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Sembrando Esperanza

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JESUS NACE EN UNA NOCHE DE SILENCIO

Vayamos por un momento a la escena del nacimiento. Contemplemos el cumplimiento de la promesa.  Jesús nace en el silencio de la noche.  Sin más alardes que este: NACER.

¡Qué enseñanza tan grande! A Jesús hay que buscarlo precisamente aquí: en el silencio, lejos del bullicio.  A Jesús no se le encuentra en el bullicio de las fiestas, sino en el silencio, ¿en el silencio de dónde?, ¿será en el silencio de las Iglesias?, ¿en el silencio de tu cuarto?, en fin, ¿en el silencio de tu corazón?

¡Hagamos un tiempo pequeño para escuchar a Dios!  Quizá mientras vas en tu auto; sí, quizá sea buena idea: no pongas la radio y trata de hablar con Él.  En la soledad de tu cuarto, platica con Él; en el silencio de la Iglesia, eleva tu alma hacia Él.

¿Qué realidad se nos presenta? Dios, trascendencia infinita, cuyo rostro no podíamos ver, el innombrable se nos entrega en la figura humana de un niño recién nacido.  Dios se hace uno como nosotros.

Cristo irrumpe en la historia como nosotros lo hemos hecho, pero viene con un fin bien concreto: salvarnos.  Su vida toma sentido en esta realidad: salvarnos.  Y nosotros, ¿qué sentido tiene nuestra vida?

La Navidad es una buena oportunidad para preguntarnos sobre el sentido de nuestra vida: ¿Cuál es mi fin en este mundo?, ¿para qué nací? y ¿hacia dónde voy? Alguno recordará esa poesía de Reyes, Fray Pedro de los que dice:

Yo ¿para qué nací?

            Yo ¿para qué nací? Para salvarme.

            Que tengo que morir es infalible.

            Dejar de ver a Dios y condenarme,

            triste cosa será, pero posible.

            ¿Posible? ¿Y río, y duermo, y quiero holgarme?

            ¿Posible? ¿Y tengo amor a lo visible?

            ¿Qué hago?, ¿en qué me ocupo?, ¿en qué me encanto?

            Loco debo de ser, pues no soy santo.

¿Qué cosa puede haber más débil e indefenso que un niño?  Quizá nada.  Y así nació Jesús, así quiso nacer entre nosotros.

Este año la historia se repetirá: El niño vendrá a nacer totalmente indefenso, indefenso de tu soberbia, de tu egoísmo, de tu racionalismo, de nuestro materialismo, de tu corazón que es un pedazo de hielo frío.  Hoy, como hace más de 2,000 años, Jesús va a necesitar de protección.  Sí, va a necesitar que lo protejas para que pueda nacer en tu corazón.  Cuídalo, prepárale un buen lugar, es pequeño y necesita mucho de tus cuidados.  “La desgracia de nuestros contemporáneos no es que no crean en nada, sino que se lo creen todo” (Chesterton).

Quisiéramos que todo el mundo se congregara en torno a nuestra alegría, a nuestra FE. ¿Que no ha nacido el Salvador?, ¿acaso no todos lo entienden?, ¿no podríamos volver a aquellas sociedades así llamadas cristianas?, ¿no sería este el ideal cristiano?  Así todo el mundo viviría la Navidad.  La televisión dedicaría grandes espacios a hablar de la Navidad. Por las calles todos nos desearíamos: “¡Feliz Navidad!”.  Todas nuestras tarjetas de Navidad llevarían como centro al Niño que viene a nacer.  Todos nuestros adornos navideños girarían en torno a este Niño.  Los centros comerciales estarían vacíos y nuestras Iglesias preñadas de gente.  Los cajeros automáticos sin filas para sacar dinero y en los confesonarios grandes filas de personas que quieren confesarse, ¿cómo no hacerlo si viene Navidad?

¿No es acaso éste el mejor regalo que le podemos hacer a Jesús?, estar a la espera de su venida y recibirlo como se merece, como Dios y como Salvador.  No pierdas esta oportunidad.

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