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CUANDO EL CANSANCIO TE LLEVA A LIMAR TU CRUZ (2° PARTE)

El joven, entusiasmado pero algo incómodo, recomenzó su camino cargando cruz y hacha; muchas veces queremos disminuir el peso de nuestra cruz y podemos caer en el engaño del demonio, que esa cruz, el peso de esa cruz, no es para nosotros; ¡cómo tenemos que seguir el consejo de Jesús!: vigila y ora, para no caer en la tentación.

Hacía frío en aquel invierno y la cruz era pesada, sobre todo era molesta por su falta de terminación.  Parecía como si las salientes se empeñaran en engancharse por todas partes a fin de retenerlo, y se le incrustaban en la piel para hacerle más doloroso el camino.

Una noche particularmente fría y llena de soledad, se detuvo a descansar al descampado.  Depositó la cruz en el suelo, a la vez que tomó conciencia de la utilidad que podía brindarle el hacha.  Quizá el maligno, que lo seguía a escondidas, ayudó un poco, arrimándole la idea mediante el brillo del fierro del instrumento.  Allí  se puso a arreglar la cruz.

Con calma y despacio, le fue sacando los nudos que más le molestaban, suprimiendo aquellos muñones de ramas mal cortadas que tantos disgustos le estaban proporcionando en el camino.  Y consiguió dos cosas: primero, mejorar el madero; segundo, se agenció de un montoncito de leña que le vino como mandado pedir para hacer un fuego con el cual calentar sus manos entumidas.

Esa noche durmió tranquilo.  A la mañana siguiente reanudó su camino. Y noche a noche su cruz fue siendo mejorada, pulida por el trabajo que en ella iba realizando.

Mientras su cruz mejoraba y se hacía más llevadera, conseguía también tener la madera para el fuego amigo de cada noche.

Casi, casi, se sintió agradecido hacia el diablo que le había hecho traerse el hacha consigo, después de todo había sido una suerte contar con aquel instrumento que le permitía el trabajo sobre su cruz; estaba satisfecho con la tarea y hasta sentía un pequeño orgullo por su obra de arte.  La cruz tenía ahora un tamaño razonable y un peso mucho menor; y además, se trataba de algo prolijo. Bien pulida, brillaba a los rayos del sol y casi no molestaba al cargarla sobre sus hombros.

Achicándola un poco más, llegaría finalmente a poder levantarla con una sola mano a manera de estandarte, para así identificarse ante los demás como seguidor del Crucificado.  Y si le daban tiempo, podría llegar a acondicionarla hasta el punto que llegaría al Reino con la cruz colgada de una cadenita al cuello como un adorno sobre su pecho, para alegría de Dios y testimonio ante los demás.  Y consiguió su meta, es decir: sus metas.

Para cuando llegó a las murallas del Reino, se dio cuenta de que gracias a su trabajo estaba descansado y además podía presentar una cruz muy bonita, que ciertamente quedaría como recuerdo en la Casa del Padre.

Pero no todo fue tan sencillo: resulta que la puerta de entrada al Reino estaba colocada en lo alto de la muralla.  Se trataba de una puerta estrecha, abierta casi como una ventana a una altura imposible de alcanzar.  Llamó a gritos anunciando su llegada, y desde lo alto apareció el Señor invitándolo a entrar.

            Pero, ¿cómo Señor? no puedo.  La puerta está demasiado alta y no la alcanzo.

            Apoya la cruz contra la muralla y luego trepa por ella utilizándola como escalera -le respondió Jesús.  Yo le dejé a propósito los nudos para que te sirvieran; además, tiene el tamaño justo para que puedas llegar hasta le entrada.

En ese momento el joven se dio cuenta de que realmente la cruz recibida había tenido sentido y que de verdad el Señor la había preparado bien.  Sin embargo, ya era tarde, su pequeña cruz, pulida y recortada, le parecía un juguete inútil.

Era muy bonita pero no le servía para entrar.  El diablo había resultado mal consejero y peor amigo.  Pero el Señor es bondadoso y compasivo.  No podía ignorar la buena voluntad del muchacho y su generosidad en querer seguirlo, por eso le dio un consejo y otra oportunidad.

            Vuelve sobre tus pasos, seguramente en el camino encontrarás a alguno que ya no da más y ha quedado aplastado bajo su cruz, ayúdale tú a traerla.  De esta manera ayudarás a que logre hacer su camino y llegue, y él te ayudará a ti a entrar.

Dios es bueno, y su Misericordia es infinita, pero tampoco debemos abusar, si Él, en su designio nos ha querido dar una cruz que llevar, con un peso y un modelo determinado, sepamos aceptarla desde el inicio con sencillez y esfuerzo, sabiendo que no la cargamos solos, Él nos ayuda, Él nos acompaña.  No temamos llevar esa partecita de cruz que el Señor nos invita a cargar.

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