LAS SEÑALES DE LA PRESENCIA DE DIOS (2° PARTE )
Continuamos con la segunda parte de la historia comenzada la semana pasada. Es maravilloso pensar que en la vida se hacen presentes personas que marcan la diferencia, y que siempre habrá en el mundo almas buenas que están dispuestas a ayudar.
El anónimo personaje había seguido de cerca el caso y solo actuó cuando consideró que era necesario; lo hizo desinteresadamente pero con un propósito claro. Los oyentes, al escuchar lo que había sucedido, quedaron sorprendidos y, sobretodo, agradecidos. De alguna manera el médico se había convertido en un símbolo de lucha para todos.
Al cabo de unos meses, y después de no saber más del caso, el doctor Lozada llegó a los estudios; su figura era otra, su semblante, distinto. Aparte de la notoria recuperación física, sus ojos de nuevo estaban llenos de felicidad, su presencia en el programa no fue otra que contarle a quienes sufrieron su drama la gran noticia: «Gracias a Dios y a un ángel que me envió, estoy curado».
Después de concluida la edición matutina, se reunieron para conocer algunas intimidades del caso, respetando el expreso pedido de ese gran bienhechor. Lo único claro es que aquel hombre no ayudó al joven galeno simplemente porque le conmoviera el caso, sino porque desde que había perdido a su hija de 12 años, víctima de un cáncer, se comprometió ayudar a todo niño que lo pudiera necesitar.
Este hombre se había envuelto tanto en sus negocios, en el poder que brinda el dinero, así como en las comodidades. Tanto que se alejó de su familia convencido de que estaba muy bien; confundió la pureza del hogar con un centro más de operaciones, su riqueza aumentaba y la suerte le sonreía en los negocios. Sin embargo, cuando supo la tragedia que abrigaba a su hija, ni todo el dinero, ni la capacidad de los médicos que la atendieron, ni los adelantos tecnológicos del momento, pudieron evitar que la menor falleciera en menos de un año.
Desde ese entonces aquel millonario utilizó al dinero para entregar esperanza, para ayudar. Pese a lo trágico de la vivencia, su relación con Dios aumentó cuando supo que el dios de la tierra, ese que se traduce en unos pedazos de papel, lo había enceguecido hasta el punto de renunciar al amor y al cariño de su familia; cambió la sonrisa de su hija por unos muebles finos, joyas, lujos; al final, teniéndolo todo, no tenía nada.
Pero… ¿por qué ayudó al doctor, si éste no era un niño? Allí estuvo lo maravilloso del encuentro. El buen samaritano le colabora al médico sabiendo que, al estar tan cerca de la muerte, su concepto de la vida cambiaría radicalmente. Por eso le solicitó que se dedicara a ayudar a los niños más desfavorecidos sin pedir nada a cambio, si lograba superar la enfermedad; solamente con la promesa de devolverle a Dios el milagro de seguir vivo, pero ahora, contrario a lo que pensaba cuando iniciaba su carrera, con un propósito claro de servicio.
Hoy, aparte de seguir siendo buenos amigos, existen dos hombres que, sintiendo que la vida era injusta con ellos en algún momento, fueron conectados por la Gracia del Señor para servirle a Él, aprovechando sus mejores recursos. El doctor Lozada alguna vez, cuando estaba curado, admitió que su fe en Dios nunca existió en los momentos más cruciales. Por eso, después de todo lo sucedido, no le quedaba la menor duda de que Él es solo amor y que pese a nuestras dudas y desaciertos, su poder y misterio no admiten discusión.
Así es Dios y su presencia, agradezcamos siempre a Dios cuando permita pequeños o grandes sufrimientos, sobre todo agradezcamos a todas las personas que nos han acompañado y han estado al pie de la cama, consolando, animando, dándonos un poco de alegría, ofreciéndonos de su hermoso tiempo para decirnos que nos aman.
Informes libros Sembrando Esperanza: 298 6679, 779 6128, 044 (477) 142 8526