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EL BAUTISMO QUE UN DIA JESUS Y YO RECIBIMOS

“En el domingo de hoy que sigue a la solemnidad de la Epifanía,
celebramos el Bautismo del Señor. Éste fue el primer acto de su vida
pública, narrado en los cuatro Evangelios.
Llegado a la edad alrededor de treinta años, Jesús dejó Nazaret, se
presentó al río Jordán y, en medio de mucha gente, se hizo bautizar
por Juan.
El evangelista Marcos escribió: “En cuanto salió del agua vio que los
cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a
él. Y se oyó una voz que venía de los cielos: “Tú eres mi Hijo amado,
en ti me complazco”. En estas palabras: “Tú eres mi hijo amado” se
revela qué es la vida eterna: es la relación filial con Dios, tal y como
Jesús la vivió y nos la ha revelado y entregado.”6 (Benedicto XVI, 11
de enero de 2009).
El hecho del Bautismo de Jesús nos recuerda, a cada cristiano, que
también un día fuimos bautizados con el agua y el Espíritu y que,
sepultados con Cristo, hemos renacido a una vida nueva. Este hecho

nos ha marcado con un sello imborrable y que en el hoy de nuestra
vida hace la diferencia. No es una ceremonia más, un acto meramente
social, que por tradición nuestros padres lo tienen que hacer. Aunque
no nos hemos dado cuenta, nos ha dejado una impronta: SOY HIJO
DE DIOS Y PUEDO LLEGAR AL CIELO.
“Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no debido a sus obras,
sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor
Jesús, han sido hechos por el Bautismo, sacramento de fe, verdaderos
hijos de Dios…”7 (Concilio V. II, Lumen Gentium, 40)
Se comprende lo que cuentan de San Luis de Francia. Este rey,
cuando alguno de sus hijos recibía el Bautismo, lo estrechaba con
alegría entre sus brazos y le besaba con gran amor: “Querido hijo,
hace un momento solo eras hijo mío, pero ahora lo eres de Dios.”

“El sacramento del Bautismo es el camino, el puente que Dios ha
establecido para encontrarse con el hombre”8 el camino por el que se
nos hace accesible. Es el arcoíris divino sobre nuestra vida, la promesa
del gran sí a Dios, la puerta de la esperanza y, al mismo tiempo, el
signo que nos indica el camino que hay que recorrer en nuestra vida
para alcanzar a Dios, la alegría para encontrarlo y sentirnos amados
por Él.
Con el Bautismo, “devolvemos a Dios lo que ha venido de Él”. Es
un hecho que no somos propiedad de nuestros padres. Hemos sido
confiados por Dios Creador a la responsabilidad de ellos, libremente
y de una forma siempre nueva, para que ellos nos ayuden a ser un
libre hijo de Dios.
Solo si los padres son conscientes de esta realidad, lograrán encontrar
el justo equilibrio de manejar la pretensión de disponer de los propios

hijos como si fueran una propiedad privada.
Tener siempre clara la conciencia de que somos de Dios, nos da
tranquilidad y seguridad; saber que no estamos solos en la vida, que
no vamos solos por este mundo, sino que Dios se encarga, Dios nos
cuida, Dios nos protege y Dios nos indica el camino. Asimismo, nos
enseña el modo para ser buenos instrumentos en sus manos.
No olvidemos nunca esta verdad. Hay cristianos buenos y hay
cristianos malos; hay cristianos ricos y hay cristianos pobres; hay
cristianos santos y hay cristianos pecadores; hay cristianos listos,
hay cristianos menos listos. Pero lo que no existen son cristianos no
bautizados.
Si no estás bautizado puedes ser buena gente, pero no eres cristiano.
El bautismo es el primer paso, absolutamente necesario, para formar
parte de la Iglesia fundada por Cristo.
“Dos hombres que supieron valorar el Bautismo y agradecerlo a lo
largo de su vida fueron San Vicente Ferrer y San Francisco Solano.
El primero, todos los años hasta su muerte, celebró el aniversario
de su Bautismo. Con este motivo mandaba decir Misa de acción de
gracias en la capilla de la Iglesia de San Esteban, de Valencia, donde
de pequeño recibió la gracia sacramental. San Francisco Solano, a
la edad de treinta años, siendo ya religioso franciscano, fue un día a
visitar su pueblo natal de Montilla, y entrando en la iglesia parroquial
de Santiago, en la que había sido bautizado, se fue derecho a la pila
bautismal y, arrodillado en el suelo con la frente apoyada sobre la
piedra, dijo en voz alta el Credo, que al ser bautizado dijeron por él
los padrinos.
Y otro testimonio mucho más reciente. Cuando el Papa Juan Pablo
II estuvo en Polonia en 1979 visitó su pueblo natal, Wadowice. En la
Parroquia se encontró rodeada de flores la pila bautismal donde le bautizaron en 1920. Se arrodilló ante ella y la besó reverentemente”.9
Cfr. R. J. de Muñana, Verdad y vida; Segarra, El Papa y tú.21

“¡Qué grande es el don del Bautismo!”. Si nos diéramos cuenta
plenamente de ello, nuestra vida se convertiría en un “gracias”. ¡Qué
alegría para los padres cristianos que han visto surgir de su amor a una
nueva criatura, llevarla a la fuente bautismal y verla renacer del seno
de la Iglesia, para una vida que nunca tendrá fin! ¡Regalo, alegría,
pero también responsabilidad!” Benedicto XVI, 9 de enero de 2009.10
El bautismo es un gran don de Dios que nos dejó Cristo para que en
Él nos hiciéramos también hijos del Padre. ¡No nos olvidemos como
católicos, que por nuestro bautismo nos hemos hecho herederos del
cielo!
9 Cfr. R. J. de Muñana, Verdad y vida; Segarra, El Papa y tú.2

 

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