Audiencia del 13 de noviembre de 2013, CONFIESO QUE HAY UN SOLO BAUTISMO

Posted by on Nov 17, 2013 in Prensa y publicaciones

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Credo, a través del cual cada domingo hacemos nuestra profesión de fe, afirmamos: «Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados». Se trata de la única referencia a un Sacramento en todo el Credo. En efecto, el Bautismo es la «puerta» de la fe y de la vida cristiana. Jesús Resucitado dejó a los Apóstoles esta consigna: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará» (Mc 16, 15-16). La misión de la Iglesia es evangelizar y perdonar los pecados a través del sacramento bautismal. Pero volvamos a las palabras del Credo. La expresión se puede dividir en tres puntos: «confieso»; «un solo bautismo»; «para el perdón de los pecados».

«Confieso». ¿Qué quiere decir esto? Es un término solemne que indica la gran importancia del objeto, es decir, del Bautismo. En efecto, pronunciando estas palabras afirmamos nuestra auténtica identidad de hijos de Dios. El Bautismo es en cierto sentido el carné de identidad del cristiano, su certificado de nacimiento y el certificado de nacimiento en la Iglesia. Todos vosotros sabéis el día que nacisteis y festejáis el cumpleaños, ¿verdad? Todos nosotros festejamos el cumpleaños. Os hago una pregunta, que ya hice otras veces, pero la hago una vez más: ¿quién de vosotros recuerda la fecha de su Bautismo? Levante la mano: son pocos (y no pregunto a los obispos para no hacerles pasar vergüenza…). Pero hagamos una cosa: hoy, cuando volváis a casa, preguntad qué día habéis sido bautizados, buscad, porque este es el segundo cumpleaños. El primer cumpleaños es el nacimiento a la vida y el segundo cumpleaños es el nacimiento en la Iglesia. ¿Haréis esto? Es una tarea para hacer en casa: buscar el día que nací para la Iglesia, y dar gracias al Señor porque el día del Bautismo nos abrió la puerta de su Iglesia. Al mismo tiempo, al Bautismo está ligada nuestra fe en el perdón de los pecados. El Sacramento de la Penitencia o Confesión es, en efecto, como un «segundo bautismo», que remite siempre al primero para consolidarlo y renovarlo. En este sentido el día de nuestro Bautismo es el punto de partida de un camino bellísimo, un camino hacia Dios que dura toda la vida, un camino de conversión que está continuamente sostenido por el Sacramento de la Penitencia. Pensad en esto: cuando vamos a confesarnos de nuestras debilidades, de nuestros pecados, vamos a pedir el perdón de Jesús, pero vamos también a renovar el Bautismo con este perdón. Y esto es hermoso, es como festejar el día del Bautismo en cada Confesión. Por lo tanto la Confesión no es una sesión en una sala de tortura, sino que es una fiesta. La Confesión es para los bautizados, para tener limpio el vestido blanco de nuestra dignidad cristiana.

Segundo elemento: «un solo bautismo». Esta expresión remite a la expresión de san Pablo: «Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» (Ef 4, 5). La palabra «bautismo» significa literalmente «inmersión», y, en efecto, este Sacramento constituye una auténtica inmersión espiritual en la muerte de Cristo, de la cual se resucita con Él como nuevas criaturas (cf. Rm 6, 4). Se trata de un baño de regeneración y de iluminación. Regeneración porque actúa ese nacimiento del agua y del Espíritu sin el cual nadie puede entrar en el reino de los cielos (cf. Jn 3, 5). Iluminación porque, a través del Bautismo, la persona humana se colma de la gracia de Cristo, «luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9) y expulsa las tinieblas del pecado. Por esto, en la ceremonia del Bautismo se les da a los padres una vela encendida, para significar esta iluminación; el Bautismo nos ilumina desde dentro con la luz de Jesús. En virtud de este don el bautizado está llamado a convertirse él mismo en «luz» —la luz de la fe que ha recibido— para los hermanos, especialmente para aquellos que están en las tinieblas y no vislumbran destellos de resplandor en el horizonte de su vida.

Podemos preguntarnos: el Bautismo, para mí, ¿es un hecho del pasado, aislado en una fecha, esa que hoy vosotros buscaréis, o una realidad viva, que atañe a mi presente, en todo momento? ¿Te sientes fuerte, con la fuerza que te da Cristo con su muerte y su resurrección? ¿O te sientes abatido, sin fuerza? El Bautismo da fuerza y da luz. ¿Te sientes iluminado, con esa luz que viene de Cristo? ¿Eres hombre o mujer de luz? ¿O eres una persona oscura, sin la luz de Jesús? Es necesario tomar la gracia del Bautismo, que es un regalo, y llegar a ser luz para todos.

Por último, una breve referencia al tercer elemento: «para el perdón de los pecados». En el sacramento del Bautismo se perdonan todos los pecados, el pecado original y todos los pecados personales, como también todas las penas del pecado. Con el Bautismo se abre la puerta a una efectiva novedad de vida que no está abrumada por el peso de un pasado negativo, sino que goza ya de la belleza y la bondad del reino de los cielos. Se trata de una intervención poderosa de la misericordia de Dios en nuestra vida, para salvarnos. Esta intervención salvífica no quita a nuestra naturaleza humana su debilidad —todos somos débiles y todos somos pecadores—; y no nos quita la responsabilidad de pedir perdón cada vez que nos equivocamos. No puedo bautizarme más de una vez, pero puedo confesarme y renovar así la gracia del Bautismo. Es como si hiciera un segundo Bautismo. El Señor Jesús es muy bueno y jamás se cansa de perdonarnos. Incluso cuando la puerta que nos abrió el Bautismo para entrar en la Iglesia se cierra un poco, a causa de nuestras debilidades y nuestros pecados, la Confesión la vuelve abrir, precisamente porque es como un segundo Bautismo que nos perdona todo y nos ilumina para seguir adelante con la luz del Señor. Sigamos adelante así, gozosos, porque la vida se debe vivir con la alegría de Jesucristo; y esto es una gracia del Señor.

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PARA TENER FE EN LA VIDA Y ASÍ FORMAR A NUESTROS HIJOS

Posted by on Jul 23, 2013 in Religión y Familia


Fruto: Vivir mi día a día, como cristiano con una fe viva, operante y luminosa; aprender a ver las cosas con los ojos de Dios.

Petición: Dios mío, concédeme una fe viva, operante y luminosa, para que sepa ver los acontecimientos de mi vida con una mirada cristiana, es decir, con tu mirada, llena de amor, paciencia y gratitud, como la de María, que me conceda ser fiel y perseverar hasta la muerte en medio de las dificultades y luchas que me exija el fiel cumplimiento de tu voluntad sobre mi vida. (CLC 230)

1. Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo (4, 6-8. 17-18)

Querido hermano:

Ha llegado para mí la hora del sacrificio y se acerca el momento de mi partida. He luchado bien en el combate, he corrido hasta la meta, he perseverado en la fe. Ahora sólo espero la corona merecida, con la que el Señor, justo juez, me premiará en aquel día, y no solamente a mí, sino a todos aquellos que esperan con amor su glorioso advenimiento.

Cuando todos me abandonaron, el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara claramente el mensaje de salvación y lo oyeran todos los paganos.

Y fui librado de las fauces del león. El Señor me seguirá librando de todos los peligros y me llevará sano y salvo a su Reino celestial.

Tener fe en el Señor no es algo que interesa solamente a nuestra inteligencia, al área del conocimiento intelectual, sino que es un cambio que implica toda la vida, a nosotros mismos: sentimiento, corazón, intelecto, voluntad, corporeidad, emociones, relaciones humanas. Con la fe realmente cambia todo en nosotros y por nosotros, y se revela claramente nuestro destino futuro, la verdad de nuestra vocación en la historia, el significado de la vida, la alegría de ser peregrinos hacia la Patria celeste.

Pero –nos preguntamos–, ¿la fe es verdaderamente una fuerza transformadora en nuestra vida, en mi vida? ¿O solo es uno de los elementos que forman parte de la existencia, sin ser aquello determinante que la implica por completo?

En este Año de la Fe nos gustaría realizar un camino para fortalecer o reencontrar la alegría de la fe, entendiendo que ella no es algo ajeno, desconectada de la vida real, sino que es el alma. La fe en un Dios que es amor, y que se ha hecho cercano al hombre encarnándose y entregándose a sí mismo en la cruz para salvarnos y reabrirnos las puertas del Cielo, indica de modo luminoso, que solo en el amor está la plenitud del hombre. Es necesario repetirlo con claridad, que mientras las transformaciones culturales de hoy muestran a menudo muchas formas de barbarie, que pasan bajo el signo de “conquistas de la civilización”: la fe afirma que no existe una verdadera humanidad si no es en los lugares, en los gestos, dentro del plazo y en la forma en la que el hombre está animado por el amor que viene de Dios; que se expresa como un don, se manifiesta en relaciones llenas de amor, de compasión, de atención y de servicio desinteresado frente a los demás. Donde hay dominación, posesión, explotación, mercantilización del otro para el propio egoísmo, donde está la arrogancia del yo encerrado en sí mismo, el hombre termina empobrecido, desfigurado, degradado. La fe cristiana, activa en el amor y fuerte en la esperanza, no limita, sino que humaniza la vida, más aún, la vuelve plenamente humana. Benedicto XVI, 17-10-12).

