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Sembrando Esperanza

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ESPERANDO UN DIA ESPECIAL

El frenetismo del día a día y los acontecimientos que suceden a
nuestro alrededor pueden pasar sin dejar huella trascendental en
nuestra vida. En esa existencia a la que nos hemos acostumbrado a lo
inmediato y superficial y en la que muchas veces vamos perdiendo lo
más hermoso de nuestra vida.
Si esperamos un momento especial para ponernos el traje de gala, el
collar de brillantes, el reloj que nos dejó nuestro padre en herencia;
si buscamos un acontecimiento especial para decir te amo, estoy
contigo, rezo por ti, vamos a tomarnos un café… ¡Podría ser un día
especial que tal vez nunca llegará!
“Mi cuñado abrió el cajón de la cómoda de mi hermana y levantó un
paquete envuelto en papel. Esto, dijo, no es un collar, es una obra de
arte. Tiró el papel que lo envolvía y me pasó el collar, era hermoso, de
oro y brillantes de todos los colores, con un hermoso diseño lleno de
detalles. La etiqueta del precio mostraba una cantidad astronómica.
Johanna compró esto la primera vez que fuimos a New York hace al
menos ocho o nueve años, nunca lo usó, lo estaba guardando para
una ocasión especial, bueno, creo que esta era la ocasión. Me pidió
el collar y lo pusimos en la cama junto con la ropa que íbamos a llevar
a la funeraria.
Sus manos tocaron un momento el oro y cerró de golpe el cajón y
volviéndose hacia mí me dijo: No guardes nada para una ocasión
especial, tenemos que aprender que cada día que vives es una
ocasión especial, y podemos perder lo hermoso de la vida, la alegría
de una fiesta, la visita de un ser querido, esperando un día especial.
Recordé esas palabras durante el funeral de Johanna, mi hermana, y
los días que siguieron cuando lo ayudé a él y a mi sobrina a atender
todas las obligaciones propias que siguen a la inesperada partida de
un ser querido. Cuando volaba de regreso a California, pensé en ello.
Pensé acerca de las cosas que ella no escuchó, no vio o no hizo,
esperando ese día especial que nunca llegaría, o más bien que no
supo descubrir. Pensé acerca de las muchas cosas que he hecho sin
saber que eran especiales, que las he vivido con rutina, desinterés
e indiferencia; cuántos abrazos, saludos, regalos, fiestas, trabajos
realizados, vividos y realizados solo por la inercia de la vida. Todavía
estoy pensando en esas palabras y han cambiado mi vida.
Ahora estoy leyendo más y limpiando menos, me siento en la terraza
y admiro la vista sin fijarme en las malas hierbas del jardín; estoy
pasando más tiempo con mi familia y amigos y menos tiempo en
juntas de trabajo, disfruto de un paseo por el mar y la montaña, aquí
voy descubriendo que cada jornada es un día especial.
He aprendido que la vida debe ser un patrón de experiencias
para disfrutar y no simplemente para sobrevivir. Estoy tratando de
reconocer y valorar el tiempo presente y disfrutarlo. Ya no estoy
guardando nada, usamos nuestra vajilla de lujo para cualquier evento
especial, el cumpleaños de uno de nuestros hijos, al regreso de Misa,
o cuando nace la primera flor de la primavera.
Son esas pequeñas cosas dejadas sin hacer, las que me harían enojar
si supiera que mis horas están limitadas; enojado porque dejé de ver
buenos amigos con los que me iba a poner en contacto “algún día”;
enojado porque no escribí ciertas cartas que en su momento pensé
hacer y que siempre me decía: “uno de estos días lo haré”; enojado y
triste porque no le dije a mi familia con la suficiente frecuencia cuánto
los amaba, enojado, porque pasé más horas detrás de un escritorio
resolviendo problemas de personas ajenas, que compartiendo y
resolviendo los problemas de mis hijos. Atendí siempre los proyectos
de mi empresa, los analicé y los alcanzamos, pero no escuché, ni
atendí, ni me interesé de los proyectos e ilusiones de mis hijos.”41
Cuánta indolencia y pérdida de nuestro tiempo en cosas vanas y
efímeras. Lo especial y lo importante siempre lo tenemos frente a
nosotros y los dejamos pasar. Nunca es tarde para darnos cuenta de
todas las cosas menos importantes que distrajeron nuestra atención.
Después de reflexionar acerca de todas estas experiencias, tratemos
de no retardar, de tener o guardar nada que nos haga perder un
momento de nuestra vida, felicidad y alegría.
Que cada mañana, cuando abramos nuestros ojos, veamos a nuestro
alrededor, observemos nuestro hogar, nuestra familia, los hijos, el
trabajo que la Providencia de Dios nos da, el alimento que podemos
compartir con ellos y nos digamos a nosotros mismos: ¡Qué día tan
especial! Cada día, cada minuto, cada respiro, la vida misma, es
un regalo de Dios. No dejemos de dirigir nuestra mirada, nuestro
corazón y nuestra voluntad hacia lo que verdaderamente lo merece.

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