UN DOMINGO DE RAMOS MAS, QUE SIGNIFICA PARA MI
Sabiendo que Jesús va a Jerusalén, toman ramos de palmeras, olivos
y comienzan a gritar: “Hosanna, el que viene en nombre del Señor”,
“que viva el Rey”. Cristo mismo sabiendo lo que le esperaba (su
Pasión y Muerte) queriendo cumplir la Voluntad de Dios, envía a uno
de sus discípulos por un pollino para ir a Jerusalén.
San Juan nos diría “No temas hija de Sión, he aquí que viene el Rey
montado sobre un pollino”. Los apóstoles se suman con ilusión, con
ánimo. Piensan, si le va así a nuestro maestro, entonces cómo nos
irá a nosotros. Adiós fatigas, adiós tener que conseguir el alimento,
adiós sudores y cansancios.
Han asistido a la curación del ciego de nacimiento, a la curación del
paralítico, a la sanación del hijo de un funcionario, a la resurrección
de Lázaro. Muchos quieren ir a ver a Jesús, se respira un ambiente
especial, parece que ya ha llegado el Mesías, al constatar todo lo que
veían hacer a Jesús.
En medio de esos gritos de júbilo, optimismo y alegría Cristo presenta
la realidad. Cristo, en el Evangelio, nos muestra una manera de
actuar diferente a la de los apóstoles y a la de tantos cristianos de
hoy en día. Nos enseña a aceptar y callar en medio del dolor, a sufrir
con paciencia, a decir y hacer siempre la verdad en la propia vida,
a despojarnos de todo, incluso de nuestros vestidos. Implica cómo
sobrellevar la traición, a perdonar siempre, a cumplir con el deber
hasta las últimas consecuencias, a ser consecuentes con lo que se
catequiza.
Además, Jesús nos enseña a llegar al extremo de amar esa cruz que
Dios le envía, y cómo se debería apreciar cualquier otro don de Dios.
La cruz es un instrumento presente siempre en la vida del hombre,
especialmente del Cristiano, que por vocación ha aceptado seguir a
Cristo por los caminos que Él siguió.
Ha llegado la hora en la cual el Hijo del Hombre será entregado y
crucificado. “El grano de trigo tiene que caer en tierra y morir”. Ahí
está la extraordinaria victoria y misión de este gran Rey. Cristo solo
busca una cosa: cumplir la Santísima Voluntad de su Padre, que le
llevará a su Pasión, Muerte y Resurrección. Cristo dijo: “Mi alma está
turbada”. Y yo ¿qué diré? “Padre, líbrame de esta hora. Mas para
esta hora he venido. (Juan 12,27)
Mientras la gente le aclamaba como rey en la entrada de Jerusalén, no
se le ocultaba al Maestro que en un par de días tendría que convertirse
en el varón de dolores. Conocía perfectamente lo que vendría sobre
Él. Seguramente al escuchar los gritos de ¡Hosanna! vendrían a su
mente las palabras de Isaías: No tenía apariencia ni presencia; le vimos
y no tenía aspecto que pudiésemos estimar. Despreciable y desecho
102
de los hombres, varón de dolores y acostumbrado al sufrimiento,
como uno ante el cual se oculta el rostro. Despreciable, no le tuvimos
en cuenta (Isaías 53, 2-3).
Y se le representaba su misma imagen desfigurada por los golpes y
escarnios. Sentía ya de antemano el dolor que sufriría. Pero incluso
sabiéndolo todo dijo: Padre, glorifica tu nombre. Y no huyó ante la
pasión, quiso beber hasta la última gota el cáliz que le dio su Padre.
No pidió ser librado, porque sabía que nosotros también nos veríamos
ante una cruz.
Sabía que los hombres íbamos a sufrir y sentiríamos la fuerza de la
sensualidad rogando ser librada. Cristo quiso sufrir por salvarnos y
para darnos ejemplo, para decirnos cómo actuar ante el dolor.
Con la fiesta de Ramos entramos de lleno a la Semana Santa,
semana para la cual nos vamos preparando durante cuarenta días.
Esta preparación consiste en la conversión de la vida, en ordenar la
misma de su desorientación, yendo a las raíces. Nos preparamos para
acompañar a Jesucristo, rezando el Vía Crucis, contemplándole en
el crucifijo, haciendo pequeños sacrificios y ofreciendo todo por las
almas.
Qué gran peligro nos asecha como le asecha a todo hombre de solo
recordar, de teatralizar este evento. Yo no quiero estar aquí para hacer
un mero recuerdo. Yo estoy aquí para revivir el Domingo de Ramos.
Primero les invito y me invito a quitarme mi vestimenta y ponerme la
túnica, las sandalias, convivir con el polvo, trasladarme a esos lugares
en donde la soledad, el vacío, la pobreza material y espiritual forman
parte del ambiente y de la realidad, además de vivir con ellos la
algarabía de la fiesta. Pero es necesario, hacer un traspaso afectivo,
un traspaso físico, un traspaso del corazón, para así por lo menos
entender un poco lo que celebramos.
Esta reflexión nos invita a pensar, ¿Cómo voy a vivir la Semana Santa
desde el principio? ¿Para qué lado iré? ¿Cuál será mi postura? ¿Seré
indiferente a todo lo que pasa Jesús? ¿Correré? ¿Lo venderé por 30
monedas?¿Estaré con Él al pie de la cruz? ¿Pasaré por el frente de él
y le escupiré? ¿Me burlaré y seguiré mi camino? ¿O tal vez si lo veré,
pero no me dirá nada y pasaré de largo?
Pero aquí nos encontramos con la misma realidad en la vida de Cristo.
Él también sufrió, también fue humillado, ultrajado, burlado… Cristo
también sabe lo que es pasar hambre, sed, frío, privaciones y dolores.
Él sabe muy bien lo que significa cargar con la cruz cada día y ser
semilla podrida en el surco (Juan 12, 24).
Cristo es capaz de comprendernos cuando sufrimos, porque a Él
también le costó encontrarse con la cruz. Temió y sintió pavor ante
el sufrimiento. También su alma se sintió turbada ante los días de
pasión que se aproximaban. Él, como nosotros, tuvo la tentación de
decir: Padre, líbrame de esta hora (Juan 12, 27).
Es Cristo el único avezado para comprendernos y consolarnos, capaz
de dar una razón y un sentido a nuestro dolor inevitable.
Cristo siente también, como nosotros, el mismo deseo de verse
librado de la cruz que le espera. A Cristo también le duele tener que
sufrir y morir por los hombres. Sin embargo, a esta actitud de temor
natural, opone una valentía sobrenatural y la petición: Padre, líbrame
de esta hora, exclama: Padre, glorifica tu nombre (Juan 12, 27).
Glorifica tu nombre en mí, haz que te glorifique en el cumplimiento
de tu voluntad.
No huye Cristo ante el dolor. No se queja. No se vuelve contra Dios,
como lo hacemos muchas veces nosotros. No solo lo soporta con
paciencia, no solo lo acepta con amor. Va a más: lo busca con pasión,
con generosidad, deseando con su muerte dar vida a los hombres.
Caerán los imperios, caerán los reyes, los gobiernos, pero Cristo
permanecerá porque es el Rey de reyes. Desde que Cristo fue
levantado atrajo a todos los hombres. Así quedó dividida la historia
en dos etapas: antes y después. Clavan su mirada en Él para ir a
favor de Él o ir en contra de Él. Ahora nos toca tomar nuestra propia
decisión: o a favor de Él o en contra de Él.