CUARESMA, REGRESO A CASA ( 3° PARTE )
Un historiador, en una de sus investigaciones, se encontró con un epitafio impresionante; se hallaba escrito sobre la tumba de un obispo anglicano en las criptas de la abadía de Westminster. El epitafio decía así:
“Cuando era joven y libre, y mi imaginación no tenía límites, soñaba con cambiar el mundo. Al volverme más viejo y más sabio, descubrí que el mundo no cambiaría; entonces acorté un poco mis objetivos y decidí cambiar sólo mi país; pero también él parecía inamovible. Al ingresar en mis años de ocaso, en un último intento desesperado, me propuse cambiar sólo a mi familia, a mis allegados; pero, por desgracia, ya no me quedaba ninguno. Y ahora que estoy en mi lecho de muerte, de pronto me doy cuenta que si me hubiera cambiado primero a mí mismo, con el ejemplo habría cambiado a mi familia; a partir de su inspiración y estímulo, podría haber hecho un bien a mi país y, quién sabe, tal vez, incluso, habría cambiado el mundo”.
Hemos visto en las semanas anteriores al Hijo y al Padre, hoy te toca a ti y me toca a mí.
Si tenemos la gracia de seguir felices en la casa paterna como hijos y amigos de Dios, la Cuaresma será entonces un tiempo apropiado para purificarnos de nuestras faltas y pecados pasados y presentes que han herido el amor de ese Dios Padre; esta purificación la lograremos mediante unas prácticas recomendadas por nuestra madre Iglesia; así llegaremos preparados y limpios interiormente para vivir espiritualmente la Semana Santa con toda la profundidad, veneración y respeto que merece. Estas prácticas son: el ayuno, la oración y la limosna.
Ahora nos toca responder a algunas respuestas que nos ayuden a parar un momento y nos hagan reflexionar. ¿Estoy todavía en la casa de mi padre Dios? ¿Vivo feliz, contento, al lado de mi Padre y Amigo Dios, de mi familia, de mi esposo y de mis hijos, de mis padres? ¿Qué hago para alegrarles cada día? ¿Le consuelo las penas profundas que mi Padre Dios tiene, debido a tantos hijos suyos que viven como pródigos en la región de muerte y en el pecado? ¿Puede Él verme cada mañana y alegrársele el corazón de gozo al verme tan entusiasta, tan entregado, viviendo con fidelidad y amor la vida de gracia, mi vocación cristiana?
¿O estoy dentro pero quisiera probar fortuna por este mundo de Dios, probar un poco los placeres de este mundo, irme a ese país lejano para vivir a mi antojo, disfrutar esta vida dado que es corta y quién sabe qué nos espera después? Si así fuese, que no lo creo, la Cuaresma es tiempo para convertirme a Dios, darle una vez más mi vida, mis sueños, mis castillos en el aire, mis deseos desenfrenados de libertad y de placer, mis ansias de independencia.
Y si por casualidad me encontrase fuera de la casa del Padre, en la región del pecado, ¡no importa!, ¡regresa! Dios te está esperando con los brazos abiertos, con el corazón abierto para abrazarte y estrecharte bajo su pecho, quiere perdonarte, anhela perdonarte, sólo así Él recobrará la alegría en su corazón. ¡No seas ingrato con tu Padre Dios que tanto te quiere! La Cuaresma es tiempo de conversión, de cambiar de ruta, si es que estábamos perdidos y desviados.
Que éste sea el fin de nuestro camino: tener hambre de Dios, buscarlo en lo profundo de nosotros mismos con gran sencillez. Y que al mismo tiempo, esa búsqueda y esa interiorización, se conviertan en una purificación de nuestra vida, de nuestro criterio y de nuestros comportamientos, así como en un sano cuestionamiento de nuestra existencia. Permitamos que la Cuaresma entre en nuestra vida, que la ceniza llegue a nuestro corazón y que la penitencia transforme nuestras almas en almas auténticamente dispuestas a encontrarse con el Señor en su propia casa.