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Sembrando Esperanza

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SANTIDAD III PARTE

Aún las buenas acciones carecen de valor cuando no están sazonadas por la virtud de la humildad. Las más grandes practicadas con soberbia, en vez de ensalzar, rebajan. El que acopia virtudes sin humildad, arroja polvo en el viento, y donde parece que obra provechosamente, allí incurre en la más lastimosa ceguera. Por lo tanto, hermanos mantened en todas vuestras obras la humildad. (San Gregorio Magno).

No tengas por más excelente, nada por más amable que la humildad. Ella es la que principalmente conserva las virtudes, una especie de guardianas de todas ellas. Nada hay que nos haga más gratos a los hombres y a Dios como ser grande por el merecimiento de nuestra vida y hacemos pequeños por la humildad. (San Jerónimo)

Si quieres ser grande, comienza por ser pequeño; si quieres construir un edificio que llegue haya el cielo, piensa primero en poner el fundamento de la humildad. Cuanto mayor sea la mole que se trate de levantar y la altura del edificio, tanto más hondo hay que cavar el cimiento. Y mientras el edificio que se construye se eleva hacia lo alto, el que cava el cimiento se abaja hasta lo más profundo. El edificio antes de subir se humilla, y su cúspide se erige después de la humillación (San Agustín Sermón 69).

La humildad es el fundamento de todas las demás virtudes. Quien desea servir a Dios y salvar su alma, debe comenzar por practicar esta virtud en toda su extensión. Sin ella nuestra devoción será como un montón de paja muy voluminoso que habremos levantado, pero al primer embate de los vientos queda derribado y desecho. El demonio teme muy poco esas devociones que no están fundadas en la humildad, pues sabe muy bien que podrá echarlas al traste cuando le plazca. (Santo Cura de Ars).

Si el orgullo es la fuente de toda clase de vicios podemos también afirmar que la humildad es la fuente y el fundamento de toda clase de virtudes; es la puerta por la cual pasan las gracias que Dios nos otorga; ella es la que sazona todos nuestros actos, comunicándoles tanto valor y haciendo que resulten tan agradables a Dios; finalmente, ella nos constituye dueños del Corazón de Dios, hasta hacer de él, por decirlo así, nuestro servidor. Pues nunca ha podido Dios resistir a un corazón humilde (Santo Cura de Ars).

Una vez estaba yo considerando por qué razón era Nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y se puso  delante a mi parecer sin considerarlo, sino de presto, esto: que es porque Dios es suma verdad, y la humildad es andar en la verdad (Santa Teresa, Moradas 4).

El verdadero humilde siempre anda dudoso en virtudes propias, y muy ordinariamente le parece más ciertas y de más valor las que ve en sus prójimos (Santa Teresa, Camino de Perfección 38).
Nadie confíe en sí mismo al hablar; nadie confié en sus propias fuerzas al sufrir la prueba, ya que si hablamos con rectitud y prudencia, nuestra sabiduría proviene de Dios, y si sufrimos los males con fuerza, nuestra paciencia es también don suyo (San Agustín).
Abre lo ojos de tu alma y considera que no tienes nada tuyo de qué gloriarte. Tuyo sólo tienes el pecado, debilidad y miseria; y, en cuanto a los dones de naturaleza y de gracia que hay en ti, solamente a Dios de quien las has recibido como principio dé tu ser, pertenece la gloria (León XIII)
Al cristiano que bien se conozca todo debe inclinarle a ser humilde, y especialmente estas tres cosas, a saber: la consideración de las grandezas de Dios, el anonadamiento de Jesucristo, y nuestra propia miseria (Santo Cura de Ars).
Adonde el demonio puede hacer gran daño sin entender es haciéndonos creer que tenemos virtudes no las teniendo, que esto es pestilencia (Santa Teresa, Camino de perfección 38)-

Conoceremos si un cristiano que es buena por el desprecio que haga de sí mismo y de sus obras, y por la buena oposición que en todo momento le merezcan los hechos o los dichos del prójimo (Santo Cura de Ars).