LOS PELIGROS QUE ASECHAN NUESTRA FE.

Si el individualismo y el relativismo parecen dominar el ánimo de muchos contemporáneos, no podemos decir que los creyentes sigan siendo totalmente inmunes a estos peligros con los que nos enfrentamos en la transmisión de la fe. La consulta promovida en todos los continentes, para la celebración del Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización, ha puesto de relieve algunos: una fe vivida de un modo pasivo y privado, la negación de la educación en la fe, la diferencia entre vida y fe.

El cristiano a menudo ni siquiera conoce el núcleo central de su propia fe católica, el Credo, dejando así espacio a un cierto sincretismo y relativismo religioso, sin claridad sobre las verdades a creer y la unicidad salvífica del cristianismo. No está muy lejos hoy el riesgo de construir, por así decirlo, una religión “hágalo usted mismo”. Por el contrario, debemos volver a Dios, al Dios de Jesucristo, debemos redescubrir el mensaje del Evangelio, hacerlo entrar en modo más profundo en nuestras conciencias y en la vida cotidiana.

TENER FE…

1. Tener fe es ACEPTAR los designios de Dios aunque no los entendamos, aunque no nos gusten. Si tuviéramos la capacidad de ver el fin desde el principio tal como Él lo ve, entonces podríamos saber por qué a veces conduce nuestra vida por sendas extrañas y contrarias a nuestra razón y a nuestros deseos.

Ejemplo: Cuando yo era pequeño, mi mamá solía coser mucho. Yo me sentaba cerca de ella y le preguntaba qué estaba haciendo. Ella me respondía que estaba bordando.
Yo observaba su trabajo desde una posición más baja de donde estaba sentada ella; así que siempre me quejaba diciéndole que desde mi punto de vista, lo que estaba haciendo me parecía muy confuso y mal elaborado.
Ella sonreía, miraba hacia abajo y gentilmente me decía: “Hijo, ve afuera a jugar un rato, y cuando haya terminado mi bordado, te pondré sobre mi regazo y te dejaré verlo todo desde arriba”.
Me preguntaba por qué ella usaba algunos hilos de colores pálidos y porqué me parecían tan desordenados desde donde yo estaba. Unos minutos más tarde, escuchaba la voz de mi mamá diciéndome: “Hijo, ven y siéntate aquí”.
Yo lo hacía de inmediato y me sorprendía y emocionaba al ver la hermosa flor o el bello atardecer en el bordado. No podía creerlo, desde abajo se veía tan confuso….
Entonces mi madre me explicaba: “Hijo, desde abajo lo veías confuso y desordenado, pero no te dabas cuenta de que había un plan arriba”.
Existía un diseño, solo lo estaba siguiendo. Ahora, al verlo desde arriba, ya sabes lo que estaba elaborando.”
Muchas veces a lo largo de los años, confuso, he mirado al Cielo y he preguntado a Dios N.S.: Padre ¿qué estás haciendo?
Él, creo que me explica: “Estoy bordando tu vida”.
Yo le replico: “Pero se ve tan confuso, es un desorden. Los hilos, los colores……parecen tan descoloridos, ¿porqué no son más brillantes?”
El Padre parece decirme: “Hijo, ocúpate de tú trabajo que yo seguiré haciendo el mío. Un día te traeré al cielo y te pondré sobre mi regazo y observarás desde mi posición. Entonces entenderás…”
No dejemos de caminar de la mano de Dios en nuestra vida, y en especial en estos días de Semana Santa, aunque no entendamos, Dios sí sabe los por qués y los para qués de nuestra vida. Sólo tenemos que confiar y esperar que nos revele sus designios, como lo ha hecho a lo largo de la historia de la humanidad, como bien ha dicho el Papa Benedicto XVI “Dios no fracasa”, “las cuentas sin Dios no cuadran”.

La fe en Dios y nuestra confianza en El, nos ayudará a esperar que esos designios se aclaren, me dará la paciencia, se fortalecerá la esperanza y seguiremos amando a Dios, hoy no vemos por la fe, mañana sí lo haremos, saber esperar y no cuestionar lo que para Dios es algo claro y definido, tener la humildad para no revelarnos, complicarnos, desesperarnos.

2. Tener fe es DAR cuando no tenemos, cuando nosotros mismos necesitamos. La fe siempre saca algo valioso de lo aparentemente inexistente; puede hacer que brille el tesoro de la generosidad en medio de la pobreza y el desamparo, llenando de gratitud al que recibe y al que da.

Ejemplo: Cuando yo era adolescente, en cierta oportunidad estaba con mi padre haciendo fila para comprar entradas para el circo. Al final, solo quedaba una familia entre la ventanilla y nosotros. Esta familia me impresionó mucho. Eran ocho chicos, todos probablemente menores de doce años. Se veía que no tenían mucho dinero.
La ropa que llevaban no era cara, pero estaban limpios. Los chicos eran bien educados, todos hacían bien la fila, de a dos detrás de los padres, tomados de la mano. Hablaban con excitación de los payasos, los elefantes y otros números que verían esa noche. Se notaba que nunca antes habían ido al circo. Prometía ser un hecho saliente en su vida.
El padre y la madre estaban al frente del grupo, de pie, orgullosos. La madre, de la mano de su marido, lo miraba como diciendo: “Eres mi caballero de brillante armadura”. Él sonreía, henchido de orgullo y mirándola como si respondiera: “Tienes razón” La empleada de la ventanilla preguntó al padre cuántas entradas quería. Él respondió con orgullo: “Por favor, me da ocho entradas para menores y dos de adultos para poder entrar con mi familia al circo”. La empleada le indicó el precio. La mujer soltó la mano de su marido, ladeó su cabeza y el labio del hombre empezó a torcerse.
Éste se acercó un poco más y preguntó: “¿Cuánto dijo?” La empleada volvió a repetirle el precio. ¿Cómo iba a darse vuelta y decirles a sus ocho hijos que no tenía suficiente dinero para llevarlos al circo? Viendo lo que pasaba, papá puso la mano en el bolsillo, sacó un billete de veinte dólares y lo tiró al suelo (nosotros no éramos ricos en absoluto). Mi padre se agachó, recogió el billete, palmeó al hombre en el hombro y le dijo: “Disculpe, señor, se le cayó esto del bolsillo.”
El hombre se dio cuenta de lo que pasaba. No había pedido limosna, pero sin duda apreciaba la ayuda en una situación desesperada, angustiosa e incómoda. Miró a mi padre directamente a los ojos, con sus dos manos le tomó la suya, apretó el billete de veinte dólares y con labios trémulos y una lágrima rodándole por la mejilla, replicó: “Gracias, gracias señor. Esto significa realmente mucho para mi familia y para mí”.
Papá y yo volvimos a nuestro auto y regresamos a casa. Esa noche no fuimos al circo. Pero no nos fuimos sin nada…
Cómo un gesto tan sencillo marca no solo el corazón del generoso, sino de todos los que lo rodean. Abramos nuestro corazón un poco, pensemos un poco más en los demás y veremos lo grandioso que es dar sin esperar nada a cambio.

Dar sin esperar nada a cambio, simplemente dar, muchas veces ese primer acto de generosidad se ve empañado luego por esperar que se nos retribuya, el ej. De una mamá que está día y noche junto a su hijo enfermo, lo ha dado todo y no se queja, no le pide al hijo que luego se lo pague, su fe y amor es tan grande, que dando es como ella se llena, se realiza, y sobrelleva esa carga de desgaste físico y emocional, La fuerza de la fe que nos lleva a dar y a experimentar que hemos recibido mucho más nosotros, Ej. Cuando se va a las misiones, o se hace una obra de caridad cristiana, visitando enfermos, ancianitos o huérfanos.. y Aceptar ese recibir cuando nos quieren agradecer.

3. Tener fe es DECIDIRSE, a estar con el Señor para vivir con él. Mc. 3.13-19

En aquel tiempo, Jesús subió al monte, (pasó toda la noche en oración). Llamó a los que Él quiso, y ellos lo siguieron. Constituyó a doce para que se quedaran con Él, para mandarlos a predicar y para que tuvieran el poder de expulsar a los demonios.

San Lucas 10. 38- 42 Escoger la mejor parte
En aquel tiempo, entró Jesús en un poblado, y una mujer, llama da Marta, lo recibió en su casa. Ella tenía una hermana, llama da María, la cual se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra. Marta, entre tanto, se afanaba en diversos quehaceres, hasta que, acercándose a Jesús, le dijo: “Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude”. El Señor le respondió: “Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria. María escogió la mejor parte y nadie se la quitará”.

Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree, los discípulos de Emaus, en el contacto con Cristo, en el dejar que El camine junto a ellos, y les explique las escrituras, en el partir el pan es donde lo descubren. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. Ahí está la labro nuestra de llevar esa fe, darla, trasmitirla, explicarla, hacerla viva.

El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. (Porta Fidei 11)

4. Tener fe es CREER cuando resulta más fácil recurrir a la duda. Si la llama de la confianza en algo mejor se extingue en nosotros, entonces ya no queda más remedio que entregarse al desánimo. La creencia en nuestras bondades, posibilidades y talentos, tanto como en los de nuestros semejantes, es la energía que mueve la vida hacia grandes derroteros.

