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Sembrando Esperanza

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LA VIDA SE JUEGA EN LAS DECISIONES, TRES CONSEJOS

La vida está llena de sorpresas. Las circunstancias y situaciones son
tan variadas y misteriosas que debemos pedirle siempre al Señor
sabiduría, discernimiento y el consejo oportuno de personas sabias
y sensatas.
Nunca nos apresuremos a tomar decisiones. Esperemos los momentos
de calma y tomemos resoluciones acompañadas por nuestras
convicciones y seamos fieles a ellas. Es sencillo tomar atajos por la
vida, pero lo fácil, muchas veces, sale más costoso y largo. El acortar
caminos nos puede pasar factura. Tengamos límites en nuestra vida
y no juguemos con fuego. No caminemos en la frágil cuerda entre el
bien y el mal. Es fácil que la curiosidad nos haga una mala jugada.
Asimismo, jamás tomemos decisiones precipitadas. Cuando nuestro
espíritu está exaltado y lleno de rencores, probablemente nuestra
decisión será equivocada. Para hacer un juicio, es necesario estar
sereno y tranquilo.
Les comparto esta historia, sencilla, pero que les puede iluminar:
“Una pareja de recién casados era muy pobre y vivía de los favores
de los vecinos de un pueblito del interior. Un día el marido le hizo
la siguiente propuesta a su esposa: “Querida, yo voy a salir de la
casa, voy a viajar bien lejos, buscar un empleo y trabajar hasta tener
condiciones para regresar y darte una vida más cómoda y digna. No
sé cuánto tiempo voy a estar lejos, solo te pido una cosa, que me
esperes, y mientras yo esté lejos, seas fiel a mí, pues yo te seré fiel a
ti”.

Así, siendo joven aún, caminó muchos días a pie hasta encontrar un
hacendado que estaba necesitando de alguien para ayudarlo en su
hacienda.
El joven llegó y se ofreció para trabajar y fue aceptado. Pidió hacer
un trato con su jefe, el cual fue aceptado también. El pacto fue el
siguiente:
“Déjeme trabajar por el tiempo que yo quiera y cuando yo encuentre
que debo irme, usted me libera de mis obligaciones. Yo no quiero
recibir mi salario. Le pido que lo coloque en una cuenta de ahorro
hasta el día en que me vaya. El día que yo salga, usted me dará el
dinero que yo haya ganado”. Estuvieron ambos de acuerdo.
Aquel joven trabajó durante 20 años sin vacaciones ni descanso.
Después de veinte años, se acercó a su patrón y le dijo: “Patrón, yo
quiero mi dinero, pues quiero regresar a mi casa”.
El patrón le respondió: “Muy bien, hicimos un pacto y voy a cumplirlo,
solo que antes quiero hacerte una propuesta, ¿está bien? Yo te doy
tu dinero y tú te vas, o te doy tres consejos y no te doy el dinero y te
vas. Si yo te doy el dinero, no te doy los consejos y viceversa. Vete a
tu cuarto, piénsalo y después me das la respuesta”.
Él pensó durante dos días, buscó al patrón y le dijo: “Quiero los tres
consejos”.
El patrón le recordó: “Si te doy los consejos, no te doy el dinero”. Y
el empleado respondió: “Quiero los consejos”.
El patrón entonces le aconsejó:
1. “Nunca tomes atajos en tu vida. Caminos más cortos y desconocidos
te pueden costar la vida”.
2. “Nunca seas curioso de aquello que represente el mal, pues la
curiosidad por el mal puede ser fatal”.
3. “Nunca tomes decisiones en momentos de odio y dolor, puedes
arrepentirte demasiado tarde”.

