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Sembrando Esperanza

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A MI MAMA A QUIEN AMO TANTO

Qué fácil es celebrar al ser más querido. Levantarse temprano e ir a su
cama y cantarle las mañanitas a todo lo que da el inocente pulmón de
un hijo o hija. Tal vez bastaría un gracias a la persona más importante
de nuestras vidas. Pero es difícil encontrar palabras que puedan
alcanzar lo espléndido de su esencia, reconocer cada uno de sus
actos y poderle decir con nuestros labios y corazón que entendemos
todo su amor, justicia, protección y guía.
Ella, que se templa como un arco de piel y espíritu en las manos del
mejor tirador para así, por amor, entregar su vida, su tiempo y artístico
cuidado a la atención de un ser prestadito. La persona que en ese ser
siembra y cultiva las mejores semillas del lenguaje natural sin esperar
más retribución que la inmensa satisfacción de una sonrisa inocente.
La persona que disfruta de los logros, impulsa a vencer obstáculos o
darle un empujoncito en el momento adecuado a ese ser que ama,
para que como las aves despliegue sus alas y abandone el nido en
busca de su camino individual.
Aún creo que ni los mejores poetas, artistas, pintores han conseguido
poder plasmar en lo mínimo su grandioso ser. Sin embargo, la ternura
y devoción de un hijo por su madre me alienta a manifestar que la
madre es un ser divino con cuerpo de mujer, fuerzas de león, vestida
de los brillos de la fe y engalanada por el colorido del amor. Gracias,
madre mía por hacer de un ser tan frágil, un individuo luchador con
objetivos para poder alcanzar su luz. Gracias por tu constancia y
por no quebrantarte en este difícil camino. Gracias por ser la mejor
bendición de Dios en mi vida.

Felicidades en el día de su celebración a todas las mamás, aunque
creo que todas se merecen ser exaltadas cada instante del tiempo
con adhesión sincera, respeto y admiración de quienes tenemos la
gran dicha de gozarlas.
“ASÍ ES MI MADRE:
Hay una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su
amor, y mucho de ángel por la incansable solicitud de sus cuidados.
Una mujer que, siendo joven, tiene la reflexión de una anciana y, en
la vejez, trabaja con el vigor de la juventud.
Una mujer que, si es ignorante, descubre los secretos de la vida
con más acierto que un sabio; y si es instruida, se acomoda a la
simplicidad de los niños.
Una mujer que, mientras vive, no la sabemos estimar porque a
su lado todos los dolores se olvidan, pero después de muerta,
daríamos todo lo que somos y todo lo que tenemos por recibir de
ella un solo abrazo.
De esa mujer no me exijan el nombre… ¡Es mi madre!” 34

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