CUARESMA, REGRESO A CASA (2° PARTE)
Dios siempre tiene las puertas de casa abiertas de par en par, y su corazón se le rompe en pedazos mientras no comparta con nosotros su amor hecho perdón generoso, acogida paternal y abrazo que da seguridad. ¡Ojalá fueran muchos los pecadores que valientemente volvieran a Dios en esta Cuaresma para que una vez más experimentaran el calor y el cariño de su Padre Dios!
El Padre también está presente en la parábola, es el Padre bueno que espera, añora la llegada de su hijo, ahí está siempre presente esperando. Más que la parábola del Hijo Pródigo, podríamos decir con la mayor fuerza, la parábola del Padre Misericordioso.
Siempre tenía abierta la puerta de su corazón para dejar entrar a sus hijos. Sólo tenía brazos para abrazar a sus hijos, labios para besar a sus hijos, manos para acariciar a sus hijos, pies para enseñar a sus hijos el camino de la virtud y del bien.
Pero aquel tremendo día, ¡qué dolor para su corazón bondadosísimo! «¿Mi hijo irse? pero, ¿a dónde? si yo soy su padre, si le he dado todo, si le amo como a nadie, si…» Fue peor que una bofetada en su cara. Fue una punzada en su ya débil corazón. ¡Qué lágrimas! ¡Qué tremendo dolor! ¿Por qué se le trata así a este padre tan bueno?
Porque ama a su hijo, respeta su loca e irracional decisión, y con tal de verle contento, le da lo que le pide creyendo que volverá pronto a su casa; pero, ¡no! no volverá tan pronto como él había pensado.
¡Qué largos se le hicieron esos días, esa semana, ese mes! Durante ese tiempo el padre vivió muy infeliz, muy triste y lloroso, con un profundo dolor en su corazón. De un momento a otro, podría suceder lo peor en ese corazón ya enfermo por la edad. Rezaba por su hijo, soñaba con su hijo, no dormía, iba envejeciendo de tristeza y se le encogía el corazón, no tanto por el odio, cuanto por no poder transmitir a su hijo el torrente de amor que en ese corazón había.
No sé, pero su corazón le decía que su hijo volvería, pues el amor presiente siempre la vuelta del amado. Él era su padre, su único padre; y aquel era su hijo, su verdadero hijo. Fuera de la casa del padre no se está bien. Esta esperanza en la vuelta del hijo querido mantenía el suave hilo de su pobre vida.
Y llegó aquel día. Sí, la silueta del hijo, su hijo en el horizonte y salió corriendo -el anciano- con las prisas que le permitían sus piernas y sus pulmones. Le perdona de corazón; en vez de encontrar una cara y unas palabras duras, agrias, encuentra unos brazos que le abrazan, unos labios que le besan, unas lágrimas que le bañan su cara.
¡Qué fiesta hizo el padre! La fiesta de la conversión del hijo a la casa y al amor del padre. Y con la fiesta vinieron los regalos del padre: la túnica de la filiación recobrada, el anillo de familia, las sandalias de la libertad.
La Cuaresma es un camino que todo hombre y toda mujer tenemos que recorrer, no lo podemos eludir y de una forma u otra lo tenemos que caminar, es un camino de regreso. Tenemos que aprender a entrar en nuestro corazón, purificarlo y cuestionarnos sobre a quién estamos buscando y si estoy dispuesto a volver a la casa del Padre, con la alegría que esto conlleva.
El camino de Cuaresma me llama a purificar mi corazón, quitar de él todo lo que me aparta de Dios, a ver en Dios un Amigo y Padre que me espera con los brazos abiertos. Estos 40 días me deben ayudar a ver todo aquello que nos hace más incomprensivos con los demás, quitar todos nuestros miedos y todas las raíces que nos impiden apegarnos a Dios y que nos hacen apegarnos a nosotros mismos. ¿Estamos dispuestos a purificar y cuestionar nuestro corazón? ¿Estamos dispuestos a encontrarnos con Nuestro Padre en nuestro interior y hacer de nuestra vida Su morada?
Que éste sea el fin de nuestro camino: tener hambre de Dios, buscarlo en lo profundo de nosotros mismos con gran sencillez, y que, al mismo tiempo, esa búsqueda y esa interiorización, se conviertan en una purificación de nuestra vida, de nuestro criterio y de nuestros comportamientos, así como en un sano cuestionamiento de nuestra existencia. Permitamos que la Cuaresma entre en nuestra vida, que la ceniza llegue a nuestro corazón y que la penitencia transforme nuestras almas en almas auténticamente dispuestas a encontrarse con el Señor, que es nada menos que mi Padre.