JESUS ESTA A LA PUERTA DE TU VIDA, DEJA QUE ENTRE
Jesús conoce perfectamente lo que hay dentro de nuestro interior.
Sabe de nuestras alegrías, triunfos, salud, ilusiones, así como de
nuestras penas, tristezas, derrotas, y enfermedades. Él sabe que no
somos perfectos y que nuestra vida está acompañada de muchas
fallas y malas decisiones. Si fuese un Dios que no nos entendiese,
que estuviese al acecho de nuestros defectos y debilidades, ya hace
tiempo que lo hubiera manifestado. Pero Él no. Espera, acompaña,
espera que le ofrezcamos nuestras experiencias con sus momentos
positivos y negativos. Tengamos la certeza que Dios sacará siempre
de un mal el bien. Él es el Bien, con mayúscula; el Amor que no tiene
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igual, el Perdón constante y la Misericordia infinita. Acerquémonos a Él,
sin miedos ni temores; podremos descubrir que es muy comprensivo
y humano, ¡DESCÚBRÁMOSLO! Les comparto la siguiente historia.
“Se dice que un niño, caminando por la calle, encontró abierta la
puerta de su Iglesia. Él sabía que Jesús vivía ahí. Que, desde ese lugar,
cuidaba y velaba por toda su comunidad. Siempre tenía la curiosidad
de entrar y platicar con Él, pero le tenía miedo porque muchas veces
había escuchado que Él era un juez duro que condenaba las malas
acciones.
En medio de ese miedo, sintió la necesidad de entrar y verlo cara a
cara. Al estar frente a Él y ver su rostro, se conmovió y en un gesto
de compasión, se arrodilló. Estaba todo sangrado con su corona de
espinas en la cabeza. En ese momento vio que movía sus labios.
“Acércate -le dijo Jesús con gran ternura- ¿Por qué tienes miedo?”
“No me atrevo, no tengo nada para darte”.
“Me gustaría que me dieras un regalo” -le dijo Jesús.
El pequeño intruso enrojeció de vergüenza y balbuceó:
“De verdad, no tengo nada, nada es mío; si tuviera algo, algo mío, te
lo daría. Mira… y buscando en los bolsillos de su pantalón, sacó una
hoja de cuchillo herrumbrada que había encontrado. Es todo lo que
tengo, si la quieres, te la doy”.
“No -contestó Jesús- guárdala. Quería que me dieras otra cosa”.
“Me gustaría que me hicieras tres regalos”.
“Con gusto -dijo el muchacho- pero… ¿qué?”
“Ofréceme el último de tus dibujos”.
El chico, cohibido, enrojeció. Se acercó a Jesús y dijo, murmurándole
al oído: “No puedo… mi dibujo es horrible… ¡nadie quiere mirarlo…!”
“Justamente por eso lo quiero. Tú puedes ofrecerme lo que los
demás rechazan y lo que no les gusta de ti. Además, quisiera que me
dieras tu plato”.
“Pero… ¡lo rompí esta mañana!” -tartamudeó el chico.
“Por eso lo quiero. Debes ofrecerme siempre lo que está quebrado en
tu vida, lo que has roto arrojándolo y tirándolo, yo quiero arreglarlo,
repararlo, sanarlo. Y ahora, -insistió Jesús: repíteme la respuesta que
le diste a tus padres cuando te preguntaron cómo habías roto el
plato”.
El rostro del muchacho se ensombreció, bajó el cabeza avergonzado,
y tristemente murmuró:
“Les mentí. Dije que el plato se me cayó de las manos, pero no era
cierto. ¡Estaba enojado y lo tiré con rabia!”
“Eso es lo que quería oírte decir -dijo Jesús-. Dame siempre lo que
hay de malo en tu vida, tus mentiras, tus calumnias, tus cobardías, tus
crueldades, tus proyectos frustrados, tus fracasos. Yo voy a descargarte
de ellas. No tienes necesidad de guardarlas. Yo te ayudaré a superar
tus debilidades y defectos; quiero que seas feliz y siempre voy a
perdonarte tus faltas. Y a partir de hoy, me gustaría que vinieras todos
los días a verme a mi casa, quiero que seas mi amigo de verdad”.26
Hoy comienza esta nueva amistad con Jesús. Él sabe de nuestras
penas y alegrías, aciertos y errores y quiere que se los compartamos,
para que así, Él nos ayude a superarlos.