CUARESMA, REGRESO A CASA (1° PARTE)
Hemos comenzado un camino de oración, reflexión; un camino de conversión, es decir, un momento para reflexionar sobre nosotros mismos y ver si realmente el deseo de ir a Dios, buscarle y encontrarle es real y no se queda en un simple deseo de buena voluntad. Si me he salido del camino: volver a él; si me encuentro en el camino, pero parado, estancado: renovar fuerzas y ponerme a caminar; si me encuentro caminando: acelerar con más alegría, decisión y optimismo el paso hacia el encuentro con Cristo que me espera.
Te pido Señor, que al iniciar esta Cuaresma me ayudes a buscar el sentido profundo de mi vida: estoy hecho para Ti y mi vida sólo tiene sentido en Ti, en la casa de Dios mi Padre. Salirme de la casa de mi Padre Dios es saborear el sinsabor de la soledad, de la inseguridad, de la maldad del pecado y la destrucción de mi alma.
La Cuaresma ha sido, es y será un tiempo favorable para convertirnos y volver a Dios Padre lleno de Misericordia, si es que nos hubiéramos alejado de Él, como aquel hijo pródigo (Lucas 15, 11-32). Todos conocemos esta parábola: nos encontramos con el hijo menor que le pide a su padre la parte de su herencia y se va a un país lejano, le ofendió con una vida indigna y desenfrenada.
REFLEXIONEMOS PRIMERO EN EL HIJO MENOR:
Amado por su amantísimo padre con amor paterno, cariñoso, afectuoso. Era su Benjamín, el más querido, la pupila de los ojos del padre, el preferido, aquel en quien el padre estaba más volcado por ser el más pequeño. ¡Cuánto amor! ¡Cuántas caricias! ¡Qué detalles!
Pero el hijo, aunque vivía en la casa de este estupendo padre, tenía sus castillos en el aire, vivía con el corazón fuera de su casa, soñaba en placeres, diversiones, vida regalada y desenfrenada, libre de todo: del reglamento y las normas que dictaba su padre con tanto amor por el bien de ese hijo. «¡Ya está bien! Ya soy grandecito, tengo mis derechos, quiero hacer lo que quiero, como mis amigos». Vivía físicamente con el cuerpo en su casa, pero su pensamiento y su corazón estaban a años luz del calor y del corazón de su padre amoroso.
¿Será que yo, como él, esté viviendo y sintiendo este mismo pensamiento, sentimiento, cansado de horarios, reglas, limpieza, cuidados?… Ya está bien, yo soy grandecito, necesito de mis tiempos, de mi diversión, de mis vacaciones… ya no me siento a gusto, como que siento que me ata. ¿Hacia dónde estoy mirando, mi corazón, mis tiempos, mis anhelos y deseos?…
Pero esta situación no podía durar mucho. No aguantó tanto cariño, tanta caricia de su padre y se fue. ¿Pero qué puede hacer un hijo pequeño fuera de la protección, del cariño del papá? ¿A dónde dirigirá sus pasos un joven menor de edad, sin el consuelo, la guía, el sostén de su papá? Dejó el hogar, ese hogar en que había nacido y crecido, que encerraba tantos abrazos, mimos y besos de su queridísimo padre; ese hogar en que comía y se alimentaba en la mesa junto con su padre y su hermano.
Y se va a un país lejano, ¡el país del pecado, de la indiferencia, del egoísmo, de mis proyectos y deseos! Es lejano, porque el pecado nos aleja de la casa, del amor, del corazón de Dios nuestro Padre; país de nuestros papás, hermanos o hijos, de nuestras esposas, lejano y frío, mientras que en su casa encontraba calor y afecto. País lejano y oscuro, mientras que en casa había luz. País lejano e inseguro, mientras que en su casa había protección. ¡Qué horrible región el pecado! Dios no nos ha hecho para el pecado, para la muerte del alma. Dios nos ha creado para Él, para realizar una misión en un lugar y tiempo concretos, para que seamos felices en su casa, para abrirnos su intimidad y enseñarnos su corazón, para llevarnos al cielo. Estamos hechos para Dios, a la medida de Dios. Sólo Dios nos va a saciar.
Y, ¿qué ganó con marcharse? Hambre atroz: insatisfacción y vacío espiritual tremendo que le mataba y carcomía el alma; hambre del cariño y del amor de su padre. Esclavitud humillante y vergonzosa: apacentar puercos. Pérdida de su dignidad: con el pecado perdemos a Dios y su gracia, la paz en la conciencia.
Oh, pecado, ¿qué tienes de atractivo si así nos dejas? ¿Por qué te escogemos si tan maltrechos quedamos después de disfrutar de ti? Dame Señor, odio a muerte al pecado en mi vida. Que en esta Cuaresma profundice en la malicia, en lo horrible del pecado para mí que quiero ser amigo de Cristo.
Pero, ese hijo volvió. Esto es lo hermoso del pasaje evangélico. Volvió al amor de su padre, le pidió perdón con sincero arrepentimiento, prometió cambiar de vida y de no volver a tomar decisiones incorrectas. Fuera de la casa del padre, no se encontraba bien, no era feliz; sólo encontró desazón, infelicidad, intranquilidad, congoja, degradación; sólo encontró felicidades pasajeras, inmediatas, superficiales, pero pensaba ¿cómo le recibiría su padre?
En un momento de lucidez y humildad reconoce su falla, y pide perdón desde su corazón, se levanta y comienza el camino de regreso; este es un joven que recapacita, que analiza y retoma el camino verdadero, un camino que le devolvería la paz que antes tenía y que había perdido.