EL AMOR QUE TRANSMITES DENTRO Y FUERA DE CASA
La vida cotidiana nos depara abundantes sorpresas que curiosamente
nos ofrecen muchas lecciones. ¿No nos ha pasado que, para amigos,
compadres, compañeros de trabajo somos generosos, amables,
serviciales, atentos, muy tolerantes para enfrentar fallos, pequeños
accidentes o desavenencias, mantenemos el rosto apacible y lleno
de paz y amor? Pero qué diferente podemos ser en nuestro hábitat
natural del hogar, con papás, hermanos, esposos y esposas, hijos e
hijas. En este contexto rapidito sacamos las uñas y podemos decir sin
vacilar que nuestra tolerancia es cero con un pequeño malentendido.
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Un fallo o equivocación de nuestros seres cercanos nos sacan de
quicio y muestran lo peor de nosotros: duros, hirientes, irónicos y
groseros.
Lamentablemente es muy frecuente ver estos casos ¿Por qué este
fenómeno se da con tanta frecuencia en los hogares? ¿Será que nos
hemos acostumbrados a este tipo de trato? ¿Será que no nos importa
la imagen que puedan tener de nosotros? ¿No nos importa lastimar a
nuestros seres queridos, o la rutina y la costumbre, aunque no debería
de ser así, nos hace tener un trato burdo y agresivo?
Les comparto esta historia que espero les ayude a cambiar, en caso
de tener una de las actitudes anteriores.
“Hoy choqué con un extraño cuando caminaba.- “Disculpe usted”, le dije.
Él me dijo: – “No, disculpe usted, no la miré cuando venía”. Ambos
fuimos muy amables.
Continuamos nuestro camino y nos dijimos adiós. Pero al llegar a
casa, otra historia se desarrolló.
Esa misma tarde, mientras yo cocinaba, mi hija se paró muy firme, por
un lado, sin que yo me diera cuenta. Cuando me di la vuelta, casi la
tumbo. “¡Quítate de aquí, porque me estorbas!” -le grité-.
Ella se fue con su corazoncito destrozado. No me di cuenta de lo
fuerte que le grité.
Por la noche, cuando me acosté, una voz muy baja escuché que me
decía: Cuando hablaste con un extraño, fuiste cortés, pero con la
criatura que amas, te portaste grosera.
Mira en el piso de la cocina, y encontrarás unas flores cerca de la
puerta; esas flores, tu hija las escogió especialmente para ti; rosa,
amarilla y azul, y se acercó a ti silenciosamente para no arruinar la
sorpresa. Pero tú ni te diste cuenta de las lágrimas en sus ojos.
En este momento me sentí el ser más insignificante, y las lágrimas
comenzaron a salir de mis ojos. Lentamente fui al cuarto de mi hija
y me arrodillé al borde de su cama; – “Despierta cariño, despierta
chiquita”, -le dije-. –“Estas flores…, ¿las escogiste para mí, mi amor?”
Ella se sonrió, y dijo: – “Las encontré cerca de un árbol, y las recogí,
porque sabía que te gustarían, especialmente la azul”.
Le contesté: – “Hija, discúlpame por la forma en que te traté en la
tarde, no debí gritarte de esa forma”.
Ella me contestó: – “Mamá, no te preocupes, te quiero de cualquier
manera”.- “Y yo a ti corazón y me encantaron tus flores, especialmente la azul”. -le contesté-.
Tengamos en cuenta, cómo tratamos a nuestros seres queridos, sin
importar sus edades…”
Cuidemos nuestras palabras y gestos. Cultivemos la verdadera
paciencia, tolerancia, respeto y cariño con nuestros seres más
queridos y cercanos. No nos dejemos llevar por ese primer impulso de
rabia, intolerancia y falta de respeto. Amemos con mayor delicadeza
y detalles a aquellos con los que compartimos a diario el pan, la
habitación, es decir, los de nuestro hogar. De esta forma seremos
testimonio del buen olor de Cristo que hay en nuestro corazón, del
perfume que dejamos sentir con nuestras buenas acciones y palabras.