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Sembrando Esperanza

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GOTAS DE ESPERANZA

Joaquín Alcaraz era un albañil que, a causa de un accidente, había perdido el uso de todos sus miembros. El pobre hombre pasó más de treinta años en cama. Al no poder utilizar las manos, escribía con la pluma en la boca numerosas cartas, realizando a través de ellas un gran apostolado.

Durante la guerra civil española de 1936-1939 un grupo de milicianos practicó un registro en su casa, en un barrio obrero. Los milicianos creyeron que Alcaraz simulaba su enfermedad para no incorporarse al frente. Para obligarle a salir de la cama levantaron las sábanas y descubrieron un cuerpo llagado. Los milicianos enmudecieron. Uno de ellos sospechó que Joaquín era el enfermo del que había oído contar que escribía con la pluma en la boca. Le pidió que lo hiciera y Alcaraz le complació. Escribió en un papel esta frase: «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.» Algunos querían llevarse el papel, pero el jefe lo guardó.

Cuando los milicianos habían marchado, el enfermo oyó pasos en la escalera. Se abrió la puerta y apareció el jefe de la patrulla. Joaquín Alcaraz creyó que había llegado su última hora, pero el jefe, con voz sollozante, dijo: «Ahora creo que hay Dios…»

El apóstol del valor, un apóstol seglar, había atraído sobre aquel hombre la gracia interior que ilumina y convierte.

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