Ejemplo: Pablo habla no de ese amor romántico y sensual que se queda en los labios, sino de un amor de fe, que hace soportar todas las tribulaciones propias de un cristiano, y de todo el que quiera ser cristiano auténtico, y esté dispuesto a remar contra corriente.
«|v35 ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, |v36 como dice la Escritura: Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero.» (Rom 8, 35-36)

Combatía sin dejarse abatir por ningún obstáculo. San Pablo fue muy probado en su fidelidad. Más todavía, se llegó a identificar tanto con Cristo, que su gozo era padecer por Cristo. Las persecuciones se convirtieron en sus títulos de gloria:
«|v23 ¿Ministros de Cristo? – ¡Digo una locura! – ¡Yo más que ellos! Más en trabajos; más en cárceles; muchísimo más en azotes; en peligros de muerte, muchas veces. |v24 Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno. |v25 Tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé en el abismo. |v26 Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; |v27 trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez. |v28 Y aparte de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la preocupación por todas las Iglesias. |v29 ¿Quién desfallece sin que desfallezca yo? ¿Quién sufre escándalo sin que yo me abrase?» (2 Cor 11, 23-29)
Porta fidei: La fe crece creyendo

8. «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe.

9.- La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo».

5. Tener fe, ES ENCONTRAR ese “Tú”, Dios, que me sostiene y me concede la promesa de un amor indestructible, que no solo aspira a la eternidad, sino que le da; es confiar en Dios con la actitud del niño, el cual sabe que todas sus dificultades, todos sus problemas están a salvo en el “tú” de la madre. Y esta posibilidad de salvación a través de la fe es un don que Dios ofrece a todos los hombres.

LA FE UN ENCUENTRO CON DIOS QUE HABLA EN LA HISTORIA.

La fe, de hecho, es un encuentro con Dios que habla y actúa en la historia y que convierte nuestra vida cotidiana, transformando en nosotros mente, juicios de valor, decisiones y acciones concretas. No es ilusión, escape de la realidad, cómodo refugio, sentimentalismo, sino que es el involucramiento de toda la vida y es proclamación del Evangelio, Buena Nueva capaz de liberar a todo el hombre. Un cristiano, una comunidad donde son laboriosos y fieles al designio de Dios que nos ha amado primero, son una vía privilegiada para aquellos que son indiferentes o dudan acerca de su existencia y de su acción. Esto, sin embargo, pide a todos a hacer más transparente su testimonio de fe, purificando su vida para que sea conforme a Cristo. Hoy en día muchos tienen una comprensión limitada de la fe cristiana, porque la identifican con un mero sistema de creencias y de valores, y no tanto con la verdad de un Dios revelado en la historia, deseoso de comunicarse con el hombre cara a cara, en una relación de amor con él. (Benedicto XVI, 14-11-12)

6. Tener fe es GUIAR nuestra vida no con la vista, sino con el corazón. La razón necesita muchas evidencias para arriesgarse, el corazón necesita sólo un rayo de esperanza y un corazón lleno del verdadero amor. Las cosas más bellas y grandes que la vida nos regala no se pueden ver, ni siquiera palpar, sólo se pueden acariciar con el espíritu. Incluso los sufrimientos más terribles.

Ejemplo: Sandra se sentía muy infeliz cuando entró en la florería. Su hijo estaría naciendo si no lo hubiese perdido en un accidente de automóvil… Lamentaba mucho su pérdida.
No bastando eso, aún había posibilidad de que su marido fuera transferido. Y, para completar, su hermana canceló la visita que le haría en el próximo feriado.
¿Acción de Gracias?, ¿agradecer qué? se preguntó.
Una amiga tuvo el coraje de decir que el sufrimiento era una dádiva de Dios, que hacía madurar y fortalecer… Sus pensamientos fueron interrumpidos por la vendedora, diciendo:
– ¿Quiere un arreglo tradicional o le gustaría innovar con lo que yo llamo, “Especial”? ¿Está buscando algo que realmente demuestre gratitud en el día de Acción de Gracias?
Sandra explicó que nada tenía para agradecer, y la vendedora replicó enfática:
– ¡Pues tengo el arreglo perfecto para usted!
En ese momento entró una cliente que vino a buscar su pedido: Un arreglo de follajes y espinosos tallos de rosa. Todo muy bien arreglado, pero no había ninguna flor.
Sandra quedó pensando por qué alguien pagaría por tallos de rosa sin flor.
– Éste es el “Especial”. Lo llamo Buquet de Espinos de Acción de Gracias -explicó la vendedora. Pero, ¿qué la llevó a crear el buquet de espinas? -preguntó Sandra.
– Aprendí a ser agradecida por las espinas. Siempre agradecí a Dios por las buenas cosas en mi vida y nunca le pregunté por qué esas buenas cosas sucedían. Pero cuando vinieron cosas malas, yo lloré y grité: “¿POR QUÉ?,¿POR QUÉ YO?”
Demoré para aprender que los tiempos difíciles son importantes para nuestra fe y nuestro fortalecimiento. Delante de las dificultades nos aproximamos a Dios y valoramos la vida y sus buenos momentos.
Sandra recordó lo que su amiga le había dicho, y exclamó:
– Perdí mi bebé y yo estoy enojada con Dios…
En ese momento entró un hombre en el negocio que también venía a buscar un arreglo de tallos espinosos.
-¿Esto es para su esposa? – preguntó Sandra, incrédula. Pero, ¿por qué ella quiere un buquet como ése?
-Mi esposa y yo casi nos divorciamos, pero con la gracia de Dios, enfrentamos problema tras problema y salvamos nuestro casamiento. El arreglo Especial nos recuerda los tiempos “espinosos”. Etiquetamos cada tallo con uno de los problemas enfrentados y damos gracias por lo que Él nos enseñó. ¡Yo le recomiendo el arreglo Especial!
-No sé si puedo ser agradecida por los espinos en mi vida. Es todo tan reciente…-agregó Sandra.
La vendedora respondió cariñosamente:
-Mi experiencia me mostró que los espinos vuelven las rosas más preciosas. Apreciamos más el cuidado providencial de Dios durante los problemas, que en cualquier otro tiempo.
Lágrimas rodaron por la cara de Sandra.
– Llevaré una docena de estos tallos largos y llenos de espinas, por favor. ¿Cuánto le debo?
-Nada, nada. Además de la promesa de que permitirá que Dios cure su corazón. El primer arreglo es siempre por mi cuenta.
La vendedora sonrió y pasó una tarjeta a Sandra.
-Colocaré esta tarjeta en su arreglo, pero tal vez usted quiera leerlo primero.
Y Sandra leyó:
“Mi Dios, yo nunca agradecí por mis espinas. Yo agradecí mil veces por mis rosas, pero nunca por mis espinas. Enséñame el valor de mis espinas. Muéstrame que, a través de mis lágrimas, los colores de Tu arco iris son mucho más brillantes”.
Este es el momento de hacer un verdadero cambio en tu vida, consigue una docena de tallos largos y llenos de espinas, para que, así, en tu Acción de Gracias, recuerdes que cada dificultad, sufrimiento, decepción o dolor, han sido tu oportunidad para crecer, madurar y fortalecer tu fe y tu confianza en Dios. No dejes de agradecer, no dejes que esas pequeñas o grandes espinas caigan en el vacío, ellas, con Dios, tienen un gran valor, un valor de Eternidad.

7. Tener fe es LEVANTARSE cuando se ha caído. Los reveses y fracasos en cualquier área de la vida nos entristecen, pero es más triste quedarse lamentándose en el frío suelo de la autocompasión, atrapado por la frustración y la amargura.

Ejemplo: Video, Niky que se levanta… Ejemplo de matrimonio. O abuelita de Teletón.

8. Tener fe es ARRIESGAR todo a cambio de un sueño, de un amor, de un ideal. Nada de lo que merece la pena en esta vida puede lograrse sin esa dosis de sacrificio que implica desprenderse de algo o de alguien, a fin de adquirir eso que mejore nuestro propio mundo y el de los demás.

Ejemplo: Charles Péguy contaba, en tercera persona, la historia del mayor acto de fe de su vida. Un hombre, dice (y se sabe que este hombre era él mismo) tenía tres hijos y un mal día cayeron enfermos, los tres juntos. Entonces había hecho un acto de audacia. Al pensar en ello se admiraba también un poco y hay que decir que había sido verdaderamente un acto arriesgado. Como se cogen tres niños del suelo y se ponen juntos, casi jugando, en los brazos de su madre o de su niñera que se ríe y grita, diciendo que son demasiados y no tendrá fuerzas para llevarlos, así él, audaz como un hombre, había cogido -se entiende, con la oración- a sus tres niños enfermos y tranquilamente los había puesto en los brazos de Aquella que lleva todos los dolores del mundo: “Mira -decía- te los doy, me giro y me voy para que no me los devuelvas. Ya no los quiero, fíjate bien. Debes encargarte tú de ellos”. (Sin metáforas, había ido de peregrinación a pie desde París a Chartres para confiar a la Virgen a sus tres niños enfermos). Desde aquel día todo fue bien, porque era la Santa Virgen la que se ocupaba de ellos. Es curioso que no todos los cristianos hagan esto. Es muy simple, pero nunca se piensa en lo simple.

