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Sembrando Esperanza

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TU VALES LO QUE VALE TU DIGNIDAD, IMAGEN Y SEMEJANZA DE DIOS. ERES UN DIAMANTE PRECIOSO

Aunque no lo creamos, nosotros valemos mucho. Somos un diamante
con mucho valor, únicos, irrepetibles. Tenemos muchas cualidades,
pero, sobre todo, somos hijos de Dios. Él nos ha creado a su imagen
y semejanza.
Nos damos cuenta de esto, lo valoramos, nos sentimos orgullosos,
tanto es así, que hemos recibido una herencia muy especial, la
herencia del cielo.

Frecuentemente, los hombres somos superficiales en catalogar,
enjuiciar y marcar a las personas. Muchas veces nos dejamos llevar
por una primera impresión y esa es la que marca nuestra relación.
Cuántas veces observamos a personas, vemos cómo están vestidas,
cómo se peinan…si es que se peinan, la ropa que llevan: pantalones
rotos, camisas descoloridas o faltantes de algún botón, zapatos
totalmente desgastados, con arete en la oreja, con un sin números de
tatuajes. Para adentro nos decimos: qué vacío; jamás le presentaría a
una amiga. O si anduviera con mi hija, si fuera el caso… Jamás.
Al entablar comunicación vamos descubriendo a un joven con muchos
valores, gran sentido del respeto y honradez, cercano y cariñoso con
sus padres, etc. Ahí nos damos cuenta la calidad de persona que es
y la gran riqueza interior que tiene. Es probable que tal vez él mismo
se sentía poca cosa, con un perfil muy bajo y con una autoestima por
los suelos.
Les dejo la siguiente reflexión. Creo que les ayudará.
“- Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo
fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada
bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué
puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo:- Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver
primero mi propio problema. Quizás después… -y haciendo una
pausa agregó: Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este
problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.- Encantado, maestro -titubeó el joven, pero sintió que otra vez era
desvalorizado y sus necesidades postergadas. – Bien- asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo
pequeño de la mano izquierda, y dándoselo al muchacho agregó:
toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo
vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario

que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos
de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido
que puedas.
El joven tomó el anillo y partió.
Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Éstos lo
miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía
por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos
se reían, otros le daban vuelta la cara y solo un viejito fue tan amable
como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de
oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán
de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de
cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una
moneda de oro y rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el
mercado, a más de cien personas y, abatido por su fracaso, montó su
caballo y regresó. Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo
esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro
para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y su
ayuda.
Entró en la habitación. – Maestro, dijo, lo siento, no es posible
conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres
monedas de plata, pero no creo que pueda yo engañar a nadie
respecto al verdadero valor del anillo. – Qué importante lo que dijiste, joven amigo -contestó sonriente el
maestro. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve
a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que
quisieras vender el anillo, y pregúntale cuánto te da por él. Pero no
importa lo que te ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del
candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo: – Dile al maestro, muchacho, que, si lo quiere vender ya, no le puedo
dar más que 58 monedas de oro por su anillo.- ¿58 monedas? exclamó el joven- Si, replicó el joyero. Yo sé que con el tiempo podríamos
obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… Si la venta es
urgente…
El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido. – Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo. Tú eres como este
anillo: una joya, valiosa y única, y como tal, solo puede hacerte un
avalúo correcto un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo
que cualquiera descubra tu verdadero valor? Y diciendo esto, volvió a
ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.”37
Todos somos como ese anillo, valioso y único. Solo Dios tiene la
capacidad de hacernos una valuación porque es quien nos conoce
totalmente y con profundidad. No nos dejemos sorprender por
aquello que los demás dicen sobre nosotros, especialmente si no
tienen una autoridad moral para hacerlo. Vivamos de cara a Dios,
sabiendo que basta que hayamos sido creados por Él para que
valgamos lo que valen miles de anillos.

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