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Historias y anécdotas

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Estamos en el infierno. Llegan dos pecadores. Uno fue asesino; el otro, escritor de novelas pornográficas. Recibieron dos castigos diferentes: fuego intenso y rápido para el asesino; fuego lento por toda la eternidad para el escritor. Temblando, el escritor había preguntado: - ¿Por qué esta discriminación? Yo no he robado, ni matado a nadie, y se me castiga

La señora Edison decidió en una ocasión que su marido necesitaba unas vacaciones, y se lo dijo. - Pero, adónde vamos a ir? -preguntó el inventor-. Como la cuestión era salir a cualquier parte, estaba dispuesta a dejarle a él por completo la elección del sitio. - Piensa en el lugar en que te encontrarás más a gusto-le dijo-. - Lo

Cuéntase en la vida de san Francisco de Asís que, estando una vez el santo tiritando de frío y careciendo de ropa con que abrigarse por haberse hecho pobre, le dijo por burla un conocido suyo: - Francisco, véndeme una gota de sudor. El santo le contestó con mansedumbre: - No puedo, porque las he dado todas a Jesucristo.  

No te espante o retraiga la pobreza en la que acaso naciste y en que vives todavía: en la escasez y en el trabajo rudo y tesonero se han forjado los grandes caracteres de nuestra raza. Fray Luis de Granada, el hijo de una lavandera, es el príncipe de los prosistas españoles del S. XVI. Pizarro, de pastor

Un día dijo un niño a su madre: - Mamaita, tú has dicho que nada se pierde. A dónde, pues, van a parar nuestros deseos, esos que nadie ve? - A la presencia de Dios-respondió- y allí se quedan. - Ahí se quedan -repitió el niño, conmovido; luego bajó, la cabeza y, reposándola en el seno de su madre,

En una espléndida madrugada de julio, dos estudiantes emprendieron el camino para escalar la cumbre del Lommic. Ambos nacieron en la gran llanura húngara, y nunca habían visto montañas tan magníficas y gigantescas. Al ritmo de una canción alegre, iban caminando de prisa, y riéndose dejaron atrás a un anciano que, al parecer, también se dirigía

Se hallaba en la cárcel de Zaragoza, puesto ya en capilla, un asesino; y como un sacerdote le hablase de cosas santas, le interrumpió diciendo: — ¡Ah, padre!, si en lugar de enseñarme en la escuela la doctrina cristiana me hubiesen enseñado el código penal, no me vería hoy en capilla y mañana en el palo. — Pues