9. Tener fe es amar y ser fiel, Por Dios y por El es fiel. Y Porque nos ha prometido siempre su fidelidad, solo quien cree será capaz de mantenerse fiel a pesar de los años, de los cansancios y de las dificultades. Sepamos siempre apoyarnos en Dios.

Una enfermera recibió en la clínica a un hombre de cierta edad que necesitaba que le curasen una herida en la mano. Tenía bastante prisa, y, mientras le curaba, la enfermera le preguntó qué era aquello tan urgente que tenía que hacer. El hombre le contó que su mujer vivía desde hacía ya algún tiempo en una residencia de ancianos, ya que tenía un Alzehimer muy fuerte, y él iba todas las mañanas a desayunar con ella.

Mientras le terminaba de vendar la herida, la enfermera preguntó: – ¿Su esposa se alarmaría mucho si usted llega tarde esta mañana? –. –No– respondió el hombre–, mi mujer no sabe quién soy. Hace cinco años que ya no me reconoce–. La enfermera, algo extrañada, le dijo: –Entonces, ¿por qué esa necesidad de estar con ella todas las mañanas? –. El hombre sonrió y le dijo: –Ella no sabe quién soy yo, pero yo todavía sé muy bien quién es ella–. Después la historia terminaba con esta hermosa reflexión: “El verdadero amor no se reduce a lo físico o a lo romántico; el verdadero amor es la aceptación de todo lo que el otro es, de lo que ha sido, de lo que será y de lo que ya nunca podrá ser”.

10. Tener fe es VER positivamente hacia adelante, no importa cuan incierto parezca el futuro o cuan doloroso el pasado. Quien tiene fe hace del hoy un fundamento del mañana y trata de vivirlo de tal manera que cuando sea parte de su pasado, pueda verlo como un grato recuerdo.

Ejemplo: Video, Historia de un letrero.

11. Tener fe es CONFIAR, pero confiar no sólo en las cosas, sino en lo que es más importante… en las personas. Muchos confían en lo material, pero viven relaciones huecas con sus semejantes. Cierto que siempre habrá gente que te lastime y traicione tu confianza, así que lo que tienes que hacer es seguir confiando y sólo ser más cuidadoso con aquél en quien confías dos veces

Ejemplo: Es tiempo de pararte a reflexionar qué es para ti la confianza. Un resumen sería así: confiar es perderle el miedo a lo que se me atora en la vida; confiar es no deberle nada a nadie (y menos a Dios); confiar es darlo todo con la tranquilidad de estar en el camino correcto y de hacer lo que necesito hacer y de la mejor manera posible. Si todavía tienes miedos, deudas o puntos oscuros en tu vida, es momento de colocarlos junto a Dios y confiar en Él.

12. Tener fe es BUSCAR lo imposible: sonreír cuando tus días se encuentran nublados y tus ojos se han secado de tanto llorar. Tener fe es no dejar nunca de desnudar tus labios con una sonrisa, ni siquiera cuando estés triste, porque nunca sabes cuando tu sonrisa puede dar luz y esperanza a la vida de alguien que se encuentre en peor situación que la tuya.

Ejemplo: Video, Siempre hay una razón para vivir.

13. Tener fe es CONDUCIRSE por los caminos de la vida de la forma en que un niño toma la mano de su padre. Es que dejemos nuestros problemas en manos de DIOS y nos arrojemos a sus brazos antes que al abismo de la desesperación. Fe es que descansemos en él para que nos cargue, en vez de cargar nosotros nuestra propia colección de problemas.

14. Tener fe es ACOGER, este mensaje transformante en nuestra vida, es acoger la revelación de Dios, que nos hace saber quién es Él, cómo actúa, cuáles son sus planes para nosotros. Es cierto que el misterio de Dios permanece siempre más allá de nuestros conceptos y de nuestra razón, de nuestros rituales y oraciones. Sin embargo, con la revelación Dios mismo se autocomunica, se relata, se vuelve accesible. Y nosotros somos capaces de escuchar su Palabra y de recibir su verdad. He aquí la maravilla de la fe: Dios, en su amor, crea en nosotros –a través de la obra del Espíritu Santo–, las condiciones adecuadas para que podamos reconocer su Palabra. Dios mismo, en su voluntad de manifestarse, de ponerse en contacto con nosotros, de estar presente en nuestra historia, nos permite escucharlo y acogerlo. San Pablo lo expresa así con alegría y gratitud: “No cesamos de dar gracias a Dios porque, al recibir la palabra de Dios que les predicamos, la acogieron, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece activa en ustedes, los creyentes ” (1 Ts. 2,13).

QUE EN TU VIDA HAYA SUFICIENTE FE PARA AFRONTAR LAS SITUACIONES DIFÍCILES, JUNTO CON LA NECESARIA HUMILDAD PARA ACEPTAR LO QUE NO SE PUEDA CAMBIAR.

2. “Bienaventurada Tú, porque has creído”

– Impresiona el espíritu de fe de María, pues no todo fue claro y preciso para Ella. Quedó sorprendida y casi hasta confundida, pues con sinceridad y sencillez descubría ante el Señor su pequeñez y se asombraba de la trascendencia que tenía el Plan a que le llamaba.

– Ella, como todas ustedes, tuvo que peregrinar en el claroscuro de la fe, y su fe fue puesta a prueba muchas veces.
(las circunstancias del nacimiento de su Hijo, la huída a Egipto, la profecía de Simeón, la actitud de Jesús al “perderse” en el templo, el silencio de Cristo durante su vida oculta, el Calvario…)

– Así, meditando y sufriendo, María fue creciendo en la comprensión de los misterios de Cristo, y la fe constituyó su fortaleza y su seguridad hasta el final de su vida.

3. “Para mi la fe es entregarme”.

Ser victoriosas en las manos de Jesús es tener como modelo y ser semejantes a la de la Santísima Virgen, y por tanto debo abrazarme a la fe como a la roca de mi perseverancia cristiana, de mi fidelidad al Señor y de mi crecimiento espiritual.

– Debo desapegarme del sentimentalismo y de las emociones y hacer de la fe mi seguridad y fortaleza.

Pedirle todos los días a la Sma. Virgen que me haga una mujer de fe, porque es imposible vivir nuestra vida cristiana, ser mujeres victoriosas en Cristo, sin esa fe que da sentido a cada día lleno de cruz y de renuncia, a cada paso adelante lleno de incertidumbre.

4. La fe es la fuente de la verdadera alegría.

– María se caracterizó por ese profundo amor y respeto hacia el designio de Dios; lo acogió con un corazón abierto, entusiasmado y agradecido, porque lo acogió en la fe.

– La fe regala, a quienes la viven, la clave y el sentido para comprender desde Dios lo que es incomprensible para los ojos humanos, tan cerrados a lo sobrenatural y a la presencia de Dios en el mundo y en los sucesos de cada día.

– Por ello, un novicio basado en la fe vive con gozo sus Constituciones, aunque le sangre el corazón; obedece con prontitud, aunque la orden le repugne; sirve con alegría a sus compañeros, aunque interiormente encuentre oposición.

Coloquio: Dialogar filialmente con la Santísima Virgen, pidiéndole que nos ayude a caminar por el claroscuro de la fe, siguiendo su admirable ejemplo.

5. DAR RAZONES DE NUESTRA FE

Hoy –lo sabemos–, no faltan las dificultades y las pruebas para la fe, a menudo mal entendida, protestada, rechazada. San Pedro decía a sus cristianos: “Estén siempre dispuestos a dar respuesta, pero con mansedumbre y respeto, a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en sus corazones” (1 Pe. 3,15).

A. ¿QUÉ RESPUESTAS ESTÁ LLAMADA A DAR AHORA LA FE, CON “GENTILEZA Y RESPETO”, AL ATEÍSMO, AL ESCEPTICISMO Y A LA INDIFERENCIA FRENTE LA DIMENSIÓN VERTICAL? PRIMERA

La primera: el mundo. San Agustín, que en su vida ha buscado durante mucho tiempo la Verdad y se aferró a la Verdad, tiene una página bella y famosa, en la que dice así: “Interroga a la belleza de la tierra, del mar, del aire enrarecido que se expande por todas partes; interroga la belleza del cielo…, interroga todas estas realidades. Todas te responderan: míranos y observa cómo somos hermosas. Su belleza es como un himno de alabanza. Ahora bien, estas criaturas tan hermosas, que siguen cambiando, ¿quién las hizo, si no que es uno que es la belleza de modo inmutable?”(Sermo 241, 2: PL 38, 1134). Creo que tenemos que recuperar y devolver al hombre contemporáneo la capacidad de contemplar la creación, su belleza, su estructura. El mundo no es una masa informe, sino que cuanto más lo conocemos y más descubrimos sus maravillosos mecanismos, más vemos un diseño, vemos que hay una inteligencia creadora. Albert Einstein dijo que en las leyes de la naturaleza “se revela una razón tan superior, que todo pensamiento racional y las leyes humanas son una reflexión comparativamente muy insignificante” (El mundo como lo veo yo, Roma 2005). Una primera manera que conduce al descubrimiento de Dios es contemplar con ojos atentos a la creación. (Benedicto XVI, 14-11-12)

B. ¿QUÉ RESPUESTAS ESTÁ LLAMADA A DAR AHORA LA FE, CON “GENTILEZA Y RESPETO”, AL ATEÍSMO, AL ESCEPTICISMO Y A LA INDIFERENCIA FRENTE LA DIMENSIÓN VERTICAL? SEGUNDA

La segunda palabra: el hombre. Siempre san Agustín, quien tiene una famosa frase que dice que Dios está más cerca de mí que yo a mí mismo (cf. Confesiones, III, 6, 11). A partir de aquí se formula la invitación: “No vayas fuera de ti, entra en ti mismo: en el hombre interior habita la verdad” (De vera religione, 39, 72). Este es otro aspecto que corremos el riesgo de perder en el mundo ruidoso y disperso en el que vivimos: la capacidad de pararnos y mirar en lo profundo de nosotros mismos, y de leer esta sed de infinito que llevamos dentro, que nos impulsa a ir más allá y nos refiere a Alguien que la pueda llenar.

