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Sembrando Esperanza

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CUANDO ENCUENTRAS SENTIDO A TU SUFRIMIENTO

El dolor humano es una realidad que toca a la puerta de todos,
pero algunos son escogidos para llevar sobre sí un sufrimiento que
supera la comprensión humana. Cuaresma es un tiempo para purificar
nuestro corazón y unirnos a la cruz de Cristo y a la pena de tantos
seres humanos. Un sufrimiento que tal vez solo Dios conoce y al que
solo desde Él se le puede encontrar sentido. Tengo admiración por
esas personas que han sabido llevar el dolor con fortaleza, paciencia
y alegría. Tan solo pensarlo me hace reflexionar sobre la capacidad
que tiene el hombre para enfrentar situaciones extremas, y que solo
por la gracia de Dios, han podido llevar esa cruz con paz y serenidad.
Les comparto esta historia que, tanto el Papa Juan Pablo II como
Benedicto XVI en su momento, hicieron referencia por el testimonio
de vida que fue, y que hoy nos interpela también a nosotros en
ocasiones cuando el dolor toca a las puertas de nuestra vida.
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“Dos jóvenes sudanesas de siete y doce años, desbordantes de vida
y de gozo, se pasean jugando por los campos.
La naturaleza, el futuro, todo les sonríe en la primavera de la vida.
Al detenerse a recoger hierbas para cocinar, ven de repente a dos
hombres que se acercan a ellas. Uno se dirige a la mayor pidiéndole
como favor que deje marchar a la más joven al bosque para buscar
un paquete olvidado. La pequeña, llena de inocencia, hace lo que le
piden y parte hacia el bosque con los dos hombres.
Al llegar al bosque, se percata de que no hay ningún paquete. Ambos
se acercan a ella y la amenazan, uno con un cuchillo y el otro con un
revólver: “¡Si gritas, morirás!”. Ven, síguenos.
Aterrorizada la pequeña intenta gritar, pero no lo consigue. Más lejos,
los raptores, le preguntan cómo se llama. Petrificada por el miedo, es
incapaz de responder.
Bien -dicen- te llamaremos Bakhita (que significa afortunada).
Será comprada y revendida hasta cinco veces en los mercados de
esclavos de El Obeid y Jartum. Servirá a diferentes amos durante
unos doce años, en medio de inenarrables sufrimientos.
Con uno de ellos, especialmente cruel, Bakhita es golpeada todos los
días hasta sangrar; con otro, es sometida a tatuajes reservados a los
esclavos.
De aquellos malos tratos conservará 144 cicatrices durante el resto
de su vida.
A pesar de los malos tratos, Bakhita se comporta con lealtad con sus
amos. Nunca se sirve comida sin que lo sepan ellos, incluso cuando
está hambrienta. Se esfuerza en ejecutar las órdenes recibidas por
muy duras y contradictorias que puedan ser.
Más tarde, cuando le preguntan si actuaba así por obediencia a
Dios, responderá: “Entonces no conocía a Dios, actuaba así porque
sentía dentro de mí que había que hacerlo así”. Bakhita obedecía a
su conciencia, iluminada por la ley natural inscrita en el corazón del
hombre.
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En lo más profundo de su conciencia, descubre el hombre la existencia
de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer
y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón,
advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el
mal: haz esto, evita aquello.
Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en
cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será
juzgado personalmente.
Unos meses después de ser tatuada, su amo, oficial del ejército turco,
se ve obligado a regresar a su país. Al no poder llevarse consigo a
los esclavos, se dispone a venderlos. Providencialmente Bakhita es
comprada, en 1883, por el cónsul de Italia en Jartum, Callisto Legnani.
Ella contará al respecto: “El nuevo amo era bastante bueno y me
tomó cariño…Ya no padecí más reprimendas, ni golpes, ni castigos,
de tal suerte que, ante aquello, me costaba creer que pudiera existir
tanta paz y tranquilidad”.
En 1885 unos acontecimientos políticos obligan al cónsul a regresar
a Italia: como Bakhita desea continuar a su servicio, él se la lleva
consigo. A la llegada del diplomático a Génova, un amigo le confía
el deseo de su esposa embarazada, de tener una sirvienta para que
le ayude. El cónsul accede a la petición y Bakhita entra en una nueva
familia, los Michieli.
A los pocos meses nace el bebé. Siendo niña, se le encarga a Bakhita
su educación, más tarde ambas son confiadas a las Hijas de la Caridad,
las llamadas Hermanas Canosianas.
Entonces un amigo le presenta a Bakhita un crucifijo de plata. En el
momento de entregárselo, lo besa respetuosamente explicando que
Jesucristo es el Hijo de Dios y que murió por nosotros.
Bakhita no capta todo el alcance de esas palabras. Sin embargo,
aprende con las hermanas a conocer a Dios, que siente en su corazón
desde la infancia.
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Un día escribirá: “Viendo el sol, la luna y las estrellas, me decía a
mí misma: “¿Quién será el Amo de esas cosas tan bellas?” Y sentía
enormes ganas de verlo, de conocerlo y de honrarlo”.
Se enteró de que este Señor también la conocía, que la había creado
también a ella; más aún, que la quería. También ella era amada por
el “Parón” supremo, ante el cual todos los demás no son más que
míseros siervos. Ella era conocida y amada, y era esperada. Incluso
más: este Dueño había afrontado personalmente el destino de ser
maltratado y ahora la esperaba. En este momento tuvo esperanza…
“yo soy definitivamente amada, suceda lo que suceda, este Gran
Amor me espera”. A través de esta esperanza, ella fue redimida. Ya
no se sentía esclava, sino hija libre de Dios.”2

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