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Historias y anécdotas

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Un barbero librepensador tenía la costumbre de hacer profesión de incredulidad ante los clientes, mofándose de la fe. Pero una vez encontró a quien le respondiese a tono. De un señor que se presentó en su barbería obtuvo esta respuesta: « A un hombre que no cree ni en Dios ni en sanción alguna futura, no le

Mientras el tirano Asclepiades se ensañaba con el mártir San Román, un niño que era llevado en brazos de la madre y que apenas sabía hablar levantó la voz, dirigiéndose al tirano: — ¡Jesucristo es el verdadero Dios!   A lo que preguntó el tirano bruscamente: — ¿Quién te lo ha dicho? — ¡Mi madre! — respondió el niño. — Y, a

Aristóteles (otros dicen Pitágoras), por su vasta doctrina y gran autoridad, era tenido en tal veneración, que bastaba que pronunciase una sentencia o una palabra para admitida como oráculo indiscutible; de donde viene el proverbio: Ipse dixit: «Lo dijo él.»   Mucho más debemos creer a Dios, que no se engaña ni puede engañar.  

El famoso literato francés La Harpe († 1803), poeta de las bacanales parisinas, en un principio aceptó las ideas de la revolución, Ligado amistosamente con los enciclopedistas. Mas, encarcelado como sospechoso, reaccionó en la prisión. ¿De qué modo? Comenzó a preguntarse a sí mismo: « ¿Estoy en lo cierto?» El corazón le respondió que no. Y

VERDADEROS Y FALSOS AMIGOS Eclesiástico  12,8- J 8 Eclesiástico 37, l y siguientes. EL HOMBRE INTERESADO ES UN MAL CONSEJERO Eclesiástico 37,7 Todo consejero da conse- jos, pero hay quien aconseja en su interés. 8 Del consejero guarda tu alma, conoce primero qué necesita -porque en su pro- pio interés dará consejo- no sea que eche sobre ti la suerte,

De Luis de Condé, uno de los más valientes generales del siglo XVII, se cuenta que, todavía niño, tuvo dudas sobre la religión. Encontraba entre sus antepasados a católicos y protestantes. ¿A cuáles seguir? ¿A qué culto atenerse? Pero Condé se puso a estudiar la religión, a leer libros de gente erudita y brilló en su inteligencia

Cuando Napoleón se vio desterrado en Santa Elena y próximo a morir, hizo erigir en su habitación un altar para el santísimo sacramento. El general Bertrand se permitió hacerle observar que «aquel acto era propio de un fraile y no de un soldado y emperador». — Napoleón se incorporó en el lecho y replicó: «En mi habitación

Camille Bellaigue cuenta en Pie X et Rome: «Veo todavía a sus pies [se refiere a Pío X] un joven sacerdote sacudido por sollozos. Suplicaba, instaba en voz baja, como implorando un milagro. Y nunca olvidaré al padre santo estrechando con ternura aquella cabeza descarriada y repitiendo con voz fuerte: «¡La fe! ¡La fe! ¡Nada más

Camille Bellaigue cuenta en Pie X et Rome: «Veo todavía a sus pies [se refiere a Pío X] un joven sacerdote sacudido por sollozos. Suplicaba, instaba en voz baja, como implorando un milagro. Y nunca olvidaré al padre santo estrechando con ternura aquella cabeza descarriada y repitiendo con voz fuerte: «¡La fe! ¡La fe! ¡Nada más