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma así: “Con su apertura a la verdad y a la belleza, con su sentido del bien moral, con su libertad y la voz de su conciencia, con su aspiración al infinito y a la dicha, el hombre se interroga sobre la existencia de Dios” (n. 33). (Benedicto XVI, 14-11-12)

C. ¿QUÉ RESPUESTAS ESTÁ LLAMADA A DAR AHORA LA FE, CON “GENTILEZA Y RESPETO”, AL ATEÍSMO, AL ESCEPTICISMO Y A LA INDIFERENCIA FRENTE LA DIMENSIÓN VERTICAL? TERCERA

La tercera palabra: la fe. Sobre todo en la realidad de nuestro tiempo, no debemos olvidar que un camino hacia el conocimiento y el encuentro con Dios es la vida de fe. El que crea se une con Dios, está abierto a su gracia, a la fuerza del amor. Así, su existencia se convierte en un testimonio no de sí mismo, sino de Cristo resucitado, y su fe no tiene miedo de mostrarse en la vida cotidiana, está abierta al diálogo que expresa profunda amistad para el camino de cada hombre, y sabe cómo abrir luces de esperanza a la necesidad de la redención, de la felicidad y del futuro. (Benedicto XVI, 14-11-12)

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Audiencia 24 abril de 2013 EN EL JUICIO FINAL LA CLAVE SERÁ EL AMOR

Posted by on Apr 25, 2013 in Prensa y publicaciones

Ciudad del Vaticano, 24 abril 2013 (VIS).-El Papa Francisco ha dedicado la catequesis de la audiencia general de los miércoles a tres textos del Evangelio que ayudan a entrar en el misterio de una de las verdades que se profesan en el Credo: que Jesús “de nuevo vendrá con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos”. Los tres textos son; la parábola de las diez vírgenes, la de los talentos y el juicio final. Todos forman parte del discurso de Jesús sobre el final de los tiempos en el Evangelio de San Mateo.
Ante más de 75.000 personas que abarrotaban la Plaza de San Pedro, el Santo Padre ha hablado del “tiempo inmediato”, entre la primera venida de Jesús y la última: es el tiempo en que vivimos y en él se coloca la parábola de las diez vírgenes que esperan al Esposo, pero como tarda en llegar se duermen. Cinco de ellas, sabias, tienen aceite para encender sus lámparas cuando el Esposo llega de improviso; las otras, las necias, no lo tienen y mientras lo buscan, ya ha comenzado la fiesta nupcial y la puerta para entrar al banquete está cerrada para ellas. “El Esposo es el Señor, y el tiempo de espera de su llegada es el que nos otorga, con misericordia y paciencia, antes de su venida final: un tiempo de vigilancia, en que debemos mantener encendidas las luces de la fe, de la esperanza y la caridad; en que mantener nuestros corazones abiertos a la bondad, la belleza y la verdad; tiempo de vivir de acuerdo a Dios porque no sabemos ni el día ni la hora del regreso de Cristo. Lo que se pide de nosotros es estar preparados para el encuentro, lo que significa ser capaces de ver los signos de su presencia, de mantener viva la fe, con la oración, los sacramentos, de estar atentos para no dormirnos ni olvidarnos de Dios. La vida de los cristianos que se duermen es una vida triste, no es una vida feliz. El cristiano tiene que ser feliz, sentir la alegría de Jesús”.
La segunda parábola de los talentos “nos hace reflexionar sobre la relación entre cómo usamos los dones recibidos de Dios y su regreso, cuando nos preguntará cómo los hemos utilizado… Esto nos dice que la espera de la venida del Señor es el momento de la acción, de aprovechar los dones de Dios, no para nosotros mismos, sino para El, para la Iglesia, para otros; el tiempo en que buscar siempre que crezca el bien en el mundo. Y sobre todo ahora, en este tiempo de crisis, es importante no encerrarse en sí mismos, enterrando el propio talento, las propias riquezas espirituales, intelectuales, materiales… hay que abrirse, ser solidarios, preocuparse por los demás. En la Plaza, hoy hay muchos jóvenes A vosotros que estáis en el comienzo del viaje de la vida, os pregunto: ¿Habéis pensado en los talentos que Dios os ha dado? ¿Habéis pensado en cómo ponerlos al servicio de los demás? No enterréis los talentos ¡Apostad por los grandes ideales… que agrandan el corazón, los ideales de servicio que hará fructíferos vuestros talentos!. No se nos da la vida para que la conservamos celosamente para nosotros mismos: se nos da para entregarla. Queridos jóvenes, ¡Tened un ánimo grande. No tengáis miedo de soñar cosas grandes!”.
El Santo Padre ha abordado después el relato del juicio final que narra la segunda venida del Señor, cuando juzgará a todos los seres humanos vivos y muertos. A su derecha estarán los que han actuado de acuerdo a la voluntad de Dios, ayudando al hambriento, al sediento, al extranjero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado; siguiendo así al Señor mismo. “He dicho extranjero ¿cuántos extranjeros hay en la diócesis de Roma? Y ¿que hacemos por ellos?”, se ha preguntado el Papa.
En la narración, a la izquierda del Señor están los que no han socorrido al prójimo. “Esto nos dice que seremos juzgados por Dios en la caridad, según cómo lo hemos amado en los hermanos, especialmente en los más débiles y necesitados. Por supuesto, siempre hay que tener en cuenta que estamos justificados, estamos salvados por la gracia, por un acto gratuito de amor de Dios, que siempre nos precede; nosotros solos no podemos hacer nada. La fe es ante todo un don que hemos recibido. Pero para dar fruto, la gracia de Dios siempre requiere nuestra apertura a Él, nuestra respuesta libre y concreta. Cristo viene a darnos la misericordia de Dios que salva. A nosotros se nos pide que confiemos en él, para responder al don de su amor con una vida buena, hecha de acciones animadas por la fe y el amor.
“No temamos nunca el juicio final – ha concluido el Pontífice- al contrario, nos debe empujar a vivir mejor el presente. Dios nos ofrece con misericordia y paciencia este tiempo para que aprendamos cada día a reconocerlo en los pobres y los pequeños, para que nos comprometamos con el bien y estemos vigilantes en la oración y el amor. Y que el Señor, al final de nuestra existencia y de la historia, nos reconozca como siervos buenos y fieles”.

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Audiencia de 17 de abril de 2013 CRISTO ES NUESTRO ABOGADO, NOS ESPERA Y NOS DEFIENDE

