SUELTA TU CARGA
Todos los hombres llevamos sobre nuestros hombros diversos pesos.
El cansancio de los años, un sinnúmero de problemas que nos
aquejan y complican, un pasado con muchos errores y decisiones mal
tomadas, la presión de una familia, una relación desgastada por los
golpes de la vida; asímismo, responsabilidades como los hijos y un
trabajo que tenemos que cuidar, o una enfermedad que no tiene cura
y nos hace sufrir y desesperarnos.
Tenemos que aprender a cargar estos pesos y responsabilidades con
paciencia, serenidad y alegría. Solo en la medida en que Dios está
presente y le compartimos estas situaciones, seremos capaces de ser
felices, aún cuando la carga sea demasiado pesada. Debemos soltar
todo y ponerlo en las manos de Dios.
“Un hombre iba con un pesado costal de papas sobre sus espaldas.
Caminaba lenta y sufridamente. Dios, que lo veía, le preguntó:
“¿Hacia dónde vas con ese costal de papas?”.
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El hombre miró hacia el cielo y le respondió insolentemente: “¿Por
qué me preguntas si Tú lo sabes todo?”. Y siguió su camino.
En otro lugar, alejado de allí, otro hombre iba con una carga llena de
ladrillos. Dios, que lo veía, le preguntó: “¿Hacia dónde vas con esa
carretilla?”.
El hombre respondió: “Voy al pueblo”.
Dios le dijo: “¿Quieres que te ayude con esa carga?”.
El hombre le contestó: “Puedo solo”.
En otro lugar, un hombre iba cargando un montón de leña atada con
una cuerda. Dios, que lo veía, le dijo: “¿Hacia dónde vas con esa
leña?”.
El hombre respondió: “La llevo a mi casa al otro lado de ese cerro”.
Dios le dijo: “¿Quieres que te ayude?”.
El hombre accedió y Dios tomó la cuerda y cargó la leña.
Poco habían caminado, cuando el hombre le quitó la leña a Dios y
la volvió a cargar él mismo. Dios siguió caminando a su lado y un
kilómetro más adelante el hombre se la volvió a entregar para que Él
la cargara.
Pero, más adelante, el hombre se la volvió a quitar y la cargó
nuevamente y así siguió a lo largo del camino.
En otro lugar, muy lejos de allí, otro hombre iba por un camino
llevando una pesada caja de alimentos. Dios, que lo veía, le dijo:
“¿Hacia dónde vas con esa caja?”.
El hombre respondió: “Tengo que llevársela a mi patrón que vive a 5
kilómetros de aquí”.
Le dijo Dios: “¿Quieres que te ayude?”.
El hombre sonrió y le dijo: “¡Oh, sí Señor, ¡yo ya no puedo con esta
carga!” y se la entregó.
Siguieron caminando y el hombre le iba contando a Dios alegremente
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de su vida, de su familia y de su trabajo. Le hacía preguntas, le pedía
opiniones, en fin, el hombre y Dios, conversando y conversando,
llegaron a destino.
El hombre ya no se había acordado más de su carga. El Señor mismo
cumplió la encomienda de entregársela al patrón de aquel hombre. El
hombre agradeció mucho la ayuda y el Señor le dijo: “No te dejaré ni
te desampararé, siempre que me necesites, estaré contigo”.23
¿Con cuál de estos cuatro hombres te identificas? ¿Eres como el
primero que cuando tienes problemas, no tomas en cuenta a Dios? o
¿eres como el segundo hombre, orgulloso y soberbio, que no acepta
la ayuda de nadie? ¿Eres como el tercer hombre, que entrega su carga
a Dios, pero en realidad su fe es escasa y decide volverla a cargar
sobre él mismo?, o ¿eres como el cuarto hombre, que mantiene una
relación con Dios humilde y alegre que acepta su gracia y se olvida
de su carga hasta el final del camino, porque confía en que Él tiene
el poder para librarlo de su carga al punto de que ya no tiene que
preocuparse más por ella?
Quizá cuando estamos en problemas acudimos a Dios, le pedimos,
le lloramos, pero no soltamos nuestra carga; seguimos soportando
y sufriendo, en constante afán. Solo cuando voluntariamente le
entreguemos esa carga, Él la tomará y la cargará sobre sus hombros.
Sigamos el ejemplo del cuarto hombre. Mantengamos una buena
relación con Dios y dejemos que Él nos ayude con toda nuestra carga.
Descansemos en Él porque nuestro problema está en sus manos. Ya
no vamos a sentir su peso ¡porque ese peso lo está llevando el Señor