PREPARANDO LA NAVIDAD EN MI CORAZÓN Y EN MI FAMILIA (2ª parte)
A pocos días de la Navidad, ¿cómo está la Navidad? ¿Nos sentimos
en paz, en armonía con Dios, con los hombres y con la naturaleza?
¿Nos hemos preocupado esta semana por ponernos en paz con
nosotros mismos, rezar, confesarnos, pedir perdón, hacer el bien a los
demás? Estas son las fórmulas para vivir en paz, pero hoy vamos a dar
un salto más en este último esfuerzo para pasar la Navidad y formar
parte de esa cueva de Belén y del ambiente que nos trajo el Señor
con su presencia. LA PAZ trae alegría, contemplando el misterio, en
amor y pureza.
Como fruto maduro y hermoso de la paz nace LA ALEGRÍA. Pero no
una alegría falsa, postiza, de máscara, donde enseñamos unos dientes
de comercial de Colgate, pero con un corazón que permanece como un témpano de hielo. ¡Esa no es la alegría!
La alegría es saber que no tenemos nada contra Dios, ni Dios nada
contra nosotros. Que no tenemos nada contra nadie, ni nadie nada
contra nosotros. ¡Qué hermosas son las almas alegres! Ya con su
alegría, con su sonrisa, nos preparan para el cielo, son una partecita
del cielo. Cuando Cristo venga a juzgarnos, su invitación será a
participar en la alegría que Él posee y nos dirá: “Entra en el gozo de
tu Señor”.
La paz y la alegría son los primeros dos sentimientos que se recogen
del Nacimiento de Cristo:
“No tengáis miedo, os anuncio una gran alegría, que lo será para
todo el mundo. En la ciudad de David os ha nacido un Salvador, el
Mesías, el Señor” (Lucas 2, 10). Un alma que tiene a Dios es un alma
que no teme… Así se lo hizo saber el arcángel San Gabriel a la Virgen:
“Alégrate, LLENA DE GRACIA, no temas, María…”
Veamos cómo la virtud de la alegría es el compendio de toda una
serie de elementos que se dan en las almas nobles: Dignidad, unidas
a Dios, profundas, puras, llenas de confianza, optimistas y tenaces.
Un alma alegre lo exterioriza no solo en un esbozo de sonrisa o en
una carcajada natural y sincera, sino que también, la alegría en estas
almas se descubre en una mirada límpida y diáfana. Hay almas en las
que en sus ojos se descubre a Dios. ¡Qué hermoso!
LA CONTEMPLACIÓN es el tercer rasgo característico de la Navidad
y de este período de preparación para ella. Nos dice el Evangelio
de Lucas 2, 19: “María, por su parte, guardaba todas estas cosas,
meditándolas en su corazón…”. ¿Qué cosas? Las externas… sí, pero
sobre todo las internas: las dificultades desde Nazareth a Belén, el no
tener sitio en la posada, la pobreza de la cueva, el frío, el hambre, el
sueño. Sí, todo esto lo consideraba en su corazón. Sin embargo, no
eran los aspectos exteriores los que le robaban más tiempo, sino los
internos, las cosas de Dios. Los aspectos importantes que guardaba
en su corazón eran: que su hijo fuera al mismo tiempo el Hijo de Dios
y que, por lo tanto, Ella era Madre de Dios. Además, que Dios la
hubiese elegido a Ella y que Dios naciera en una total ignorancia por
parte de los sacerdotes y autoridades eclesiales de Israel. ¿No era Él
el Mesías, el esperado durante tanto tiempo? Y María contemplaba y
seguía meditando estos hechos durante toda su vida.
¡Cuánto nos tiene que enseñar a nosotros la Santísima Virgen! Ella
nos indica la actitud interior de saber ver desde el interior, desde su
corazón y fe los acontecimientos de la vida.
Hoy en día el mundo carece de tiempo para la contemplación. Esta
situación puede llegar a invadir también nuestras almas. No hay
tiempo ni para contemplar, ni para rezar. Nos podemos ir acercando
peligrosamente a las fechas de Navidad y no tener en familia ningún
acto donde podamos meditar, explicar, leer o narrar a los nuestros
acerca de estos días santos.
Llega el día 24 y a lo mejor con tantos trajines y ajetreos nos olvidamos
de hacer un alto para reflexionar en el misterio del Nacimiento de
Jesús, de compartir con los nuestros, de dar gracias y bendecir los
regalos y alimentos en la cena navideña. O a lo mejor, después de
tanto champagne y de tanto buen comer se nos pasa por alto el ir en
familia a la Misa de Navidad para dar gracias y saludar a Jesús por su
nacimiento. Son pequeños detalles que forman y que conceden estas
virtudes para vivir mejor la Navidad: paz, alegría y la contemplación.
¡Qué triste sería que un año más pasara por nuestra vida sin haber
aprovechado este momento para crecer ante Dios! ¡Qué triste sería
que Cristo naciera en nuestra casa y no fuera recibido por ninguno,
porque estamos “demasiado ocupados preparando la Navidad”!
La recepción de Cristo nos exige otra virtud que es propia de almas
de gran nobleza: LA PUREZA. La Virgen es también modelo de esta virtud para cada uno de nosotros. Hablamos de la pureza en
dos aspectos: la externa y la interna. Es obvio que Jesucristo, el Hijo
de Dios, el Santo, me pide que le reciba como le recibo todos los
domingos en la Eucaristía: limpio y sin mancha.
Podemos analizar dentro de nosotros cómo va nuestra pureza
externa, es decir, la pureza de nuestros sentidos, en lo que vemos, a
quién miramos, en cómo nos cuidamos ante los demás, en nuestras
imaginaciones, en nuestros castillos en el aire, en nuestros recuerdos.
Hay mucho campo de trabajo para prepararnos. Pero también está la
parte y la exigencia interna, donde nos encontramos a solas con Dios.
Aprovechemos estos días de preparación para que, no solo las
habitaciones y salones de nuestra casa estén decorados y limpios, sino
para que nosotros y los nuestros, también estemos limpios y dignos
para la venida de tan ilustre huésped. La confesión, la Eucaristía son
medios extraordinarios para lograr todo lo que hemos comentado
hasta ahora. Un alma limpia, confesada, es un alma que en sí misma
tiene la paz de Dios, y por tanto la alegría íntima y plena que Dios
quiere darnos.
Así pues, en silencio, cada uno dispongamos en nuestro corazón
alguna forma práctica de cómo vivir y lograr estas virtudes en
nosotros y nuestros familiares. Podría ser leyendo el día 24, antes de
la cena, el pasaje de San Lucas que habla del nacimiento de Cristo.
También podría ser con un momento de oración, rezando todos los
días –en familia – ante el pesebre. O acudiendo todos a las Misas de
estos días tan especiales. Habrá mil formas, pero lo importante es
que la Navidad no pase otro año por nuestra vida, dejándonos más
obsequios, pero sin el mejor de los regalos, que es el de tener al Niño
Jesús en el corazón.
¡FELIZ NAVIDAD!