Posted by on Apr 18, 2013 in Prensa y publicaciones

Ciudad del Vaticano, 17 abril 2013 (VIS).-El significado de la Ascensión, el acontecimiento que culmina la vida terrenal de Jesús, ha sido el tema de la catequesis del Papa Francisco durante la audiencia general de los miércoles, celebrada en la Plaza de San Pedro y en la que han participado más de 50.000 personas.
“En el Credo -ha señalado el pontífice- confesamos nuestra fe en Cristo, que “subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre”… ¿Qué significa esto para nosotros? Ya al comienzo de su “subida” a Jerusalén, donde tendrá lugar su éxodo de esta vida, Jesús ve ya la meta, el Cielo, pero sabe que el camino de vuelta a la gloria del Padre pasa por la cruz, por la obediencia al designio divino de amor por la humanidad. ..También nosotros hemos de saber que entrar en la gloria de Dios exige la fidelidad cotidiana a su voluntad, aun a costa de sacrificios y del cambio de nuestros programas.”
El Papa ha explicado la Ascensión a la luz del Evangelio de San Lucas que la narra de forma sintética. Jesús llevó a los discípulos “fuera hacia Betania, y alzando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo”…Durante la ascensión Jesús cumple el gesto de la bendición sacerdotal… “Este es un primer punto importante – ha afirmado el Obispo de Roma- : Jesús es el único y eterno Sacerdote, que con su pasión ha pasado por la muerte y la tumba, resucitó y ascendió a los cielos y está con Dios Padre, intercediendo por siempre en nuestro favor. Como escribe San Juan en su primera carta: Él es nuestro abogado, nuestro defensor ante el Padre. !Que bello es escuchar estas palabras!. Cuando a uno lo cita un juez o tiene un pleito, lo primero que hace es buscarse un abogado para que lo defienda; nosotros tenemos uno que nos defiende siempre, nos defiende de las asechanzas del diablo, de nuestros pecados… No tengamos miedo de acudir a pedirle perdón, bendición y misericordia. Nos perdona siempre: es nuestro abogado; nos defiende siempre. ¡No lo olvidéis nunca! La Ascensión de Jesús al cielo nos da a conocer esta realidad tan consoladora para nuestro camino: en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nuestra humanidad ha sido llevada a Dios. El nos ha abierto el paso, es como el jefe de un grupo de montañeros, que llegado a la cima, tira de nosotros y nos lleva a Dios. Si le confiamos nuestras vidas; si nos dejamos guiar por Él estamos seguros de estar en buenas manos”.
San Lucas menciona que los apóstoles, después de ver a Jesús ascender al cielo regresaron a Jerusalén “con gran alegría”. “Y esto nos resulta raro – ha dicho el Papa- porque cuando estamos separados de nuestras familias o nuestros amigos, sobre todo por un cambio definitivo o por la muerte, sentimos una tristeza natural porque… no podemos disfrutar ya de su presencia. En cambio, el evangelista pone de relieve la profunda alegría de los Apóstoles. ¿Por qué? Porque, con los ojos de la fe, entienden que aunque ya no lo vean con los ojos, Jesús permanece con ellos para siempre, no los abandona y en la gloria del Padre, los sostiene, los guía e intercede por ellos”.
El evangelista coloca la Ascensión al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, “para subrayar que este evento es como el eslabón que engancha y une la vida terrenal de Jesús con la de la Iglesia” y también menciona que mientras una nube lo arrebataba de la vista de los apóstoles y éstos siguen mirando al cielo, dos hombres vestidos de blanco, les instan a no quedarse inmóviles allí, sino a nutrir su vida y su testimonio con la certeza de que Jesús volverá de la misma manera en que ascendió al cielo. “Se trata -ha explicado el Santo Padre – de una invitación a partir de la contemplación del Señorío de Jesús, para recibir de él la fuerza de dar testimonio del Evangelio en la vida cotidiana: contemplar y actuar. “Ora et labora” como San Benito enseña :ambas son necesarias en nuestra vida de cristianos”.
“La Ascensión -ha concluido Francisco- no indica la ausencia de Jesús, sino que nos dice que Él está vivo entre nosotros de una manera nueva; ya no está en un lugar concreto como lo estaba antes de la Ascensión; ahora está en el señorçio de Dios, presente en todo el espacio y el tiempo, cerca de cada uno de nosotros. En nuestras vidas nunca estamos solos: tenemos a este abogado que nos espera y nos defiende; nunca estamos solos: el Señor crucificado y resucitado nos guía, y con nosotros hay muchos hermanos y hermanas que…en la vida familiar y laboral, con sus problemas y dificultades, sus alegrías y esperanzas viven la fe día a día y llevan, con nosotros, al mundo del señorío del amor de Dios, en Cristo resucitado, ascendido al cielo, abogado nuestro”.
Al final de la catequesis el Papa ha saludado, entre otros, a los prelados de la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales y a los peregrinos polacos del santuario de San Andrés Bobola de Varsovia venidos a Roma en el 75 aniversario de la canonización del santo, uno de los patrones de Polonia, que fue sacerdote jesuita y mártir. “Ha dado la vida por la fe, la reconciliación de los hermanos y la unidad de la Iglesia. Que su intercesión ante Dios obtenga a la Iglesia el don de la unidad y la paz”, ha exclamado el Santo Padre.

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Audiencia del 23 de enero 2013 CREER EN DIOS SIGUIENDO LAS HUELLAS DE ABRAHAM

Posted by on Jan 25, 2013 in Prensa y publicaciones


Ciudad del Vaticano, 23 enero 2013 (VIS).-”Creo en un sólo Dios”, el primer artículo de la profesión de fe que acompaña la vida de los creyentes, ha sido el tema de la catequesis de Benedicto XVI durante la audiencia general de los miércoles. Esa frase es “una afirmación fundamental, aparentemente sencilla en su esencialidad, pero que abre al mundo infinito de la relación con el Señor y con su misterio. Creer en Dios implica adhesión, acogida y obediencia; (…) es un acto personal y una respuesta libre. Decir “Creo” es un don y (…) una responsabilidad; es una experiencia de diálogo con Dios que ,por amor, “nos habla como amigos”.
¿Cómo escuchar la voz de Dios que nos habla? “Fundamentalmente -ha dicho el Papa- en la Sagrada Escritura, (…) que nos habla de fe y nos narra una una historia en la que Dios cumple su proyecto de redención y se acerca a los hombres, a través de (…) personas que creen y confían”. Una de ellas es Abraham, la “primera figura de referencia para hablar de fe en Dios”. Abraham, que fue capaz de salir de su tierra confiando sólo en Dios y su promesa, es considerado el “padre de todos los creyentes” (…) La suya fue “una partida en la oscuridad; (…) pero la oscuridad de lo ignoto(…) estaba iluminada por la luz de una promesa(…). En el proyecto divino estaba destinado a ser padre de una multitud de pueblos y a entrar en una nueva tierra donde habitar”.
“La fe -ha continuado el pontífice- lleva a Abraham a recorrer un camino paradójico: será bendecido pero sin los signos visibles de la bendición: recibe la promesa de dar vida a un gran pueblo, pero con una vida marcada por la esterilidad de su mujer, Sara; es conducido a una nueva patria pero vivirá en ella como un extranjero” y sin embargo, “Abraham es bendecido porque, con la fe, sabe discernir la bendición divina yendo más allá de las apariencias, confiando en la presencia de Dios incluso cuando sus caminos resultan misteriosos”.
Por eso, “cuando afirmamos : “Creo en Dios”, decimos, como Abraham: “Me fío de ti, confío en ti, Señor” (…) Decir “Creo en Dios” significa fundar en El mi vida, dejar que su palabra la oriente cada día en las opciones concretas, sin temor de perder algo de mí mismo (…) Abraham, el creyente, nos enseña la fe, y, como extranjero en una tierra que no es la suya, nos muestra la verdadera patria. La fe nos hace peregrinos en la tierra, insertados en el mundo y en la historia, pero en camino hacia la patria celestial. Por lo tanto, creer en Dios nos hace portadores de valores que a menudo no coinciden con la moda y las opiniones del momento. (…) En muchas sociedades, Dios se ha convertido en el “gran ausente” y en su lugar hay muchos ídolos, en primer lugar el deseo de poseer y el “yo” autónomo. E incluso los progresos, notables y positivos de la ciencia y la tecnología han dado a los seres humanos una ilusión de omnipotencia y autosuficiencia, y un creciente egocentrismo ha creado muchos desequilibrios en las relaciones entre las personas y en el comportamiento social”.
“Y, sin embargo -ha subrayado el Santo Padre- la sed de Dios no se ha extinguido y el mensaje del Evangelio sigue resonando a través de las palabras y las obras de muchos hombres y mujeres de fe. Abraham, el padre de los creyentes, sigue siendo el padre de muchos hijos que están dispuestos a seguir sus pasos y se ponen en camino obedeciendo a la llamada divina, confiando en la presencia benevolente del Señor y acogiendo su bendición para transformarse en bendición para todos. Es el mundo bendecido por la fe, al que todos estamos llamados, para caminar sin miedo siguiendo al Señor Jesucristo”.
Decir “Creo en Dios” nos conduce, entonces, “a partir, a salir continuamente de nosotros mismos al igual que Abraham, para llevar a la realidad cotidiana en que vivimos la certeza que viene de la fe: es decir, la certeza de la presencia de Dios en la historia, también hoy, una presencia que da vida y salvación”.
Benedicto XVI: ”Al decir ‘Yo creo’, es mi vida la que debe cambiar y convertirse”
Valiosa catequesis del santo padre sobre la fe expresada en el Credo
Por Benedicto XVI

CIUDAD DEL VATICANO, 23 de enero de 2013 (Zenit.org) – Durante la habitual Audiencia de los miércoles, el papa Benedicto XVI se dirigió a los fieles y peregrinos que llegaron hasta el Aula Pablo VI para escuchar sus enseñanzas. Esta vez, el tema estuvo centrado en la fe del creyente, que se hace vida en la profesión de Credo de la Iglesia.

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Queridos hermanos y hermanas:

En este Año de la fe, quisiera empezar hoy a reflexionar con ustedes sobre el Credo, es decir, sobre la solemne profesión de fe, que acompaña nuestras vidas como creyentes. El Credo comienza así: “Creo en Dios”. Es una afirmación fundamental, aparentemente simple en su esencia, pero que nos abre al infinito mundo de la relación con el Señor y con su misterio. Creer en Dios implica el adhesión a Él, acogiendo su Palabra y gozosa obediencia a su revelación.

Como enseña el Catecismo de la Iglesia católica: “La fe es un acto personal: es la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela a sí mismo” (n. 166). Ser capaz de decir que se cree en Dios es por lo tanto, junto a un regalo –Dios se revela, va a al encuentro con nosotros–, es un compromiso, es la gracia divina y responsabilidad humana, en una experiencia de diálogo con Dios, que por amor, “habla a los hombres como amigos” (Dei Verbum, 2), nos habla a fin de que , en la fe y con la fe, podamos entrar en comunión con Él.

