GOTAS DE ESPERANZA
Mendigaba a la puerta de una iglesia, en París, un anciano de aspecto torturado, llamado Jaime. Cuando se abría su andrajoso vestido, podía verse sobre su pecho una crucecita dorada. Decía habitualmente misa en aquella iglesia el joven cura Paulino, que nunca se olvidaba de socorrer a Jaime. Pero un día advirtió su ausencia, supo que estaba enfermo… y se llegó basta su buhardilla.
— ¡Ah —dijo Jaime cuando le vio—, es usted demasiado bueno al venir a, visitar a este miserable!
Vencido por la dulzura del sacerdote, Jaime le descubrió su misterio, una historia trágica:
— Era yo —dijo— mayordomo de una rica familia cuando estalló la revolución francesa. Mis señores eran la bondad personificada; yo se lo debía todo. Pero les hice traición: estaban escondidos y los denuncié ante la promesa de poseer todos sus bienes. Todos: el conde, la condesa, las dos hijas, fueron condenados a muerte; todos menos el hijo pequeño, Paulino.
Un involuntario suspiro brotó de la boca del sacerdote. Y prosiguió Jaime:
— Yo vi cómo los llevaron en la carreta hasta el lugar de la guillotina y vi segar sus cabezas. Soy un monstruo. ¡Desde entonces no tengo paz! Aún conservo sus retratos detrás de aquellos lienzos… Ese crucifijo que está a la cabecera de la cama era el del conde; esta crucecita que llevo conmigo era de la condesa. ¡Dios no me puede perdonar!
El joven paulino, pálido como un cadáver, permanecía arrodillado al pie de la cama del mendigo, y así estuvo como media hora; luego se levantó, descorrió el sucio andrajo que cubría los retratos de sus padres, los besó y, dirigiéndose al mendigo, exclamó:
Jaime, de parte de Dios yo vengo a perdonarte como único superviviente de esa familia inmolada y como sacerdote.
Y, sentándose junto a la cama, confesó al mendigo.