PREPARANDO LA NAVIDAD EN MI CORAZON Y EN MI FAMILIA (1° PARTE)
Todos, quien más, quien menos, aguardamos con ansia estos días y
este período navideño. Lo esperamos para cambiar de rutina, para
relajarnos después de tanto estrés, de mucho trabajo, compras,
viajes, etc. Asimismo, es tiempo de sacar cuentas y hacer el balance
del año que termina. Para unos será salir de viaje, para otros será un
tiempo especial para pasar en familia después de meses sin verse;
mientras que otros tendrán la oportunidad de conocer los últimos
centros comerciales de la ciudad. Hacer tantas y tantas cosas que
no hacemos durante el año. Sin embargo, el período de Navidad no
lo debemos reducir solo a eso, es mucho más ¡y ustedes muy bien lo
saben!
La Navidad no solo tiene que ver con pinos, con gorditos vestidos
de rojo a quienes llamamos Papá Noel, Reyes Magos, regalos, con el
buen comer, el no seguir la dieta y el descansar. Obviamente, quien
así piensa está muy lejos del verdadero sentido de la Navidad, ya
que la razón de la Navidad no viene dada en las cosas, sino en las
personas y, sobre todo, en una persona, un niño: El Niño Jesús.
¡Qué hermoso es tener un período para prepararnos de verdad para
este momento cumbre de nuestra historia personal y universal! Cristo,
con su venida, cambió y dividió en dos la historia: a partir de entonces
existe un antes y un después de Cristo.
Esa persona que da sentido a la vida es la que debe también dar
sentido a nuestra existencia personal.
Por eso queremos vivir este período navideño con lecciones que
podamos sacar de esa cueva sencilla y maravillosa de Belén, y así
vivir la Navidad con alegría, paz y amor, oración y pureza. Con qué
facilidad podemos pensar en otros objetivos, en distintas formas de
vivirla. Con qué facilidad nos podemos distraer, pensando solo en
regalos, compras, comida, cohetes y fuegos artificiales, siendo todo
esto lo menos importante.
Pidamos a Jesús con amor y humildad: “Señor, el hecho de que Tú
hayas querido hacerte hombre es una realidad excelsa. No podemos
calibrar ni por asomo lo que ello significa. Ayúdanos, Señor a
agradecer tu nacimiento, para estar preparados siempre. Que Tú
llames a la puerta de nuestra gruta, para tener un corazón abierto a
tus necesidades y a las necesidades de los demás”.
Les comparto algunas pautas para refrescar y para recordar lo
esencial durante este período navideño. Como clave necesaria e
imprescindible para la vivencia de esta época existen unas virtudes
que muy pocas veces unimos a este tiempo navideño. Mi deseo
es que todos nos pongamos las pilas y nos exijamos un poco más
por vivirlas con un gran corazón, sin falsedad, sin condiciones ni
obstáculos. Que seamos generosos para con el Niño Jesús en el don
de nosotros mismos a los demás.
En la medida en que nosotros como cristianos vivamos con
autenticidad, con coherencia, cariño y esfuerzo estas virtudes
implicadas en el nacimiento, en esa medida nuestras familias también
las vivirán y se adentrarán en el misterio del nacimiento de Dios, el cual
es comprensible para las almas con ciertas cualidades espirituales.
La primera virtud que se presenta obligada en este período es la
paz. Esta palabra diminuta y sencilla tiene una gran fuerza en estos
momentos. Cristo nace y el mundo no lo acepta. ¿Por qué? Simple
y sencillamente porque no vive en paz. Hay violencia, rencores,
sentimientos de venganza, injusticias; además se respira un ambiente
tenso, nos sentimos esclavos de un sistema que nos impone modos
de vivir, de tener y de actuar. Cristo es la paz y esto da sentido para
prepararnos para su venida. Si no tenemos paz es como esperar la
venida de Él sin Él. Es una contradicción.
“Gloria a Dios en el cielo, y paz en la tierra a los
hombres que Él ama…” (Lucas: 2, 14).
¿Cómo podemos exigir la paz en el mundo, la paz en nuestra
sociedad, en nuestro trabajo y familia, si no llevamos la paz por
dentro? Debemos examinarnos y analizar si estamos en paz con
nosotros mismos. Es muy hermoso comentar, criticar, dar “soluciones
teóricas” acerca de diversas situaciones, -total, esas bombas no
caen sobre mi cabeza, sino a miles de kilómetros de mi casa…- pero
cuando es una situación que yo tengo que generar, de paz interior, de
bienestar familiar, de caridad y comprensión, ¡ah! Entonces sí tengo
mil excusas y mi corazón se pone a mil.
Es importante no hacernos vanos formulismos: Si no llevamos una
vida de oración estable, si ahora mismo, aquí, tenemos algo en contra
de alguien -aunque no lo queramos aceptar-, si creemos “que los
problemas no vienen de mí y soy la persona perfecta”, entonces no
existe paz en nuestro corazón; lo que existe es un deseo, un amago
de paz, pero no la paz del corazón que viene de Dios.
Dios obra en la paz, porque Dios es Paz. Creo que entendemos
fácilmente por qué necesitamos un corazón lleno de paz en esta
preparación para la Navidad.
“En el pesebre contemplamos a aquel que se despojó de la gloria
divina para hacerse pobre, movido por el amor al hombre. Junto
al pesebre, el árbol de Navidad, con el centelleo de sus luces, nos
recuerda que con el nacimiento de Jesús florece de nuevo el árbol de
la vida en el desierto de la humanidad. El pesebre y el árbol, símbolos
preciosos, que transmiten a lo largo del tiempo el verdadero sentido
de la Navidad”.4 (25 de diciembre de 2003, San Juan Pablo II). Dios
que viene al mundo a traernos el don de la paz.
Ante las situaciones de hoy y también ante los dolores de ayer, les
invito a vivir de corazón, a contemplar el misterio del pesebre y a
descubrir en el Niño Dios el don del amor, de la reconciliación y de
la paz: una luz de esperanza para todos nosotros que creemos en la
venida del Señor.