GOTAS DE ESPERANZA
Un pobre joven que había delinquido gravemente cumplía en la cárcel los años de la condena. Un sacerdote, gran apóstol, fue a visitar aquella cárcel. Apenado al ver a un muchacho entre criminales de oficio, se acercó a él cariñosamente, le puso la mano sobre el hombro con gesto paternal y le preguntó:
— Pero, hijo, ¿tú también aquí? El rapaz se conmovió sinceramente, brillaron lágrimas en sus ojos y respondió en voz baja:
— ¡Oh, señor, yo no estaría aquí si antes alguien me hubiera puesto la mano así sobre el hombro!
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