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Sembrando Esperanza

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CUANDO DIOS MANDA ANGELES CON ROPAJE HUMANO (2° PARTE )

Después de haberse ido todos, Doña Tomasa se quedó profundamente golpeada por las palabras de Pedrito, desde aquel momento ella comenzó a ponerle más atención a Pedrito.  Ella notaba que mientras más ánimos le daba, más entusiasmado reaccionaba él.  Al final del año, se convirtió en el alumno más destacado de su clase, y a pesar de que la maestra había dicho el primer día de clase que todos los alumnos iban a ser tratados por igual, Pedrito se convirtió en su alumno preferido.

Pasaron cuatro años y Doña Tomasa recibió una nota de Pedrito, la cual decía que se había graduado de la secundaria y que había terminado en tercer lugar.  También le decía que ella era la mejor maestra que él había tenido.

Después de seis años Doña Tomasa volvió a recibir noticias de Pedrito.  Esta vez le escribía que se le había hecho muy difícil, pero que muy pronto se graduaría de la universidad con honores, y le aseguró a Doña Tomasa que todavía ella seguía siendo la mejor maestra que había tenido en su vida.

Pasan cuatro años más, cuando ella vuelve a saber de Pedrito. En esta carta él le explicaba que había adquirido su postgrado y que había decidido seguir su educación.  En esta carta, también le recordaba que ella era la mejor maestra que había tenido en su vida.  Esta vez la carta estaba firmada por «Dr. Pedro Altamira».

Bueno, el cuento no termina en eso.  En la primavera, Doña Tomasa volvió a recibir una carta del Dr. Pedro donde le explicaba que había conocido a una muchacha con la cual se iba a casar y quería saber si  podía asistir a la boda y tomar el lugar reservado usualmente para los padres del novio.  También le explicaba que su papá había fallecido varios años atrás.

Claro que Doña Tomasa aceptó con mucha alegría y el día de la boda se puso aquel brazalete sin brillantes que le había regalado y también el perfume que la mamá de Pedrito usaba.  Cuando se encontraron, se abrazaron muy fuerte y el Dr. Altamira le dijo en el oído muy bajito: «Doña Tomasa, gracias por haber creído en mí.  Gracias por haberme hecho sentir que era importante y que yo podía hacer la diferencia».  Doña Tomasa, con lágrimas en los ojos, le respondió: «Pedro, estás equivocado.  Tú fuiste el que me enseñó que yo podía hacer la diferencia.  ¡Yo no sabía enseñar hasta que te conocí a ti!».

Tal vez hoy sea el día para reconocer y agradecer a todas las maestras y maestros “Tomasa o Tomás”, que nos han acompañado en nuestra vida, que con paciencia y esperanza, sí han creído en nosotros, y como buenos artesanos, nos han ido modelando, formando y, con ilusión, han ido infundiendo en nuestros corazones valores, virtudes y sobre todo, nos han proyectado para un futuro de superación y de éxito.  GRACIAS MAESTRA TOMASA Y A TODOS LOS QUE FORMARON Y FORMAN PARTE DE LO QUE HOY SOMOS.

               

 

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