Hijo mío, atiende a la humildad, que es la virtud más sublime y la escalera para subir a la suma de la santidad; porque los propósitos sólo se cumplen por humildad, y las fatigas de muchos años por la soberbia quedan reducidas a la nada. El hombre humilde es semejante a Dios, y lo lleva consigo en el templo de su pecho, el soberbio es odioso a Dios y se asemeja al demonio (San Basilio).

Aunque hayáis hecho grandes cosas, decid: somos siervos inútiles. En cambio, la tendencia de todos nosotros es la contraria: ponerse en el escaparate. Humildes, humildes; es la virtud cristiana que interesa a nosotros mismos (Juan Pablo I).

Un tipo de humildad es la humildad suficiente, otro la abundante, y otra la superabundante. La suficiente consiste en someterse al que es superior a uno y no imponerse al que es igual a uno; la abundante consiste en someterse al que es igual a uno y no imponerse al que es menor; la superabundante consiste en someterse a quien es menor a uno mismo (San Bernardo)

No creas que vas a adquirir la humildad sin las prácticas que le son propias, como son los actos de la mansedumbre, de paciencia, de obediencia, de mortificación, de odio de ti mismo, de renuncia a tu propio juicio, a tus oposiciones, de acontecimiento a tus pecados y de tantos otros; porque estas son las armas que destruirán en ti mismo el reino del amor propio (León XIII).
Refiéranse en la vida de San Antonio que Dios le hizo ver el mundo sembrado de lazos que el demonio tenía preparados para hacer caer a los hombres en pecado. Quedó de ello tan sorprendido, que su cuerpo temblaba cual la hoja de un árbol. Y dirigiéndose a Dios, le dijo: «Señor, C]quién podrá escapar de tantos lazos?» Y oyó una voz que le dijo: «Antonio, el que sea humilde; pues Dios da a los humildes la gracia necesaria para que puedan soportar las tentaciones; mientras permite que el demonio se divierta con los orgullosos, los cuales caerán en pecado en cuanto sobrevenga I ocasión. Mas a las personas humildes el demonio no se atreve a atacarlas (Santo Cura de Ars).

La humildad saca al hombre del abismo de sus pecados (San Juan Crisóstomo).

Yo no te oculto mis llagas. Tú eres médico, y yo soy enfermo; tú eres misericordioso y yo soy miserable (San Agustín, Confesiones 10).

Algunos hay guardados de grandes tentaciones, que son vencidos muy a menudo de pequeñas para que se humillen y no confíen en sí en cosas grandes, ya que son flacos en cosas tan chicas (Imitación de Cristo I, 13,8).

Estas dos virtudes, es decir, la humildad y la caridad, son tan indivisibles y tan inseparables que quien se establece en una de ellas de la otra forzosamente se adueña, porque así como la humildad es una parte de la caridad, así la caridad es una parte de la humildad. Si nos paramos a mirar las cosas que el apóstol llamó estériles sin el apoyo de la caridad, observaremos que esas mismas son también infructuosas si falta la verdadera humildad. Y en verdad, que fruto puede dar la ciencia con la soberbia, o la fe con la gloria humana, o la ostentación con la limosna y el martirio con el orgullo.(San Ambrosio).

El que no cabe en todo el mundo se encerró en las entrañas de una Virgen (San Juan Crisóstomo).

Cristo, a quien el universo está sujeto, sujeto estaba a los suyos. (San Agustín)

Pero en último término, no le basta al sacerdote con reflejar más o menos imperfectamente, la luz de Cristo: «Pues no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús, Señor… Porque Dios, que dijo: «Brille la luz del seno de las tinieblas», es el que ha hecho brillar la luz en nuestros corazones para hacer resplandecer la ciencia de la gloria de Dios en el rostro de Cristo.»

 

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