Después de darle los consejos, el patrón le dijo al joven, que ya no
era tan joven, lo siguiente: “aquí tienes tres panes, dos para comer
durante el viaje y el tercero es para comer con tu esposa cuando
llegues a tu casa”.
El hombre entonces siguió su camino de vuelta, después de veinte
años lejos de su casa y de su esposa a quien él tanto amaba.
Después del primer día de viaje, encontró una persona que lo saludó
y le preguntó: “¿Para dónde vas?”
Él le respondió: “Voy para un camino muy distante que queda a más
de veinte días de caminata por esta carretera”.
La persona le dijo entonces: “Joven, este camino es muy largo, yo
conozco un atajo con el cual llegarás en pocos días”.
El joven, contento, comenzó a caminar por el atajo, cuando se acordó
del primer consejo, “nunca tomes atajos en tu vida. Los caminos
cortos y desconocidos te pueden costar la vida”. Entonces se alejó
de aquel atajo y volvió a seguir por el camino normal.
Dos días después se enteró de otro viajero que había tomado el atajo
y lo asaltaron, lo golpearon, y le robaron toda su ropa. ¡Ese atajo
llevaba a una emboscada!
Después de algunos días de viaje y cansado al extremo, encontró una
pensión a la vera de la carretera. Era muy tarde en la noche y parecía
que todos dormían, pero una mujer mal encarada le abrió la puerta y
lo atendió. Como estaba tan cansado, tan solo le pagó la tarifa del día
sin preguntar nada, y después de tomar un baño se acostó a dormir.
De madrugada se levantó asustado al escuchar un grito aterrador.
Se puso de pie de un salto y se dirigió hasta la puerta para ir hacia
donde escuchó el grito. Cuando estaba abriendo la puerta, se acordó
del segundo consejo. “Nunca seas curioso de aquello que represente
el mal”.

Regresó y se acostó a dormir. Al amanecer, después de tomar café,
el dueño de la posada le preguntó si no había escuchado un grito
y él le contesto que sí lo había escuchado. El dueño de la posada
le pregunto: “¿Y no sintió curiosidad?” Él le contestó que no. A lo
que el dueño les respondió: “Usted ha tenido suerte en salir vivo de
aquí, pues en las noches nos acecha una mujer maleante con crisis de
locura, que grita horriblemente y cuando el huésped sale a enterarse
de qué está pasando, lo mata, lo entierra en el quintal, y luego se
esfuma”. El joven siguió su larga jornada, ansioso por llegar a su casa.
Después de muchos días y noches de caminata, ya al atardecer,
vio entre los árboles humo saliendo de la chimenea de su pequeña
casa, caminó y vio entre los arbustos la silueta de su esposa. Estaba
anocheciendo, pero alcanzó a ver que ella no estaba sola. Anduvo un
poco más y vio que ella tenía en sus piernas un hombre al que estaba
acariciando los cabellos. Cuando vio aquella escena, su corazón se
llenó de odio y amargura y decidió correr al encuentro de los dos y
matarlos sin piedad. Respiró profundo, apresuró sus pasos, cuando
recordó el tercer consejo. “Nunca tomes decisiones en momentos de
odio y dolor”
Entonces se paró y reflexionó, decidió dormir ahí mismo aquella
noche y al día siguiente tomar una decisión. Al amanecer, ya con la
cabeza fría, él dijo: “No voy a matar a mi esposa. Voy a volver con mi
patrón y a pedirle que me acepte de vuelta, solo que antes, quiero
decirle a mi esposa que siempre le fui fiel a ella”.
Se dirigió a la puerta de la casa y tocó. Cuando la esposa le abrió la
puerta y lo reconoció, se colgó de su cuello y lo abrazó afectuosamente.
Él trató de quitársela de encima, pero no lo consiguió.
Entonces, con lágrimas en los ojos, le dice: “Yo te fui fiel y tú me
traicionaste…” Ella espantada le responde: “¿Cómo? yo nunca te
traicioné, te esperé durante veinte años”. Él entonces le preguntó:
“¿Y quién era ese hombre que acariciabas ayer por la tarde?”

Y ella le contestó: “Aquel hombre es nuestro hijo. Cuando te fuiste,
descubrí que estaba embarazada. Hoy, él tiene veinte años”.
Entonces el marido entró, conoció, abrazó a su hijo y les contó toda su
historia, mientras su esposa preparaba la cena. Se sentaron a comer
el último pan juntos. Después de la Oración de Agradecimiento, él
partió el pan, y al abrirlo, se encontró todo su dinero, el pago de sus
veinte años de dedicación.42
“Dios, en su Bondad y Amor, dio al hombre varios regalos para poder
regir y guiar su vida: confianza en las personas, inteligencia y voluntad.
La confianza, para aconsejarse y pedir ayuda; la inteligencia, para
pensar qué hacer y la voluntad para hacer realidad todo aquello que
con la ayuda de Dios queremos realizar”

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