DECALOGO PARA NAVIDAD
“Nadie invocaba tu nombre, nadie salía del letargo para adherirse
a ti; porque tú nos escondías tu rostro y nos entregabas a nuestras
maldades” (Isaías 64,6). ¿Cómo no quedar impresionados por
esta descripción? Parece reflejar ciertos panoramas del mundo
postmoderno: las ciudades donde la vida se hace anónima y horizontal,
donde Dios parece ausente y el hombre, el único amo como si fuera
él el artífice y el director de todo: construcciones, trabajo, economía,
transportes, ciencias, técnica, todo parece depender solo del hombre.
A veces, en este mundo que parece casi perfecto, suceden cosas
chocantes, tanto en la naturaleza como en la sociedad. Situaciones
que nos hacen pensar que Dios pareciera haberse retirado, que nos
hubiera, por así decir, abandonado a nuestra suerte.
En realidad, el verdadero “dueño” del mundo no es el hombre, sino
Dios. Este tiempo navideño viene cada año a recordarnos esto para
que nuestra vida reencuentre su justa orientación hacia el rostro
de Dios. El rostro no de un amo, sino de un Padre y de un amigo.
“Señor, tú eres nuestro Padre; nosotros somos de arcilla y tú el que
nos plasma, todos nosotros somos obra de tus manos” (Isaías 64,7).
“3 (Benedicto XVI, I domingo de Adviento, adaptado).
En este tiempo tan hermoso en el que celebramos la venida del Señor
les comparto un decálogo para vivir esta período que nos lleva a su
encuentro y nos conduce a Belén a entrar al pesebre y, desde dentro,
vivir la Navidad.
1. Escuchemos con más atención la Palabra del Señor. ¿Cómo vamos
a hablar de aquello que no conocemos? “El que escucha la palabra y
la entiende, ése dará fruto” (Mateo 13, 23). Dediquemos un tiempo
para reflexionarla, vayamos a Misa y escuchemos con más atención
lo que el Señor quiere decirnos. Abramos nuestro corazón y en el
silencio de nuestra alma escuchémoslo.
2. Coloquemos, en un lugar relevante de nuestra casa, la Biblia.
“Donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Mateo 6,19-23). Cada
día que pasemos por enfrente de ella, dirijamos una breve oración:
“Acrecienta mi fe y mi amor en tu palabra”. Aprendamos a descubrir
allí la voz del Señor que habla a nuestro corazón, entendimiento y
voluntad. Allí se encuentra la intención del Señor que quiere salir a
nuestro encuentro para indicarnos el camino.
3. Adornemos el exterior de la puerta de nuestra casa con la Corona
de Adviento. ¿Qué significa? Entre otras cosas, que nuestra familia
prepara la Navidad con sentimientos cristianos. “Velad, pues, porque
no sabéis ni el día ni la hora” (Mateo 25, 1-13). Cuatro semanas,
cuatro velas, que nos indican la necesidad de estar vigilando con
las lámparas encendidas en espera del Señor, llenos de esperanza y
gozo.
4. Vivamos y celebremos con interés la Eucaristía. No nos conformemos
con participar en la misa dominical. ¿No tomamos todas las mañanas
un café? ¿No nos sentamos a la mesa al mediodía todos los días?
¿Acaso Dios y nuestra vida interior no merecen un poco más? “Donde
dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”
(Mateo 18,20). Recibamos a Jesús con profunda gratitud y adoración,
es El Mesías que viene a salvarnos y a alimentarnos.
5. ¿Cuánto hace que no buscamos el sosiego, la soledad, la
contemplación en el interior de una iglesia? Procuremos, en este
tiempo de adviento, tener esa experiencia: el encuentro personal,
sin más añadidos que el silencio, con Dios que viene a nuestro
encuentro. Será una sensación muy oxigenante para nuestra vida.
“Señor, enséñanos a orar”. (Lucas 11, 1)
6. El Papa Francisco nos recuerda constantemente una exigencia
actual: la Nueva Evangelización. ¿Transmitimos las verdades cristianas
en nuestra familia? ¿Bendecimos la mesa antes de comer? ¿Nos
santiguamos en el momento de salir a la calle, emprender un viaje
o pasar por delante de una iglesia? La Nueva Evangelización no
es el hacer cosas nuevas sino el recuperar lo esencial: no dejarnos
“descafeinar” por el secularismo galopante. “Porque el que se
avergüence de mí y de mis palabras, de éste se avergonzará el Hijo
del Hombre cuando venga en su gloria, y la del Padre, y la de los
santos ángeles” (Lucas 9,26). Tenemos que llevar esta Buena Nueva
a todos los hombres.
7. No olvidemos, en este tiempo navideño, la presencia y la figura de
la la Virgen María. Nunca una mujer tan sencilla fue tan feliz por dentro
y por fuera. ¿Rezamos el Ángelus? ¿Cuánto hace que no visitamos un
santuario mariano o que no rezamos el Ave María? “Desde ahora me
dirán bienaventurada todas las generaciones” (Lucas 1,48). Gracias al
“sí” de María nos ha venido El Salvador, ¿cómo no estar agradecidos
con la Santísima Virgen María?
8. El Adviento es una puerta abierta a la esperanza. ¿Cuáles son
nuestros sueños? ¿En dónde están puestas nuestras metas? ¿Juega la
fe un papel fundamental en nuestra vida? ¿Testimoniamos nuestra fe
allá donde nos encontramos?
No nos dejemos asediar por la timidez. No encerremos dentro de
nosotros aquello que en Navidad es lo más grande: Cristo. “Y sabed
que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”
(Mateo 28,16-20)
9. Acaba de terminar el “Año de la Fe”. ¿Por qué no iniciamos ahora
nuestro interés por el Evangelio? Tal vez, un regalo para el alma, el
espíritu y el bienestar físico y moral, es el Evangelio. ¡Comprémoslo
y…obsequiémoslo! “Lo que hiciereis con uno de estos pequeños, a
mí me lo hacéis” (Mateo 25,40)
10. El Adviento y la Navidad son un despertador de nuestra conciencia
cristiana. Nos hacen tomar posiciones. No solamente somos
oyentes. Debe de ser un tiempo privilegiado para, con persuasión
y convencidos de lo que somos y de la Navidad que deseamos vivir,
mantener la tensión espiritual de nuestra vida. Que no nos engulla el
ambiente consumista. Que, lejos de deshacernos como un azucarillo
en el agua, nos mantengamos a flote anunciando lo que está por
venir: JESÚS.
Cuántas oportunidades para vivir estos días santos, cuántos medios
a nuestro alcance. Allí están todos. Ahora nos toca a ti y a mí
aprovecharlos. Con un sencillo “sí quiero” podemos cambiar nuestra
vida.