EL DIA QUE ME TENGA QUE PRESENTAR DELANTE DE DIOS ( 2° PARTE)
En rápidos y locos movimientos tiré varios cajones, salían metros y metros que parecían no tener fin. Pero no me importaba su tamaño, ni el tiempo que yo tardaría en destruirlos, solo quería ocultar todo aquello. Nadie debería saber el contenido de mis archivos.
Cuando un cajón por fin se salió, lo tiré al piso y descubrí que todas las tarjetas estaban pegadas. Quedé desesperado y tomé muchas tarjetas para rasgarlas… ¡No pude! Entonces tomé solo una, pero era dura como el acero ¡y no pude rasgarla! Lo pensado, lo hablado y vivido, no podía desaparecer.
Derrotado y muy cansado, regresé el cajón en su lugar, puse mi cabeza contra la pared y dejé salir un triste gemido. Fue cuando vi un archivo nuevo, como si nunca hubiera sido usado.
La perilla para jalar el cajón brillaba de tan limpia y el título decía: “Personas con las que hablé de Jesús”.
Tiré el archivo menos de 5 centímetros, pues ya se había terminado el cajón. Saqué todas las tarjetas y las pude contener entre mis dedos. En ese momento me cayeron lágrimas y comencé a llorar muchísimo; el llanto era tan profundo, que ya me dolía el estómago y mi cuerpo temblaba. Caí sobre mis rodillas y lloré más… ¡muchísimo más!
Lloré de vergüenza, lloré de pena. Con los ojos hinchados miré la infinita pared de archivos que parecían regresarme la mirada. Todo estaba allí, toda mi vida, y pensé: ¿qué pasará con todo esto?, ¿quién sabe de toda esta existencia de archivos, que delatan mi vida? Tengo que cerrar esta sala y destruir o esconder la llave.
Cuando secaba mis lágrimas, Lo vi y dije: ¡No! ¡Él no! ¡No aquí! ¡Oh, no!
Pensé, ¡podría ser cualquier persona, menos Jesús! Lo miré, sin poder hacer nada, mientras Él se acercaba a los cajones, empezó a abrirlos uno a uno e iba leyendo sus contenidos. Se imaginarán lo que pasaba por mi cabeza en ese momento: ¿qué me sucederá?
Saber que Jesús estaba ahí presente me tenía los pelos de punta, ni cómo mirarle a la cara.
Yo no veía Su reacción. Aún en los pocos momentos en que me llenaba de suficiente valor para mirar a Su rostro, solo lograba ver una tristeza, mucho más profunda que la mía. ¡Y me parecía que Él iba exactamente a los peores títulos!
Me preguntaba: ¿Él tenía que leer tarjeta por tarjeta? Por fin Él se volteó, se me quedó viendo desde el otro lado de la sala donde estaba. Vi en Sus ojos que sentía lástima por mí, su mirada triste y dulce destellaba compasión y misericordia… No había enojo en Él, solo calma. Bajé la cabeza, tapé mi cara con las manos y comencé otra vez a llorar.
Él caminó hacia mí, me abrazó, pero no me dijo nada, en un momento recordé tantas veces que había experimentado su misericordia; confesando mis pecados, asistiendo a retiros, tantos “Yo confieso ante Dios Todopoderoso y ante ustedes hermanos” en las misas, no sabía si hoy tendrían algún efecto. Estaba nervioso, confundido, pero en mi corazón había esa sensación de paz después de tantas comuniones recibidas a lo largo de mi vida. Y una vez más le pedía perdón al Señor de corazón.