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Historias y anécdotas

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Dionisio el Viejo, tirano de Siracusa durante cuarenta años, después de haber vencido repetidas veces a los cartagi­nenses y haber extendido su reino hasta Reggio y Crotona, temía tanto perder las riquezas y la vida que llevaba conti­nuamente debajo de sus vestidos una coraza de hierro, se hacia afeitar por sus hijos, por temor al barbero,

En cierta ocasión un mal cazador disparó contra un ganso salvaje (así reza el cuento), pero no pudo quitarle más que las plumas de la cola. Y tan desgraciado fue el pobre animal, que no le quedaron más que dos plumas. ¡Pobre ganso! Todos se reirían de él. En vista de esto resolvió emprender una vida errante. Después

En la mitología hay una fábula que os voy a repetir porque hasta del error podemos nosotros sacar una enseñanza de verdad. Es la conocida fábula de Narciso. Narciso se miró una vez en una fuente de agua y tal era la ceguera de su vanidad, que quedó enamorado de sí mismo. Pare­cióle ajena hermosura lo que

Las pequeñeces tienen un poder enorme en la vida moral. Napoleón tenía un talento soberano y habría podido servir muchísimo a la humanidad. Pero le hizo tropezar y causó su propia perdición un solo defecto: su vanidad sin medida.

Alcibíades, dijo en una ocasión con orgullo ante su maestro Sócrates cuántas haciendas y tierras tenía en las cercanías de Atenas. Sócrates sacó un gran mapa: "Muéstrame, ¿dónde está Asia?" Alcibíades mostró un gran continente. "Bien, y ahora, dónde está Grecia?" Y también se la mostró, pero ¡qué trozo de tierra más pequeño en comparación de

Huyendo Napoleón de la desastrosa derrota de Waterloo, se hospedó una noche en una humilde posada sobre cuyas negruzcas paredes se veía un retrato de Luis XVI. — ¿Quién es éste? — preguntó a la posadera. — Nuestro rey — respondió ella. Hacía tiempo que el rey y toda la familia real, habían sido decapitados, hacía tiempo que Napoleón,

Conocéis a ese gran emperador que conquistó Grecia, Persia, Arabia, Egipto. La tierra tembló en su presencia, pero la muerte no le tuvo compasión. Murió Alejandro Magno, y cuatro viejos generales cargaron su cadáver, encerrado entre cuatro tablas. Y otro viejo gene­ral que los seguía, señalando con la las cercanías de Atenas. Sócrates sacó un gran mapa: "Muéstrame,