¿Dónde podemos escuchar a Dios y su palabra? Fundamental es la Sagrada Escritura, en la que la Palabra de Dios se hace audible para nosotros y nutre nuestra vida de “amigos” de Dios. Toda la Biblia cuenta la revelación de Dios a la humanidad; toda la Biblia habla de la fe y nos enseña la fe contando una historia en la que Dios lleva a cabo su plan de redención y se acerca a nosotros los hombres, a través de muchas figuras luminosas de personas que creen en Él y confian en Él, hasta la plenitud de la revelación del Señor Jesús.

Es muy bello, en este sentido, el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos, que acabamos de escuchar. Aquí se habla de la fe y se sacan a la luz las grandes figuras bíblicas que la han vivido, convirtiéndose un modelo para todos los creyentes. Dice el texto en el primer verso: “La fe es la certeza de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve” (11,1). Los ojos de la fe son por lo tanto capaces de ver lo invisible y el corazón del creyente puede esperar más allá de toda esperanza, al igual que Abraham, de quien Pablo dice en la Carta a los Romanos que “creyó, esperando contra toda esperanza” (4,18).

Y es sobre Abraham, en que me gustaría centrar nuestra atención, porque es el primer punto de referencia importante para hablar acerca de la fe en Dios: Abraham, el gran patriarca, modelo ejemplar, padre de todos los creyentes (cf. Rom 4,11 -12).La Carta a los Hebreos lo presenta así: “Por la fe, Abraham, llamado por Dios, obedeció partiendo a un lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe, habitó en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas, como también Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa.Esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios “(11,8-10).

El autor de la Carta a los Hebreos se refiere aquí a la llamada de Abraham, relatada en el libro del Génesis, el primer libro de la Biblia. ¿Qué le pide Dios a este patriarca? Le pide que parta, abandonando su país para ir al país que le mostrará: “Vete de tu tierra y de tu parentela y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré” (Gen. 12,1). ¿Cómo habremos respondido nosotros a una invitación así? Se trata, de hecho, de una partida en la oscuridad, sin saber a dónde Dios lo guiará; es un viaje que pide obediencia y confianza radicales, al que solo la fe puede tener acceso. Pero la oscuridad de lo desconocido –donde Abraham debe ir–, es iluminado por la luz de una promesa; Dios agrega a la orden una palabra tranquilizadora que le abre a Abraham un futuro de una vida en toda su plenitud: “Haré de ti una nación grande, y te bendeciré, haré grande tu nombre… y en ti serán benditas todas las familias de la tierra “(Gn. 12,2.3).

La bendición en la Sagrada Escritura, se relaciona principalmente con el don de la vida que viene de Dios y se manifiesta principalmente en la fertilidad, en una vida que se multiplica, pasando de generación en generación. Y a la bendición está conectada también la experiencia de ser propietario de una tierra, un lugar estable para vivir y crecer en libertad y seguridad, temeroso de Dios y construyendo una sociedad de hombres fieles a la Alianza, “reino de sacerdotes y nación santa” (cfr.Es. 19,6).

Así Abraham, en el diseño de Dios, está llamado a convertirse en el “padre de una multitud de naciones” (Gn. 17,5;. Cf. Rom. 4,17-18) y a entrar en una nueva tierra donde vivir. Pero Sara, su esposa, es estéril, incapaz de tener hijos; y el país al que Dios le lleva es lejos de su tierra natal, y ya está habitado por otros pueblos, y no le pertenecerá nunca realmente. El narrador bíblico hace hincapié en esto, aunque muy discretamente: cuando Abraham llegó al lugar de la promesa de Dios: “en el país estaban en aquel tiempo los cananeos” (Gn. 12,6). La tierra que Dios le da a Abraham no le pertenece, él es un extranjero y lo seguirá siendo para siempre, con todo lo que ello conlleva: no tener miras de posesión, sentir siempre la pobreza, ver todo como un regalo. Esta es también la condición espiritual de aquellos que aceptan seguir al Señor, de quien decide partir aceptando su llamada, bajo el signo de su invisible pero poderosa bendición. Y Abraham, “padre de los creyentes”, acepta esta llamada, en la fe. San Pablo escribe en su carta a los Romanos: “Él creyó, esperando contra toda esperanza, y se convierte en padre de muchas naciones, como se le había dicho: Así será tu descendencia. Él no vaciló en la fe, a pesar de ver su propio cuerpo casi muerto –tenía unos cien años–, y la matriz estéril de Sara.

Ante la promesa de Dios no vaciló por incredulidad, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que lo que había prometido era también capaz de llevarlo a término” (Rm. 4,18-21).

La fe conduce a Abraham que seguir un camino paradójico. Él será bendecido, pero sin los signos visibles de la bendición: recibe la promesa de ser una gran nación, pero con una vida marcada por la esterilidad de su esposa Sara; es llevado a una nueva tierra pero allí tendrá que vivir como extranjero; y la única posesión de la tierra que se le permitirá será el de un pedazo de tierra para enterrar a Sara (cf. Gn 23,1-20). Abraham fue bendecido porque, en la fe, sabe discernir la bendición divina yendo va más allá de las apariencias, confiando en la presencia de Dios, incluso cuando sus caminos le aparecen misteriosos.

¿Qué significa esto para nosotros? Cuando decimos: “Creo en Dios”, decimos como Abraham: “Yo confío en Tí; confío en Tí, Señor”, pero no como en Alguien a quien recurrir solo en los momentos de dificultad o a quien dedicar algún cmomento del día o de la semana. Decir “Creo en Dios” significa fundamentar en Él mi vida, dejar que su Palabra la oriente cada día, en las opciones concretas, sin temor de perder algo de mí mismo. Cuando, en el rito del Bautismo, se pregunta tres veces: “¿Crees?” en Dios, en Jesucristo, en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica y las demás verdades de la fe, la triple respuesta está en singular: “Yo creo”, porque es mi existencia personal que va a recibir un impulso con el don de la fe, es mi vida la que debe cambiar, convertirse. Cada vez que participamos en un Bautismo, debemos preguntarnos cómo vivimos cada día el gran don de la fe.

Abraham, el creyente, nos enseña la fe; y, como extranjero en la tierra, nos muestra la verdadera patria. La fe nos hace peregrinos en la tierra, insertados en el mundo y en la historia, pero en camino hacia la patria celestial. Creer en Dios nos hace, por lo tanto, portadores de valores que a menudo no coinciden con la moda y la opinión del momento. nos pide adoptar criterios y asumir una conducta que no pertenecen a la manera común de pensar. El cristiano no debe tener miedo de ir “contra la corriente” para vivir su fe, resistiendo a la tentación de “uniformarse”. En muchas sociedades, Dios se ha convertido en el “gran ausente” y en su lugar hay muchos ídolos, diversos ídolos y especialmente la posesión del “yo” autónomo. Y también los significativos y positivos progresos de la ciencia y de la tecnología han introducido en el hombre una ilusión de omnipotencia y de autosuficiencia, y un creciente egoísmo ha creado no pocos desequilibrios al interior de las relaciones interpersonales y de los comportamientos sociales.

Sin embargo, la sed de Dios (cf. Sal. 63,2) no se extingue y el mensaje del Evangelio sigue resonando a través de las palabras y los hechos de muchos hombres y mujeres de fe. Abraham, el padre de los creyentes, sigue siendo el padre de muchos hijos que están dispuestos a seguir sus pasos y se encaminan, en obediencia a la llamada divina, confiando en la presencia benevolente del Señor y aceptando su bendición para ser una bendición para todos. Es el mundo

bendito de la fe a la que todos estamos llamados, para caminar sin miedo tras el Señor Jesucristo. Y a veces es un camino difícil, que conoce también la prueba y la muerte, pero que se abre a la vida, en una transformación radical de la realidad que solo los ojos de la fe pueden ver y disfrutar en abundancia.

Decir “Creo en Dios” nos impulsa, por lo tanto, a partir, a salir de nosotros mismos continuamente, al igual que Abraham, para llevar en la realidad cotidiana en que vivimos, la certeza que nos viene de la fe: la certeza, es decir, de la presencia de Dios en la historia, aún hoy; una presencia que da vida y salvación, que nos abre a un futuro con Él en pos de una plenitud de vida que nunca conocerá el ocaso.

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EL ADVIENTO NOS RECUERDA QUE DIOS SIGUE EN EL MUNDO

Posted by on Dec 13, 2012 in Prensa y publicaciones

Ciudad del Vaticano, 12 diciembre 2012 (VIS).-Las etapas de la Revelación, señaladas en las Escrituras y que culminan en el Adviento de Jesús, han sido el tema de la catequesis de Benedicto XVI durante la audiencia general de los miércoles que ha tenido lugar en el Aula Pablo VI. En el Año de la Fe el Papa ha renovado la invitación a leer más a menudo la Biblia y a prestar atención a las lecturas de la misa dominical subrayando que todo ello constituye “un alimento inapreciable para nuestra fe”.

