palabra y el ejemplo del Señor nos dicen que todos somos hermanos. Este es el principio del amor de Dios y de toda justicia entre los hombres.
Os sugiero una cosa, antes de terminar, me quedan pocas líneas, en silencio cada uno de nosotros, pensamos en nuestros hermanos y en nuestras hermanas. Pensamos, en silencio, y en silencio desde el corazón rezamos por ellos. Un instante de silencio. Con esta oración, les hemos llevado a todos, hermanos y hermanos, con el pensamiento, el corazón, aquí en la plaza para recibir la bendición.
Hoy más que nunca es necesario llevar de nuevo la fraternidad al centro de nuestra sociedad tecnocrática y burocrática: entonces también la libertad y la igualdad tomarán su justa entonación. Por eso, no privemos al corazón ligero de nuestras familias, por temor o por miedo, de la belleza de una amplia experiencia fraterna de hijos e hijas. Y no perdamos nuestra confianza en la amplitud de horizonte que la fe es capaz de sacar de esta experiencia iluminada por la bendición de Dios. Gracias

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