GOTAS DE ESPERANZA
Vivía en Valencia una señora extranjera anciana que se veía reducida a una gran estrechez. Con ella vivía una sirvienta, tan anciana como ella. Todas las noches iba a visitar a esa señora doña Francisca Guijarro en compañía de sus hijos (Antonio y Carlos Aparisi), que tenían entonces unos doce y diez años, y le llevaban algún socorro.
Una noche de lluvia torrencial, la sirvienta se empeñó en cerrar la puerta, pensando que de todos modos no vendrían los visitantes cotidianos. Su ama se lo prohibió porque estaba segura de que vendrían.
Señora —dijo la sirvienta—, usted se empeña en que todo lo ha de adivinar… ¿Cómo es posible que vengan con esta lluvia? No vendrán.
Poco después unas voces infantiles resuenan en la escalera; llaman; los niños y la madre, calados hasta los huesos, traen comida a las dos ancianas. La señora, levantando los ojos al cielo y fijándolos luego en su incrédula compañera, exclama:
¿No te dije que no me abandonarían los agentes de la caridad?