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CUANDO ENCUENTRAS SENTIDO AL SUFRIMIENTO (II PARTE)

Solo la gracia y la fuerza oculta de Dios puede dar al ser humano
la fortaleza, la paz y la conformidad para sobrellevar tanto dolor,
injusticias e ignominias. Solo la esperanza cristiana ilumina el corazón
del hombre para perseverar en el bien en medio del mal, es por eso
que el testimonio de Bakhita nos indica un camino de verdadera
conversión, un verdadero encuentro con Dios.
21 Historia bibliográfica de Santa Josefina Bakhita Religiosa de Sudán y Hermana Universal.
https://www.clairval.com/en/santa-josefa-bakhita/
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“Bakhita sigue las etapas del catecumenado. En aquel momento, la
señora Michieli, a punto de seguir a su marido que debe volver a
África, piensa en recuperar a su sirvienta. En virtud de la libertad que
le da la ley italiana, Bakhita manifiesta su renuncia a regresar a su país,
pues desea quedarse con las Hermanas Canosianas para terminar con
ellas su formación cristiana. “No puedo regresar a África – dice -, pues
si lo hiciera, significaría abandonar mi fe en Dios. Quiero mucho a mi
ama y a su hija, pero no puedo perder a Dios. Por esto he decidido
quedarme”.
El 9 enero de 1890 Bakhita recibe, de manos del patriarca de Venecia,
los sacramentos de iniciación cristiana, con el nombre cristiano de
Josefina. Según un testigo que participa en él ágape festivo que sigue
a la ceremonia, Bakhita se halla transfigurada: “Hablaba poco, pero la
felicidad irradiaba de todos sus gestos, de todas sus palabras”.
Bakhita prosigue su formación en la fe y pronto oye la voz del Señor
que la llama a consagrarse totalmente a Él. El 7 de diciembre de
1893 es admitida en el noviciado y el 8 de diciembre de 1896 profesa
sus primeros votos religiosos con el nombre de Sor Josefina.
Después de escucharla el cardenal Sarto, patriarca de Venecia, le dice
con hermosa sonrisa: “Puede profesar sin ningún temor, Jesús le ama.
Ámelo y sírvalo siempre como lo ha hecho hasta ahora”.
Unos años más tarde, una alumna italiana le preguntará a Bakhita
qué haría si se encontrase por casualidad con quienes le había
secuestrado. Ella responde sin dudarlo: “Si me encontrara con los
traficantes de esclavos que me secuestraron, e incluso con los que
me torturaron, me pondría de rodillas y les besaría las manos. Si lo
que sucedió no hubiera ocurrido, ¿cómo habría podido ser cristiana
y religiosa?”
La sorprendente actitud de esta mujer da testimonio de la presencia
amorosa de Dios en un mundo frecuentemente injusto.
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Durante todo un período de la historia del continente africano,
hombres, mujeres y niños negros, fueron traídos aquí, arrancados
de su tierra y separados de sus familias para ser vendidos como
mercancía. Estos hombres y mujeres han sido víctimas de un
vergonzoso comercio en el que han tomado parte personas cristianas
que no han vivido según su fe.
¿Cómo olvidar los enormes sufrimientos infligidos a la población
deportada del continente africano, despreciando los derechos
humanos más elementales? ¿Cómo olvidar las vidas humanas
aniquiladas por la esclavitud? Hay que confesar con toda verdad y
humildad este pecado del hombre contra el hombre, este pecado del
hombre contra Dios.
¡Cuán largo es el camino que la familia humana debe recorrer antes de
que sus miembros aprendan a mirarse y respetarse como imágenes
de Dios, hasta amarse por fin como hijos e hijas del mismo Padre
celestial!
Sin embargo, tales crímenes no pertenecen únicamente al pasado.
En nuestros días la esclavitud, bajo diferentes formas, es una plaga
en nuestra sociedad. Todo lo que viola la integridad de la persona
humana, como la mutilación, las torturas corporales o mentales, incluso
los intentos de coacción mental; todo lo que ofende la dignidad
humana, como la condiciones infrahumanas de vida, las detenciones
arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de
blancas y de jóvenes, así como ciertas condiciones ignominiosas de
trabajo, en las que el obrero es tratado como un mero instrumento
de lucro y no como persona libre y responsable; todas estas prácticas
y otras parecidas son en sí mismas infamantes, degradan a la
civilización humana, deshonran más a sus autores que a sus víctimas y
son totalmente contrarias al honor debido al Creador.
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Enviada al norte de Italia, Sor Josefina se desempeña como cocinera,
lavandera, bordadora y portera. Como cocinera se deshace en
atenciones con todos, sobre todo con los enfermos, a quienes prepara
platos apetecibles ya que su deseo es amar y servir por Amor a Cristo.
En la portería cuida mucho de los niños. Con su amable voz, la
“madrecita negra” como se la conoce, se muestra cercana a los
pequeños, acogedora con los pobres y los que sufren y animosa ante
todos los que llaman a la puerta del convento.
Fiel en su búsqueda de hallar a Dios en los trabajos humildes de la vida
cotidiana, posee un corazón de apóstol. Con motivo de su profesión
religiosa, compuso la siguiente oración: “Señor, bienamado, ¡qué
bueno eres! Ojalá pudiese volar hasta África y proclamar bien alto
a todo mi pueblo tu bondad para conmigo. ¡Cuántas almas oirían
mi voz y volverían su rostro a ti! Haz, Señor, ¡que también ellos te
conozcan y te amen!”
En 1943, la comunidad y la población de Schio celebran los cincuenta
años de profesión de la madre Josefina. Poco después su salud
declina y se ve confinada a una silla de ruedas. Una vez, un prelado le
pregunta qué hace sentada en esa silla: “¿Qué hago? Exactamente lo
mismo que usted: la voluntad de Dios”.
Ante la pregunta sobre su pronta partida ocurrida el 8 de febrero de
1947, la madre Josefina responde: “Cuando se ama mucho a una
persona se siente un gran deseo de estar con ella. Así pues, ¿por qué
tener miedo de la muerte? Es ella la que nos conduce a Dios”.
Y a quienes les sugieren que, incluso así, el juicio de Dios es algo
terrible, ella les dice: “Haced ahora lo que habréis querido hacer
entonces. Somos nosotros mismos los que preparamos nuestro
juicio”.22
22 Texto: Gaudium et spes. Homilía de Juan Pablo II -22-02-1992 Historia de Sor Josefina Bakhita
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Qué importante es encontrarle sentido a la vida, al sufrimiento, a las
miles de situaciones dolorosas y difíciles que vamos enfrentando día
a día. Dios sabe sacar de un mal muchos bienes, no lo olvidemos.
Sepamos reconocer en los diversos momentos de nuestra vida
la mano amorosa de Dios que la guía y acompaña. Vivamos cada
instante con el deseo de hacer siempre su Voluntad, aun cuando en
su momento no lo entendamos.

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