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agosto 2026

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Jesús conoce perfectamente lo que hay dentro de nuestro interior. Sabe de nuestras alegrías, triunfos, salud, ilusiones, así como de nuestras penas, tristezas, derrotas, y enfermedades. Él sabe que no somos perfectos y que nuestra vida está acompañada de muchas fallas y malas decisiones. Si fuese un Dios que no nos entendiese, que estuviese al acecho de nuestros defectos y debilidades,

“Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos.” (Víctor Frankl). Cuántos de nosotros hemos construido un gran muro de los lamentos en frente a nuestras narices. Ya no es necesario trasladarnos a Jerusalén para encontrar un gran paredón en el cual podamos dejar nuestras peticiones, ruegos, llantos y lamentos. Este muro

La vida es sencilla en la medida en que queramos hacerla sencilla, y será complicada en la medida en que nosotros nos compliquemos. Cuántas vidas hay amargadas, tristes, sin sentido, sin brillo, desazonadas y llenas de confusión. Son muchas las ocasiones en que nos encontramos con situaciones sociales y morales más complejas que requieren mucho tiempo para resolverlas, incluso años y

Los hombres, a lo largo de nuestro caminar, vamos absorbiendo muchas experiencias, cuantiosas situaciones que, en un momento determinado de nuestro viaje por estas latitudes humanas se convierten en un peso. Una carga que en ocasiones se hace difícil de llevar, experiencias negativas, traiciones, frustraciones, miedos, angustias, fracasos, heridas, aflicciones que nos cuesta mucho soltar y no nos permiten aligerar nuestro caminar. Nos

Todos los hombres llevamos sobre nuestros hombros diversos pesos. El cansancio de los años, un sinnúmero de problemas que nos aquejan y complican, un pasado con muchos errores y decisiones mal tomadas, la presión de una familia, una relación desgastada por los golpes de la vida; asímismo, responsabilidades como los hijos y un trabajo que tenemos que cuidar, o una enfermedad

Toda la vida de Jesucristo fue un permanente y supremo acto de donación a su Padre y a los hombres por amor. Belén y el Calvario son los lugares privilegiados para aprender a amar. El primero señala el inicio de esa donación de Dios en Cristo; el segundo, establece su máxima expresión. “Habiendo amado a los suyos que estaban en

La fe es un inmenso don de Dios y vale más que la vida misma. Solo con ella puede el hombre caminar en su existencia hacia el destino eterno, aunque a veces no lo veamos, aunque le rodeen espesas tinieblas, aunque nos azote la duda, aunque nos domine el miedo, aunque nos invada el desaliento, ya que “el justo vive