LA PRESENCIA DEL ESPIRITU SANTO EN NUESTRA VIDA
“Orar es dejar que el Espíritu repose en mí. Entonces, mi alma es un
lago tranquilo, donde se refleja el Universo.
Orar es dejar que la paz inunde mi corazón. Esa paz que no es
conquistada, sino dada.
Orar es experimentar la paz que sobrepasa a todo gozo terreno. La
paz de la oración es una experiencia de plenitud en el ser, que va
dando y anunciando más plenitud en el camino.
Orar es sentirse inundado por el Señor, lleno de Dios, pleno por Dios
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en la propia persona. Y, al mismo tiempo, sentirse completamente
vacío de sí mismo. Todo en mi nada. Todo en todas las cosas.
Invocamos al Espíritu, unidos a María, que acompañó en la oración en
el primer Pentecostés. (Hechos 1, 14).
Ven, Dios Espíritu Santo, – y envíanos desde el cielo – tu luz para
iluminarnos (comienzo de la Secuencia de la Solemnidad de
Pentecostés).
Ven, Espíritu Santo,
y envía desde el cielo
un rayo de tu luz.
Ven, padre de los pobres;
ven dador de gracias,
ven luz de los corazones.
Consolador magnífico,
dulce huésped del alma,
su dulce refrigerio.
Descanso en la fatiga,
brisa en el estío,
consuelo en el llanto,
¡Oh luz santísima!,
llena lo más íntimo
de los corazones de tus fieles.
Sin tu ayuda, nada hay en el hombre,
nada que sea bueno.
Lava lo que está manchado,
riega lo que está árido,
sana lo que está enfermo.
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Doblega lo que está rígido,
calienta lo que está frío,
endereza lo que está extraviado.
Concede a tus fieles
que en Ti confían
tus siete sagrados dones.
Dales el mérito de la virtud,
dales el puerto de salvación,
dales la felicidad eterna.
Amén. Aleluya.”
Dos veces, Jesús da la paz a sus discípulos, tan necesitados de ella.
La paz que es el compendio de todos los bienes que el Señor regala.
La paz, la auténtica, nos viene de Jesús Resucitado. Es el don que nos
serena, nos pacífica y nos libera de angustias, temores, complejos y
pecados.
Te conceda el perdón y la paz. Nos dice el sacerdote cuando nos
imparte la absolución en el sacramento de la confesión. La paz incluye
también el perdón de los pecados. La presencia de Jesús Resucitado
regala ampliamente a sus discípulos y en ellos a la Iglesia el perdón y
la plenitud de la paz.
El regalo del Espíritu, del Amor del Padre y del Verbo trasmitido por
el Resucitado, da a los discípulos y a toda la humanidad la nueva
creación. Como en la primera creación (Gn 2, 7), aquí el Primogénito
de todo lo creado, repite el soplo re-creador sobre el nuevo Pueblo
de Dios. El soplo es el aire, el Espíritu de Dios que lo penetra todo y,
por él, nos trasmite la vida de Dios.
El Espíritu hizo renacer a la vida a los discípulos tímidos y huidizos. El
Espíritu los cambió totalmente, renaciendo a la vida nueva. Se fueron
por todo el mundo y entregaron su vida por el Evangelio.
La misión que Jesús encomienda a los discípulos es mucho más que
un mandato. Es un fuego interior que quema, purifica, enardece y
anima. Con el fuego del Espíritu salen los discípulos a la plaza pública
para predicar sin ningún miedo la Buena Noticia de Jesús, “a quien
ustedes crucificaron y mataron. Dios, sin embargo, lo resucitó”
(Hechos 2, 23-24; primera lectura de la Solemnidad de Pentecostés).
“Y Dios ha constituido Señor y Mesías a este Jesús, a quien ustedes
crucificaron” (Hechos 2, 36).
La fuente de la misión es el Amor del Padre y del Verbo, es decir, el
Espíritu. Sin el Espíritu, Dios queda lejos. Se puede decir que, sin el
Espíritu, Cristo pertenece al pasado, el Evangelio es letra muerta, la
Iglesia una mera organización, la autoridad un dominio, la misión una
propaganda, el culto una evocación y el obrar de los cristianos una
moral de esclavos.
Pero con el Espíritu, el cosmos es exaltado, y gime hasta que dé a luz
el Reino, Cristo Resucitado está presente, el Evangelio es potencia
de vida, la Iglesia comunión trinitaria, la autoridad servicio liberador,
la misión un nuevo Pentecostés, el culto memorial y anticipación
y el obrar humano queda deificado (Hazim, metropolita ortodoxo.
1968).
29 http://es.catholic.net/op/articulos/16930/www.ixoye.mx.gs#moda