“Leyendo el Antiguo Testamento – ha observado el pontífice- vemos que las intervenciones de Dios en la historia del pueblo que ha elegido y con el que ha establecido una alianza, no son acontecimientos que pasan y caen en el olvido, sino que se convierten en ‘memoria’, constituyen la ‘historia de salvación’ mantenida viva en la conciencia del pueblo de Israel a través de la celebración de los eventos salvíficos” como la Pascua (…) Para todo el pueblo de Israel recordar lo que Dios ha hecho se convierte en una especie de imperativo permanente para que el paso del tiempo esté marcado por la memoria viva de los acontecimientos pasados, que así forman ,día tras día, de nuevo la historia y permanecen presentes (…) La fe es alimentada por el descubrimiento y el recuerdo del Dios que es siempre fiel, que guía la historia y es el fundamento seguro y estable sobre el que construir la vida propia”.

Benedicto XVI ha explicado que para Israel, el Éxodo “es el acontecimiento histórico central en que Dios revela su poderosa acción. Dios libera a los israelitas de la esclavitud en Egipto, para que puedan regresar a la Tierra Prometida y adorarlo como el único Dios verdadero. Israel no se pone en marcha para ser un pueblo como los demás (…) sino para servir a Dios, con el culto y con la vida, (…)y dar testimonio suyo ante los otros pueblos. Y la celebración de este evento es hacerlo presente y actual porque la obra de Dios no cesa”. Dios se revela no solo en el acto primordial de la creación, sino entrando en nuestra historia, en la historia de un pequeño pueblo que no era ni el más numeroso, ni el más fuerte. Y esta revelación de Dios (…) culmina en Jesucristo. Dios, el Logos, la Palabra creadora que está en el origen del mundo, se ha encarnado en Jesús y ha mostrado el verdadero rostro de Dios. En Jesús se cumplen todas las promesas, en Él culmina la historia de Dios con la humanidad”.

“El Catecismo de la Iglesia Católica -ha recordado el Santo Padre – resume las etapas de la revelación divina: Dios ha invitado al hombre, desde el principio, a una comunión profunda con Él, e incluso cuando el hombre, por su desobediencia, pierde su amistad, Dios no lo abandona al poder de la muerte; al contrario, le ofrece muchas veces su alianza. El Catecismo recorre el camino de Dios con el hombre desde la alianza con Noé después del diluvio, a la llamada de Abraham a salir de su tierra para hacerle padre de una multitud de pueblos. Dios constituye a Israel como su pueblo, a través del Éxodo, la alianza del Sinaí y el don, por medio de Moisés, de la Ley para ser reconocido y servido como el único Dios vivo y verdadero. Con los profetas, Dios conduce a su pueblo a la esperanza de la salvación (…) Al final no se espera ya sólo a un rey, a un hijo de David, sino a un “Hijo del hombre, la salvación para todos los pueblos (…) .Vemos así como el camino de Dios se ensancha, se abre cada vez más hacia el misterio de Cristo, el Rey del Universo. En Cristo se realiza finalmente la salvación en su plenitud, el designio benevolente de Dios. Él mismo se hace uno de nosotros”. Todas esas etapas demuestran “un único designio de salvación dirigido a toda la humanidad, que se revela y se realiza progresivamente con la potencia divina”.

El Papa ha concluido hablando del tiempo litúrgico de Adviento que nos prepara para la Navidad. “Como todos sabemos -ha dicho- la palabra ‘Adviento’ significa ‘venida’, ‘presencia’, y antiguamente indicaba la llegada del rey o del emperador a una determinada provincia. Para nosotros los cristianos, significa una realidad maravillosa y desconcertante. Dios mismo ha atravesado su cielo y se ha inclinado hacia el hombre; ha forjado una alianza con él, entrando en la historia de un pueblo. Él es el rey que ha bajado a esta pobre provincia que es la tierra, y nos ha obsequiado con su visita asumiendo nuestra carne, haciéndose hombre como nosotros. El Adviento nos invita a recorrer el camino de esta presencia y nos recuerda una y otra vez que Dios no se ha ido del mundo, que no está ausente, que no nos abandona; al contrario, nos sale al encuentro de diferentes maneras que tenemos que aprender a discernir. Y también nosotros, con nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad, estamos llamados, día tras día, a entrever esta presencia y dar testimonio de ella en el mundo a menudo superficial y distraído, a hacer que brille en nuestras vidas la luz que ha iluminado la gruta de Belén”.

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HABLAR DE DIOS EN NUESTRO TIEMPO

Posted by on Nov 28, 2012 in Prensa y publicaciones

HABLAR DE DIOS EN NUESTRO TIEMPO

Ciudad del Vaticano, 28 noviembre 2012 (VIS).- “¿Cómo hablar de Dios en nuestro tiempo? ¿Cómo comunicar el Evangelio para abrir caminos a su verdad salvadora?”. Estos han sido los interrogantes a los que el Santo Padre ha querido responder con la catequesis de la audiencia general de los miércoles, que ha tenido lugar en el Aula Pablo VI.

“En Jesús de Nazaret- ha dicho el Papa- encontramos el rostro de Dios que ha bajado de su Cielo, para sumergirse en el mundo de los hombres y enseñarnos el “arte de vivir”, el camino de la felicidad, para liberarnos del pecado y hacernos plenamente Hijos de Dios”.

“Hablar de Dios -ha proseguido- significa, ante todo, tener claro lo que debemos transmitir a los hombres y mujeres de nuestra época: Dios ha hablado con nosotros,(…) no un Dios abstracto, una hipótesis, sino un Dios concreto, un Dios que existe, que ha entrado en la historia y está presente en la historia; el Dios de Jesucristo (…) como respuesta a la pregunta fundamental de por qué y cómo vivir. Por eso hablar de Dios requiere un continuo crecimiento en la fe, una familiaridad con Jesús y su Evangelio, un profundo conocimiento de Dios y una fuerte pasión por su proyecto de salvación, sin ceder a la tentación del éxito (…) sin temor a la humildad de los pequeños pasos y confiando en la levadura que entra en la masa y hace que crezca lentamente. Al hablar de Dios, en la obra de la evangelización, bajo la guía del Espíritu Santo, necesitamos recuperar la simplicidad, regresar a lo esencial del anuncio: la Buena Nueva del Dios concreto, que se interesa por nosotros, del Dios-amor que se acerca a nosotros en Jesucristo, hasta la Cruz ,y que en la Resurrección nos da esperanza y nos abre una vida que no tiene fin, la vida eterna”.

El Papa ha recordado que para San Pablo, comunicar la fe “no significa manifestar el propio yo sino decir abierta y públicamente lo que ha visto y sentido en el encuentro con Cristo, lo que ha experimentado en su vida ya transformada por ese encuentro. El Apóstol no se contenta de proclamar con las palabras, sino que implica toda su existencia en la gran obra de la fe(…) Para hablar de Dios, hay que dejarle sitio, con la confianza de que es Él quien actúa en nuestra debilidad: dejarle espacio sin miedo, con sencillez y alegría, con la profunda convicción de que cuanto más el centro sea Él y no nosotros, más será fructífera nuestra comunicación (…) Y esto es válido también para las comunidades cristianas que están llamadas a mostrar la acción transformadora de la gracia de Dios, superando individualismos, cierres, egoísmos, indiferencia y viviendo en las relaciones diarias el amor de Dios. Tenemos que ponernos en marcha para ser siempre y realmente anunciadores de Cristo y no de nosotros mismos”.

En este punto , ha proseguido, debemos preguntarnos “cómo comunicaba Jesús. Jesús (…) habla de su Padre – Abba lo llama – y del Reino de Dios, con los ojos llenos de compasión por los sufrimientos y las dificultades de la existencia humana. En los evangelios vemos cómo se interesa por todas las situaciones humanas que encuentra, se sumerge en la realidad de los hombres y mujeres de su tiempo, con una plena confianza en la ayuda del Padre(…) En Él, anuncio y vida están entrelazados: Jesús actúa y enseña, siempre a partir de una relación profunda con Dios Padre. Esta forma se convierte en una indicación fundamental para los cristianos: nuestro modo de vivir en la fe y en la caridad se transforma en un hablar de Dios hoy, porque demuestra, con una existencia vivida en Cristo, la credibilidad y el realismo de lo que decimos con palabras. Tenemos que prestar atención a interpretar los signos de los tiempos en nuestra época, a individuar el potencial, los deseos y los obstáculos de la cultura contemporánea; en particular el deseo de autenticidad, el anhelo de trascendencia, la sensibilidad por la salvaguardia de la creación, y comunicar sin temor la respuesta que ofrece la fe en Dios”.

“Hablar de Dios significa, por lo tanto, hacer entender con nuestras palabras y nuestras vidas que Dios no es un competidor de nuestra existencia, sino, al contrario el verdadero garante, el garante de la grandeza de la persona humana. Así que volvemos al principio: hablar de Dios es comunicar, con la fuerza y la sencillez, con la palabra y la vida, lo que es esencial: el Dios de Jesucristo, ese Dios que nos ha mostrado un amor tan grande como para encarnarse, para morir y resucitar por nosotros; ese Dios que nos invita a seguirlo y dejarnos transformar por su amor inmenso para renovar nuestra vida y nuestras relaciones; el Dios que nos ha dado a la Iglesia, para caminar juntos y, a través de la Palabra y los Sacramentos, renovar toda la ciudad de los hombres para que pueda llegar a ser la Ciudad de Dios”, ha concluido el Santo Padre.

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