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Sembrando Esperanza

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JESUS SUBE A LOS CIELOS Y NOS CONVERTIMOS EN SUS TESTIGOS

Quien se inclina hacia los demás, desciende. Dios tuvo esta temeraria
idea enviando a su Hijo a la tierra.
Gracias a este descender de Dios, a este encuentro de Jesús Mesías
con el hombre, con la humanidad, contigo y conmigo, y gracias a
que murió y resucitó, desde la fe en Él, hoy sus discípulos podemos
comprender las Escrituras. Podemos comprender el proyecto de Dios,
anunciar la conversión, el perdón y la Salvación a todo el mundo.
Con la Ascensión del Señor, decimos “nada ha terminado”, todo
comienza de otra manera. Lo que era la misión de Jesús: anunciar
la llegada del Reino curando los sufrimientos de la gente, es ahora
nuestra misión.
Él se va y nos deja esta encomienda: “Vosotros sois testigos de estas
cosas. Por mi parte, os voy a enviar el don prometido por mi Padre,
vosotros quedaos en la ciudad hasta que seáis revestidos de la fuerza
que viene de lo alto”. Lc 24 46-49
Nosotros somos sus testigos en el mundo. ¿Testigos de qué? ¿Cuál es
el mensaje que llevamos en nuestros labios? ¿Y en nuestro corazón?
Debemos ser testimonio de vida, no solo de palabra.
No hablar mucho, sino transparentar bien. Digamos que Dios es
amor, amando; digamos que Dios es misericordia, compadeciendo
y perdonando; digamos que Dios es gozo, viviendo y contagiando
la alegría; digamos que Dios es comunidad, compartiendo, uniendo,
colaborando… El testimonio y la misión, es dar a conocer no solo el
amor de Dios, sino que Dios es amor.

“Después los llevó fuera de la ciudad hasta un lugar cercano a Betania
y, alzando las manos, los bendijo; y mientras los bendecía se separó
de ellos y fue llevado al cielo”. Lucas 24:50
El cielo no es un lugar sino el encuentro con una Persona. La
Ascensión del Señor acrecienta nuestra esperanza de llegar también
al cielo con Cristo. No se trata de un cielo abstracto o imaginario.
“Dios es el cielo” (Benedicto XVI, 15 de agosto de 2008). La fiesta
de la Ascensión del Señor nos sugiere también que la vida terrena
no es lo definitivo, nos recuerda que somos peregrinos y que nuestra
existencia desemboca en la eternidad. Esto ha de impulsarnos a
fomentar más la vida sobrenatural y acrecentar nuestro deseo de
llegar a la auténtica santidad.
Acudamos al auxilio de la Virgen María, pidámosle que cada día de
nuestra existencia nos acerque más a Dios. María, que nos espera con
Jesús en la casa del Padre, nos dará su ayuda para orientar nuestras
vidas hacia su Hijo. Por lo tanto, nosotros también estamos llamados
a ir al cielo junto al Padre. ¿Con que actitud y con qué sentimiento
espero ese momento? ¿Con angustia?, ¿con cierta incredulidad?,
¿con alegría?, ¿con anhelo?, ¿con paz?, ¿con miedo? ¿Por qué?
“Ellos, después de postrarse ante Él, se volvieron a Jerusalén
rebosantes de alegría. Y estaban continuamente en el templo
bendiciendo a Dios, sus corazones estaban en una sintonía perfecta
con Dios”.
La alegría es una de las principales características de los discípulos
de Jesús. La tristeza, el derrotismo, la amargura se oponen a la fe y
a la esperanza cristiana y demuestran desconfianza en la acción del
Espíritu.
En la entraña del mensaje de Jesús está presente la alegría y la
bienaventuranza. Aceptarlo y asumirlo supone hacer cuanto esté a
nuestro alcance para que, en el ambiente en el que viva, las personas
se sientan bien, vivan en paz, convivan a gusto, sean personas tan
felices que contagien alegría.

Dame tu fuerza
“Padre
Haz que mis ojos vean lo que Tú ves.
Haz que mis oídos oigan el estruendo de tu voz en todo lo creado.
Haz que mis labios solo canten los cantos de tu amor y tu alegría.
Padre, realiza por medio de mí la obra de la verdad.
Ten mis manos ocupadas en servir a todas las personas.
Haz que mi voz esparza de continuo semillas de amor para Ti en
esta tierra en que la gente te busca.
Haz que mis pies avancen siempre por el camino de la justicia.
Guíame de mi ignorancia a tu Luz.”28
Amén.

LA PRESENCIA DEL ESPÍRITU SANTO

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