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Sembrando Esperanza

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CUANDO ESTAMOS DISPUESTOS A LLEVAR UNA LUZ DE ESPERANZA

Es maravilloso pensar que a pesar de las malas noticias que escuchamos a diario o que vemos en el televisor, siempre hay hechos de vidas que nos traen un poco de esperanza y de paz a nuestro corazón.  El mundo se jacta y saca provecho de las malas noticias, de los chismes del día, de las fotos amarillistas que sacan para así poder vender más periódicos.  Triste realidad que se contrapone a tantas cosas buenas y edificantes que aparecen en nuestro día a día y que, siendo tan importantes, no las toman en cuenta; claramente se manifiesta en el refrán “hace más ruido un árbol que cae, que mil creciendo en silencio en medio del bosque”.  Formemos parte de esta cadena interminable de cosas buenas y de favores. Estos favorables detalles que están a nuestro alcance son los que  sazonan nuestra vida y las llenan de ilusión.

“Casi no la había visto.  Era una señora anciana con el auto varado en el camino.  El día estaba frío, lluvioso y gris. Alberto se pudo dar cuenta de que la anciana necesitaba ayuda. Estacionó su viejo Pontiac delante del Mercedes de la anciana quien aún estaba tosiendo cuando se le acercó. Aunque con una sonrisa nerviosa en el rostro, se dio cuenta que la anciana estaba preocupada.  Nadie se había detenido desde hacía más de una hora, cuando se paró en aquella transitada carretera.

Realmente, para la anciana, ese hombre que se aproximaba no tenía muy buen aspecto, podría tratarse de un delincuente, mas no había nada por hacer, estaba a su merced. Se veía pobre y hambriento.  Alberto pudo percibir cómo se sentía.  Su rostro reflejaba cierto temor. Así que se adelantó a tomar la iniciativa en el diálogo:

“Aquí vengo para ayudarla señora. Entre a su vehículo que estará protegida del clima.  Mi nombre es Alberto”.

Gracias a Dios solo se trataba de un neumático bajo, pero para la anciana se trataba de una situación difícil. Alberto se metió bajo el carro buscando un lugar dónde poner el “gato” y en la maniobra se lastimó varias veces los nudillos.  Estaba apretando las últimas tuercas, cuando la señora bajó la ventana y comenzó a platicar con él.  Le contó de dónde venía; que tan solo estaba de paso por allí y que no sabía cómo agradecerle. Alberto sonreía mientras cerraba el baúl del coche guardando las herramientas.

Le preguntó cuánto le debía, cualquier suma sería correcta dadas las circunstancias, ya que pensaba las cosas terribles que le hubiesen pasado de no haber contado con la gentileza de Alberto.  Él no había pensado en dinero.  Esto no se trataba de ningún trabajo para él.  Ayudar a alguien en necesidad era la mejor forma de pagar por las veces que a él, a su vez, lo habían ayudado cuando se encontraba en situaciones similares.

Alberto estaba acostumbrado a vivir así. Le dijo a la anciana que si quería pagarle, la mejor forma de hacerlo sería que la próxima vez que viera a alguien en necesidad y estuviera a su alcance el poder asistirla, lo hiciera de manera desinteresada y que entonces… “tan solo dirija una oración por mí”, agregó despidiéndose.

Alberto esperó hasta que al auto se fuera. Había sido un día frío, gris y medio triste, pero se sintió bien en terminarlo de esa forma, estas eran las cosas que más satisfacción le traían. Entró en su coche y se fue.

Unos kilómetros más adelante la señora divisó una pequeña cafetería.  Pensó que sería muy bueno quitarse el frío con una taza de café caliente antes de continuar el último tramo de su viaje.  Se trataba de un pequeño lugar algo descuidado. Por fuera habían dos bombas viejas de gasolina que no se habían usado por años.  Al entrar se fijó en la escena del interior.

La caja registradora se parecía a aquellas de cuerda que había usado en su juventud.  Una cortés camarera se le acercó y le extendió una toalla de papel para que se secara el cabello mojado por la lluvia.  Tenía un rostro agradable con una hermosa sonrisa. Aquel tipo de sonrisa que no se borra aunque estuviera muchas horas de pie. La anciana notó que la camarera estaría de ocho meses de dulce espera, sin embargo esto no le hacía cambiar su sonrisa y su amabilidad.  Pensó en como, gente que tiene tan poco, pueda ser tan generosa con los extraños.

Entonces se acordó de Alberto…

Luego de terminar su café caliente y su comida, pidió a la camarera la cuenta y pagó con un billete de cien dólares. Cuando la muchacha regresó con el cambio constató que la señora se había ido.  Pretendió alcanzarla, correr hacia la puerta vio en la mesa algo escrito en una servilleta de papel al lado de 4 billetes de $100.  Los ojos se le llenaron de lágrimas cuando leyó la nota:

“No me debes nada, yo estuve una vez donde tú estas. Alguien me ayudó como hoy te estoy ayudando a ti.  Si quieres pagarme, esto es lo que puedes hacer: No dejes de asistir y ser bendición a otros como hoy lo hago contigo.  Continúa dando de tu amor y no permitas que esta cadena de bendiciones se rompa”. Aunque había mesas que limpiar y azucareras que llenar, aquel día se le fue volando.

Esa noche, ya en su casa, mientras la camarera entraba sigilosamente en su cama, para no despertar a su agotado esposo que debía levantarse muy temprano, pensó en lo que la anciana había hecho con ella.  ¿Cómo sabría ella las necesidades que tenía con su esposo, los problemas económicos que estaban pasando, máxime ahora con la llegada del bebé? Era consciente de cuán preocupado estaba su esposo por todo esto.

Acercándose suavemente hacía él, para no despertarlo, mientras lo besaba tiernamente, le susurró al oído: Todo va a estar bien, te amo… Alberto.”

Si la sociedad y los individuos que la formamos pensáramos así, qué diferente sería nuestro mundo. Qué hermoso es ver a la gente dispuesta a ayudar, a salir al paso del necesitado, acompañar al que se ha perdido, ayudar a cambiar una rueda al que se le ha dañado. Por el contrario, qué oscuro se ve todo cuando reina la desconfianza, cuando vivimos en medio de temores y nos sentimos inseguros.

Cultivemos desde nuestro interior este deseo de siempre hacer el bien y estar dispuestos a servir a nuestros hermanos, así como Jesús nos lo ha enseñado: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”.

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